A un clic de Dios, la novela hecha realidad

Nadie había llegado a imaginar que la I Guerra Mundial del siglo XXI se iba a producir entre contendientes tan extraños y sin disparar un sólo tiro.

Todas las grandes plataformas de comunicación del planeta parecen haber formado una coalición internacional capaz de doblegar a los ciudadanos del mundo occidental: Google, Facebook, Twitter, Amazon, Whatssap, Apple, Instagram, Netflix, HBO, Pixar y así todo el etcétera que se les ocurra, incluidos los consorcios que ostentan las grandes marcas informativas, desde el NYT y el Post hasta la CNN y las grandes agencias de desinformación, se encuentran unificadas en la construcción de un único relato e incluso han creado una policía especial a través de los fact-checkers y los verificadores que multan, bloquean, detienen o anulan el menor atisbo de pensamiento disidente.

Prohibido hablar de fraude electoral en Estados Unidos; prohibido mencionar covid19 sin que te lleves “un contexto” diseñado ad hoc; prohibido hablar de vacunas o de Pallywood en los términos adecuados; borrados todos los grandes documentales alternativos; finiquitado cualquier discurso que resulte ofensivo a cualquier imbécil; nada de cuestionar el cambio climático; nada de mostrar muertos o heridos, sobre todo si son causados por los ataques ordenados por Obama y su Hillary del alma… Ni siquiera la tauromaquia queda exenta de una vigilancia feroz, una advertencia de que pronto pasará a la lista negra definitiva.

Los algoritmos siguen tus pasos igual que el Big Brother espiaba los pensamientos silenciosos de los aspirantes a disentir aunque aún no hubiesen expresado nada. No importa si tu nombre es Donald Trump o si te llamas Winston Smith. Todo está bajo su mando, todo bajo control.

La neutralidad tecnológica ha muerto antes de nacer, como un feto abortado. Las grandes corporaciones tecnológicas que prometían agrandar tu libertad con acceso abierto y sin restricciones a todo el caudal infinito de la información acumulada por el ser humano desde la Prehistoria, hoy censura, tacha, elimina, silencia o bloquea lo que no quieren que oigas o leas en Internet.

No compartas, no comentes. Si acaso de uno en uno y ya veremos. Pronto no tendrás manera de acceder a ver lo que sucedió en las chekas, por usar un ejemplo local, como no podrás conocer las pruebas racionales y los datos del fraude electoral ejecutado a favor de Biden.

Todo se convertirá en rumor y ni los 7.200 millones de personas existentes en el mundo serán capaces de aprenderse de memoria, como en la novela Farenheit 451 de Ray Bradbury, todos los libros y la documentación que guardan las redes digitales, cada vez más cribadas, restringidas, censuradas, anuladas…

Y sépanlo que lo hacen por nuestro bien, no lo olviden, porque ellos están en posesión de la verdad y el nihil obstat de los nuevos obispos de la religión digital resultará imprecindible, sin capacidad de recurso ni de apelación alguna ante el monstruo anónimo que te fagocita el pensamiento antes de que te pronuncies.

Los algoritmos te delatan. Saben dónde estás, dónde estuviste, cuántas veces pronunciaste o escribiste tal o cual palabra prohibida, con quiénes comentaste o compartiste algo inaceptable. Y millones de chivatos colaboran y te denuncian si sacas los pies del plato y te sales de la norma.

Recuerda que en la novela de Orwell “1984” la palabra libertad no había sido borrada de los diccionarios pero sí la habían vaciado de significado y se podía usar sólo en un contexto adecuado, permitido, como el de “este perro está libre de pulgas”, pero no en el sentido entero y quijotesco de la palabra libertad, que se consideraba un uso revolucionario y peligroso.

Las redes alternativas son aún muy poca cosa para enfrentarse a este ejército tan poderoso de la coalición para el control de contenidos. Cuando alguna de esas redes se negó a aplicar las normas, simplemente la compraron (caso de Whatssap o de Instagram). Ahora es Parler, que dado que se niega a ponerle precio, será expulsada de los servidores que la alojan (hosting), propiedad de Amazon.

Corre el rumor de que en un par de semanas más, el mismo Trump contará con un servicio propio de esta clase desde el que poder dar la batalla a esa coalición, mientras los chinos cuentan con sus propios servicios independientes y no encriptados para ser vigilados a toda hora del día o de la noche y con miles de cámaras esparcidas por todas las ciudades. Nada escapa a su control en el WeChat, que es como se llama el guasap chino.

Nos han metido en una asquerosa ratonera y, como siempre, a base de palabrería hermosa y utópica que nos prometía alcanzar el nirvana de la sabiduría total y sin esfuerzo, porque todo el conocimiento estaría disponible y seríamos dioses con sólo dar un clic.

Otra vez la farsa, el mito, la mentira medieval de las catedrales imponentes y los bálsamos mágicos que nos permitirían la eterna juventud, el más alto conocimiento y la salvación eterna. Otra vez el mito de Babel y la soberbia de construir una torre que nos condujese al cielo y tratar a Dios de tú a tú hasta disputarle su trono de nubes.

La guerra ha comenzado y esta vez el demonio es invisible, no usa uniformes nazis ni banderas comunistas. No hay a quién combatir en las calles ni posibilidad de hacer rehenes; habita, oscuro y silencioso como un fantasma, en la blogoesfera y todos los callejones y los sótanos están vigilados por la policía de los algoritmos de la inteligencia artificial. Hemos dejado de habitar una novela, como en Matrix, y se nos ha convertido en realidad.

Ya lo dijo recientemente Félix de Azúa: “La corrección política es el fascismo contemporáneo”. Y no hay más.

He dicho.




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