En estos momentos, muchos andaluces que se inclinan hacia la derecha del espectro político se estarán planteando a cuál de las opciones posibles votar en las próximas elecciones autonómicas. Tal vez algunos de ellos hayan sido convencidos por los “medios de deformación social”, en el sentido de que Ciudadanos es una opción de derechas, pero estoy seguro de que, a pesar de sus ambigüedades, ningún militante de esta formación se percibe a sí mismo como derechista, por muy moderado y prudente (e incluso oportunista) que sea el sesgo de la formación naranja. Que el PSOE se haya radicalizado a la izquierda y que el muy extremista Podemos considere un “facha” a todo aquel con el que discrepa no convierte en liberales o conservadores a todo lo que se sitúa a su derecha. La izquierda tiene mucho poder, pero no tanto como para que tengamos que tragarnos sus trolas. Por tanto, Ciudadanos es, en todo caso, un partido “centrista” y partidario de esa asfixiante ideología que impone la progresía dominante, y en ningún caso un partido al que puedan votar la gente que se considera de derechas.


De modo que las únicas opciones con ciertas posibilidades de éxito para quien piensa de una determinada manera son, en principio, solo dos: PP o VOX. Y son muchas las consideraciones que cabe hacer respecto a esta disyuntiva. Se puede ver la cuestión desde la perspectiva del voto en conciencia, según el cual votar es un acto moral serio, que se debe tomar con independencia de consideraciones estratégicas o utilitaristas. Los partidos políticos se dicen portadores de unos valores, que se suponen basados en una concepción concreta de la persona humana y de la vida social. Y aquí parece claro que los de VOX, como es un partido nuevo, nunca han tenido la oportunidad de traicionar unos principios, mientras que ya sabemos lo que cabe esperar del PP, que ha mantenido todas las leyes ideológicas de Zapatero (todas sin excepción) a pesar de haber gozado de una mayoría absoluta que se prolongó durante años. Porque no le pedimos a este partido que cumpla el 100% de lo que promete; nos conformaríamos con que al menos hubiera intentado el 5%. Desde este punto de vista, no hay color a favor de la formación de Santiago Abascal.

Desde luego, hay personas en el PP, como Cristina Cifuentes o Javier Maroto, que están a favor del aborto, de la ideología de género, de la Ley de Memoria Histórica y de subir los impuestos, de modo que no pueden pretender que les sigamos considerando como una opción razonable para los que estamos en contra de esas cosas. A pesar de todo, estoy seguro de que la inmensa mayoría del electorado que votó en su momento a Rajoy no piensa como la élite del partido de la gaviota, dentro del cual hay un importante sector que, por convicción o por oportunismo, piensan exactamente igual que los de Ciudadanos o los del PSOE. Los votantes decepcionados que votaron al PP ahora tienen una oportunidad de oro para demostrar que hay principios con los que no se puede jugar. Desde luego, si alguien te engaña una vez, puede ser que hayas pecado de ingenuo, pero si te engaña la misma persona repetidas veces y con respecto al mismo asunto, sencillamente es que te gusta que te engañen.


Pero otros parecen aferrados al argumento “utilitarista” y reconocen abiertamente que el PP es un partido corrupto, blandito, relativista y cobarde, entre otros muchos calificativos que podríamos añadir. “No importa”, dicen impertérritos, “hay que votarles, porque en caso contrario llegará la izquierda al poder y entonces será peor”. Sin embargo, parece poco racional oponerse a la izquierda votando a un partido cuyo principal objetivo consiste en consolidar la agenda intervencionista de sus rivales. E insisten “El voto a VOX es un voto inútil, que solo consigue dividir a la derecha”.

Habría que decir, a este respecto, que todo voto personal siempre es inútil, sea cual sea el sentido de su orientación. Si uno elige un partido ganador, la papeleta es exactamente igual de “inútil” que la que opta por uno perdedor, ya que lo que aporta el voto individual es una proporción infinitesimal de la decisión colectiva, que no haría cambiar el resultado aunque no se hubiera efectuado. Lo que ocurre es que psicológicamente parece que nos sentimos mal si la opción por la que votamos no obtiene buenos resultados. Pero en este sentido, no existen votos que sean más inútiles que otros; lo que sí existen son los diputados, concejales y senadores perfectamente inútiles, como algunos que, liderados por Mariano Rajoy o Juanma Moreno, han copado las cámaras legislativas, desculando sus asientos durante años y cobrando suculentos sueldos y dietas sin que su presencia se haya notado lo más mínimo ni en el BOE ni en la vida pública ni en el bienestar de los ciudadanos. Eso sí que resulta perfectamente inútil y es lo que se puede evitar ahora.

En cuanto a lo de dividir a la derecha, parece que es un reproche que habría que hacerle al PP, por no acordarse de sus valores nunca, excepto a la hora de pedir el voto. Lo que más divide a la derecha es que los políticos que resultan elegidos con un programa que iba en este sentido hagan políticas totalmente contrario a este. La “derecha” ya está dividida no por los discursos, sino por los hechos. Hay un partido que solo esgrime unos valores determinados en la campaña electoral, sin aplicarlos nunca, y hay otro partido que ha nacido expresamente para corregir esa anomalía. Se trata de elegir entre ellos.