Hace unos años o casi unos decenios el Ayuntamiento de Sevilla decidió uniformizar los quioscos de periódicos de la ciudad; sustituyó pues aquellas pequeñas y discretas estructuras por unos armatostes gigantescos.

La presente reflexión parte de quien ignora todo engranaje político y económico; es un comentario puramente estético, de lo que ve con sus propios ojos.

Y lo que los ojos perciben es cómo aquella decisión vino a alterar la armonía de muchos rincones de la ciudad. Esos quioscos gigantescos rompen la perspectiva. Por la calle Sierpes, al volver la mirada hacia la calle Rioja, se abría el horizonte urbano, se podía hasta intuir la plaza de la Magdalena al fondo. Hace años, el inmenso armatoste del quiosco estándar tapó bruscamente ese desahogo visual. Lo mismo sucedió en otros puntos de la ciudad, notoriamente en el centro, en calles estrechas donde molestan especialmente. Yendo por la calle San Eloy en dirección al Hotel Colón, la estrechura de la calle se compensaba, se abría agradablemente y se presentaba la visión armoniosa de la calle Canajelas, con sus gratos chaflanes, cruzándose con la caprichosa Bailén huidiza hacia el Museo. La brusca aparición de un quiosco enorme taponó de golpe toda esa percepción, la eliminó para siempre sin más.


Y de nuevo en la calle San Eloy, justo en el punto donde cientos de personas a diario tuercen para la plaza de la Magdalena, otro quiosco negro y enorme obstruye el horizonte que antes se abría hacia la plaza entera, incluyendo la calle Méndez Núñez, con un atisbo de la Plaza Nueva al fondo.

La plaza de la Magdalena por cierto gozaba de fama de especial belleza hasta el siglo XIX, cosa que hoy sorprende. Ciertamente, el prosaísmo de su entorno actual –bancos, grandes almacenes y clínicas dentales- no invita al éxtasis. Pero no es razón para decir “de perdido, al río” y destrozar la armonía que le queda. Al fin y al cabo, los bancos, las tiendas, las clínicas, subrayan que esto no es un museo sino una ciudad viva; no por eso ha que ser desagradable a la vista. La placita tiene su fuente, sus naranjos, sus asientos tradicionales; merece un respeto.

Pero el hecho más sangrante es que desde hace años algunos de estos quioscos ya no venden prensa, sino alguna chuchería residual, y además están cerrados la mayor parte del tiempo. Entonces, ¿qué hace un mastodonte enorme ahí plantado, quitando la vista, sin ser de ninguna utilidad a nadie?

Esto obliga a reflexionar sobre el porqué originario del privilegio que supone tener un quiosco (por comparación a otro comerciante que debe alquilarse un local), cosa que, cuando éstos eran pequeños y no estorbaban, no se nos habría ocurrido. Parece que el vender prensa se considera una especie de bien público, algo que los gobiernos deben favorecer de alguna manera. Aunque en nuestra era digital esto suene a desfasado, pero razón de más, si se quiere, para mantener esa protección extra. Se puede aceptar pues, esta situación, aunque el precio de ruptura de armonía urbanística sea excesivo. Pero si resulta que el quiosco deja de ofrecer prensa, la justificación de ese privilegio desaparece. Y si no vende nada, y está cerrado, es un elemento que hay que quitar, y devolverle a la ciudad unos metros cúbicos de aire para ensanchar la mirada.

Cuando se habla de mejorar la ciudad, cuando no se sabe qué hacer con un espacio concreto, o simplemente un nuevo alcalde quiere embellecer las calles, se recurre a proyectos grandiosos, se proyectan grandes desembolsos… Vemos estatuas nuevas, nuevas señalizaciones… Si amáramos la ciudad como nuestra propia casa (y en ciudades históricas del sur de Europa, donde se hace vida en la calle, habría que amarla incluso más), comprenderíamos que no se trata de abarrotarla de cosas, sino de quitar elementos que estorben. Y los que antes hay que quitar no son los que indican vida, como los veladores, sino los que no sirven para nada, como los quioscos sin uso y los paneles de la banalización.