Estar en contra del Martes Santo al revés es como meter un palito en un avispero de Écija a las tres de la tarde de un mes de agosto. Yo lo estoy, yo estoy en contra, no me convence. Pero los años y la veteranía en esto de vivir, no digamos en atreverme con fías y porfías en cuestión de cofradías, me han regalado una escafandra. Para meterse en cofradías hay que ser apicultor.


Lo del Martes Santo al revés no se sostiene más allá de la novelería -lo único que ha salido bien-, no ha conseguido la nota alta y sobrada de lo indiscutible, y está contemplado empecinadamente por sus lumbreras sin el hermoso horizonte de la esencia de la Semana Santa de Sevilla, a la que tratan como si fuera una caja de juegos reunidos.

Soy muy consciente de que pertenezco a un tiempo lleno de iluminados que no saben ni lo que es la llama de una simple cerilla. Y la foto de todos los hermanos mayores en torno a una mesa con el delegado Morillas, ni me impacta ni tiene solvencia fuera de aquel mantel, por más que emitan y propaguen en redes un comunicado complot con el veredicto de la satisfacción, que ya algunos periódicos entrecomillan irónicamente y en tela de juicio como “satisfactorio”. Satisfactorio para unos cuantos comensales, no significa conveniente para todos. Y unos hermanos mayores del Martes Santo no representan, salvo a ellos mismos, la unanimidad de criterio en sus respectivas nóminas de hermanos. ¿Les han preguntado a través de un cabildo? No. Por cierto, lo de la comida, y a la hora que fuera, me suena a la última cena, donde ya se sabe lo que pasó además del amor fraterno.

Si el Martes Santo funcionó como un reloj, si se corrió tanto en sentido inverso, ¿por qué no haber hecho años antes lo mismo en el sentido de la marcha? Es igual que si un tío me cuenta que de Huelva a Sevilla tarda una hora en coche, pero tres al contrario, de Sevilla a Huelva.

Seguiré siendo capaz de escribir sobre el invento este del Martes Santo al revés, porque estoy sobradamente preparado para que las críticas me resbalen. Tengo una porción justa y saludable de soberbia que ayuda bastante, necesaria e imprescindible para salir a lo público. Y lo hago desde un periódico tan independiente que yo puedo pensar que el Martes Santo fue un rotundo fracaso, mientras otro colaborador expresa exactamente lo contrario. Es tan independiente Sevillainfo que ha sido el primer medio de comunicación que, en toda la historia de los medios de comunicación sevillanos, tuvo agallas para publicar que un pregón, el de este año, fue malo, eso que toda la vida los sevillanos hemos llamado “un tostón”.

No apoyo una Semana Santa de comodines, de canjes y desvirtuada, de ficticios ajustes que la desajustan. Y expreso para el presidente del Consejo, mi admiración por su valentía, por coger el guante que le lanzó Enrique Esquivias como participante en la mesa redonda del pasado viernes. Sáinz de la Maza, un señor en una Sevilla ya de escasos señores, no eludió su respuesta a quien aprovechó la cortesía de que la máxima autoridad de las hermandades hubiera asistido como espectador. No hizo una declaración a título personal, como opina mi amigo Morillas. No advirtió que así lo fuera. Sin aclaración previa, habló como presidente del Consejo, no se escudó en lo particular, sino que afrontó la respuesta desde la calidad de su rango y de su cargo. Y con toda elegancia dijo lo que dijo, sin autoritarismo, sin dar carpetazos (como ya han titulado tendenciosamente otros). Nada de carpetazos. Nada de sonidos fuertes ni golpes violentos. Nada de decretos leyes cofrades. Desde  su proverbial serenidad y amabilidad, razonó el deseo de que la carrera oficial tenga todos los días el mismo sentido. Y que no es posible hacerla por completo a la inversa, motivando que lo impiden los horarios de los oficios de la Catedral el Jueves y el Viernes santos.

Si sigo escuchando hablar de relojes exactos, el caso de fidelidad más absoluta y rígida que recuerdo es el de La Cenicienta, que se dejó atrás hasta un zapato y al príncipe con la palabra en la boca. Al poco de dar las doce de la noche, se rompió la magia. Y se desvaneció toda la belleza de una estampa universal.