A ver quién la tiene más larga…

Lo que nos faltaba era un juez estrella de la Audiencia Nacional ofertando exclusivitas amorosas en el ¡Hola! y trufando el Instagram de poses de nata y leche merengada con su nueva novia, a la sazón viuda del marqués de Griñón.

Su ex compi, Marlaska, que es más de fresa y chocolate, devanea mientras tanto por los titulares a destiempo proclamando que el aeropuerto de Kabul era un remanso de paz justo el mismo día que se transforma en un escenario como el de Saigón de comienzos de los 70.

Y luego está el tercer lucero del alba, Baltasar Garzón, el ex juez condenado por toda clase de atropellos que se ve gordito y con papada en La Sexta, donde vive, como si fuera una Sarita Montiel adicta al tiramisú que fumando espera volver a la judicatura de la mano de su Fiscal General del Estado, Dolores, esta sí, Delgado.

A Narciso Sánchez se le han desmadrado los competidores en esta feria de vanidades en la que España ya no es ni un “conceto”, que diría Pepiño Blanco, sino un photo-call de excentricidades en el que Adriana Lastra posa en la cubierta de un velero rodeada de maromos hetropatriarcales luciendo muslo muy reggaetonera por la raja de su falda y sin Seat panda.

Las puertas giratorias han tomado la velocidad de una centrifugadora y reparten sueldos millonarios entre los altos cargos del psoe como en una tómbola de pueblo: siempre toca, cuando no es un pito es una pelota y con el carnet en la boca.

Santiago Pedraz es un juez más sushi y así como ibicenco; Marlaska es más de comer hamburguesas de diseño en Chueca y Garzón es garbancero y con voz aflautada como un jilguero.

Con estos ninjas de la judicatura y del papel cuché haremos un Sálvame de luxe, pero difícilmente lograremos que los políticos se tomen en serio al poder judicial, que aún resiste en el interior de la pirámide los ataques desatados por el gobierno de Pedro Sánchez en un puro choque de narcisismos sin freno ni medida, a ver quién la tiene más larga… La egolatría, digo.

Una competición muy disputada, desde luego, en la que destaca grandemente el de la Moncloa, capaz de someterse a sesiones de fotos de una ridiculez espantosa en un despacho improvisado en la Mareta, con la cartera del Gobierno y un tomo del Aranzadi (o del María Moliner) sobre la mesa para hacerle bulto y unas alpargatas de 600 pavos con corbata.

Luego dijo que mantuvo una fructífera charla telefónica con Biden, lo cual sería un mérito estratosférico, porque el Potus tiene perdido el oremus y no hace ni dice nada coherente desde que abandonó el sanatorio mental de donde lo sacaron para presentarlo a las presidenciales.

Supongo que Sánchez recibió la advertencia de que por Morón y Rota pasarían estos días un buen puñado de aviones C-17 cargados de personal civil y militar, muchos de ellos afganos, y que ni se le ocurriera poner una sola pega con ninguno de los viajeros en tránsito que aterrizaran en las bases de uso conjunto.

Si se porta bien, lo mismo lo reciben algún día en la casetilla del perro de La Casa Blanca.

He dicho.




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