¿A quién se le ocurre?

En estos días, o en estos años de sucesos terroríficos con un punto de grotesco (las “manadas” de violadores…), suele haber quien dice, o al menos piensa:

-¿Pero a quién se le ocurre quedar a las once y media de la noche en un descampado, por Internet, con un desconocido…?

Se le podría responder: pues tal vez a tu hija, o sobrina, o hija de un amigo. Nadie les ha dicho que esa ocurrencia fuera peligrosa.

Ante todo, una observación: Pensemos en que si la fácil tenencia de armas de fuego en otros países, de lo que tanto se habla también, hace más probables los tiroteos indiscriminados, esto no exime del cargo de homicidio o asesinato al que perpetra una matanza. El acceso a una pistola se lo pone más fácil, sí; pero el asesino es él, el que haya sido.

La educación o lo que así se llama en nuestros días, la llamada educación sexual, los psicólogos, el ambiente (y otras mil cosas, como el sistema penal, las garantías… pero centrémonos en la educación), todo esto crea unas circunstancias paradisíacas para el depredador sexual. Se lo facilitan. Pero el que delinque es él – de eso no debía caber duda.

¿Alguien se pone realmente en el lugar de una adolescente de hoy? Vayan a los colegios, a los institutos. Se da por sentado que hay que tener actividad sexual, que es natural, necesario, y hasta obligatorio. Se exponen todas las posibilidades y modalidades; lo que antaño se consideraban aberraciones secretas, se muestran ahora como variedades interesantes, todas muy sanas, muy naturales, muy naturales. Todo es natural, todo es bueno. (Luego, de manera tímida y de pasada, se añade: “pero tiene que haber consentimiento”, como pequeño detalle menor. ¿Y quién no va a “consentir”, si se supone que todo el mundo lo está deseando, experimentar esas cosas tan sanas, y gratificantes y naturales…?). Todo es sanísimo y buenísimo. Sólo hay algo vergonzoso digno de ocultar: que a tal o cual edad todavía no se haya hecho tal o cual cosa… Eso es lo que, si se sabe, provocará el mayor escarnio.

Si una jovencita tímida presenta cualquier problema (de estudios, amistades, lo que sea), la mandarán al psicólogo. Y éste le recomendará “que tenga relaciones, que cómo es posible que a esa edad aún no tenga esa experiencia, que eso lo explica todo”. 

No hay nada en el mundo que pueda tener tantas consecuencias dramáticas como eso (desde crear una nueva vida, hasta arruinar la propia y aun destrozar otras; pasando por los trastornos emocionales). Pero de las consecuencias no se habla.

Antaño una joven “experimentada” solía ser, por lógica, la más desenvuelta, la más lanzada. Cabe pensar que hoy día la que se enfrenta a situaciones más ingratas (desde un embarazo no deseado hasta el haber sufrido abusos varios) sea precisamente muchacha apocada, la tímida, la  vulnerable, la que en su inocencia hace lo que le han dicho que hay que hacer, la que intenta agradar y cumplir con las normas vigentes.

“Es que las niñas de hoy día son tontas”, se oye decir. Bueno. Realmente hay que poseer una inteligencia privilegiada para percibir que todo lo que les dice e inculca es mentira. (Además, ¿no es también un signo de fanatismo o locura el creerse que una está en lo cierto, y todo el resto de la humanidad, equivocado? La que intuya eso puede, por sentido común, dudar de sus propias intuiciones). 

“Las niñas de hoy son tontas”. Habría que traer a Kant o a Aristóteles y ponerlos en su lugar, a ver cómo se defendían. Por ahora, nos dedicamos a inculcarles a las adolescentes unas cosas, y luego a exigir que desplieguen una inteligencia sobrehumana para que comprendan que todo lo que les decimos es mentira.

Nunca han estado las muchachas jóvenes más desprotegidas que ahora.




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