Abucheos en la caja fuerte del Estado

Pongamos que abuchear, pitar, insultar o despreciar al jefe de Gobierno o del Estado durante un acto institucional no son formas, pero menos lo sería si quienes hacen eso son miembros de las instituciones, sean o no representativas del mismo. Por ejemplo, que diputados o alcaldes retiren las banderas oficiales, no asistan o huyan de dichos actos o incluso exhiban protestas y alharacas durante la celebración sí merece, como poco, la reprobación de todos.

Las faltas de respeto y la degradación caprichosa de las formas institucionales no puede, en todo caso, atribuirse de manera genérica al pueblo, pero sí a ciertos sectores de una clase política que han urdido todo tipo de marrullerías en contra de las propias instituciones y lo continúan haciendo a diario sin recibir casi la menor reprimenda política ni social por ello.

Los representantes institucionales del Estado en la Generalitat, por ejemplo, pero también en el País Vasco, Navarra y Baleares o el mismo alcalde de Cádiz y muchos congresistas y hasta ministros luciendo ropilla arrugada o camisetas reivindicativas para recibir a altas figuras representativas del Estado, resultan como escupitajos y han protagonizado y continúan protagonizando actos continuos de desprecio a las formas y al respeto debido desde aquella bronca que le montaron a S.M el Rey Juan Carlos en su primera visita al País Vasco durante la transición, que el monarca neutralizó con temple y en apenas un gesto.

Lo grave de este asunto de las pitadas y los abucheos a Pedro Sánchez en el desfile del 12-O es que ponen de relieve que el susodicho no ha parado de despreciar al pueblo, al que le votó y al que no, pero también que se mofa a diario de las formas y fórmulas protocolarias del Estado, a menudo con indisimulada avidez, como cuando impide la asistencia del Rey a la entrega de despachos de la judicatura en Cataluña, cuando permite la retirada de banderas o símbolos del Estado, cuando se coloca junto a SS.MM. en una recepción o cuando se salta todas las líneas de protocolo.

Sólo por eso ya merecería una reprobación más severa no sólo exigible a la hora de las urnas cada cuatro años, pero además añade un permanente engaño, una estafa indesmayable en todo lo que dice y hace, una gratuidad irresponsable en sus aseveraciones y en el anuncio de proyectos que se saben sin base de realidad alguna, con la consecuencia de una situación desesperada para cientos de miles de familias, una ineficacia acojonante en la gestión económica, sanitaria y en materia de derechos y libertades, corroborada por los pronunciamientos del más alto Tribunal de la Nación.

Les recuerdo una vez más que, en mi opinión, no son formas, desde luego, pero es que hablamos de un Gobierno que ha jugado fuera de la Ley ya en demasiadas ocasiones y no me refiero sólo a errores de cálculo o a meras discrepancias de criterio con una parte importante de la población, sino a la constatación flagrante de irreverencias continuas y al incumplimiento decidido de la Constitución y de muchas leyes y pronunciamientos judiciales de cuyo acatamiento no pueden escapar las personas y las instituciones a las que representan.

Es indeseable, además, que el pueblo o sus representantes entren en una espiral de ofensas y reprobaciones que, con el tiempo y una vez traspasados los limes, no se sabe nunca cómo acaban y hasta dónde se prolongan, porque cabe preguntarse si tales gestos no anticipan lo que nos espera en un futuro cuando no gobiernen éstos sino otros y si no constituyen una provocación calculada para justificarse cuando lleguen las masivas protestas sindicales que mientras gobiernan los suyos no está ni se le espera.

A unos se les ve quejarse por los abucheos a Sánchez porque es Sánchez, de los suyos; a otros se les escucha hacer lo mismo tal vez porque anticipan lo que sucederá cuando el que gobierne sea uno de los propios, pero para entonces a los primeros quizá no les escuchen protestar por ello.

Como creo que resulta obvio, la reprobación de todo esto provendría del ámbito elegido para expresar la protesta. Es decir, no debiera producirse en el marco de un acto más o menos institucional como el de un desfile militar por el Día de la Fiesta Nacional, aunque tampoco, claro está, durante la celebración de una final deportiva con presencia del Jefe del Estado, lo que en Francia provocó la suspensión inmediata de la competición recreativa. Pero insisto en que menos aún cuando son las autoridades las que protagonizan el bochornoso impedimento o la gárrula expresión de protesta que ha llegado incluso a declarar persona non grata en ayuntamientos de importantes ciudades la figura del Jefe del Estado.

No es, insisto, el lugar y el momento adecuados, pero esto me parecería un brochazo seco y gordo si consideramos la posibilidad cierta de que quienes gestionan todo esto están confabulados en desposeer a los ciudadanos de sus derechos y libertades básicas, como ha quedado atestiguado con pronunciamientos inconfundibles y reiterados del Tribunal Supremo, del Constitucional y hasta de las autoridades de la UE, en cuyo caso tampoco resultará prudente reclamar a la masa que temple gaitas mientras le desmontan a su alrededor no ya el Estado del bienestar social del que gozaba, sino, lo que es peor, el mismo Estado de Derecho que le protege de los abusos del poder político y le garantiza disfrutar de una democracia.

Me refiero a que no resultaría muy decente y ni siquiera comprensible que la multitud guardase una compostura y una flema impropias capaz de confundirse con la anuencia o hasta con la complicidad si lo que tuviéramos delante fuesen en realidad ataques deliberados a la estabilidad de las instituciones. No hay caudillos en nada de esto, por fortuna, sino apenas la expresión espontánea de mucha gente harta de soportar a quienes no ocultan en sus declaraciones y en sus actuaciones, que su deseo es no respetar los derechos más elementales, a la vida, a la propiedad privada y a la libertad de expresión.

Resumido y aplicado a todos: respeten si quieren ser respetados, aunque no haya correspondencia ineludible entre una cosa y otra, porque demasiadas veces aplicar ese respeto condujo a todos al desastre con la mansedumbre de las meras buenas intenciones de una sola de las partes, mientras la otra desmontaba los cerrojos de la caja fuerte.

He dicho.




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