A puñetazos contra Rubalcaba

Espero no alarmar a nadie, pero he asistido a suficientes situaciones de violencia y de derrumbe institucional como para no emplear medias palabras cuando empiezan los calambres, ruge la inclemencia y el mal se instala entre nosotros.

Nunca es posible predecir con exactitud cuándo y cuál será la chispa que hará que el polvorín explote, pero en la santabárbara de nuestra democracia hay teas encendidas, mucha pólvora esparcida y gente irresponsable repartiendo mechas.

La violencia de este guerracivilismo abyecto y despreciable empezó mucho antes del golpe de Estado en Cataluña: yo diría, por olvidarme de Zapatero, que en aquel cara a cara con Rajoy, en diciembre de 2015, en que el mentiroso compulsivo le llamó “indecente”.

Unos meses más tarde, en 2016, Rubalcaba reveló la que se nos venía encima: “El argumento lo conozco: vamos a sentarnos con ellos (los independentistas) y acabarán siendo buenos. Pero oiga, cabe la posibilidad de sentarse con ellos y acabar siendo malos, y que no te hagan caso. Yo le dije esto a Pedro Sánchez. Debo decir que dejamos de hablar. Bueno, me dejó de hablar él”.

El “No es no” contra todo el que se opusiera a su determinación, incluso contra los suyos. Nunca más habló del enemigo Rubalcaba… hasta el día de su entierro, en mayo de 2019, con un cinismo insuperable

Desde entonces para acá todo va a peor, muy en especial, como era previsible, desde que el atropellado farsante se había aupado sobre los hombros del fidelito de la Complutense con sus gremlins, para instalarse en la Moncloa.

A partir de ahí, un ex juez salido de un guardarropa ha incentivado por todos los medios la confrontación como una Pasionaria taimada, retorcida y llena de dobleces, mientras el marqués del FRAP, que decretó el despiporre el día que anunció su alerta antifascista, ha continuado dando pasos hacia la deshumanización del adversario y las costuras de un saco de serpientes se deshilachan ya solas.

Cuando se desencadene la desgracia, nadie podrá decir que no supo cómo pudo ocurrirnos esto, porque está sucediendo ahora mismo, delante de nuestros ojos, y el futuro es un pasado previsible cuando empiezan a llover las piedras y las golpizas, sobre todo si el Estado pierde el monopolio de la violencia.

Por el momento, los daños y las heridas son superficiales, a base de pedradas, empujones en escaleras, pintadas en las fachadas de iglesias, presunciones y estigmatizaciones, agresiones verbales de una virulencia atroz que minimiza culpabilidades y que superan toda prudencia… Pero algún día llegará la herida incisa, el agujero de entrada y de salida y el fuego ‘purificador’ que tanto veneran las bestias.

España fue golpeada durante décadas por la violencia extrema de los terroristas, pero en aquel entonces los españoles, sin apenas matices ni distingos, nos sentíamos agredidos con cada víctima, con cada pistoletazo, con cada bomba, con cada secuestro de la ETA, del Grapo, del FRAP…

Ahora, ya lo ven, a una parte de la sociedad, las pedradas y los pinchos no les molestan en absoluto cuando dan en la diana del adversario, sin que nadie, aún, le haya metido un puñetazo en el rostro a Sánchez, como sí le ocurrió a Rajoy.

Quizá lo han olvidado, pero recuerden el circo ridículo que montó Marlaska con cuatro mossos y una cloaca policial para tratar de sugerirnos la impostura de un intento de magnicidio a manos de un supuesto francotirador que coleccionaba réplicas inutilizadas, escopetas de balines y ballestas de plástico. No se paran ante nada.

Es sabido que los farsantes sobreactúan como travestis. O viceversa.

Pero vuelvo a lo que iba… Creo que nadie sabría encontrar ninguna diferencia importante entre el caos que existía en las semanas previas al mes de julio de 1936 y lo que estamos viendo. Sólo falta que un irresponsable, como aquel Indalecio Prieto de entonces, envíe a unos matones en busca de Casado. Abascal y Arrimadas y acabaremos todos en el infierno.

Y ahora traten de explicarme, pero muy despacio, para que hasta yo lo entienda, cuál es la distancia entre un Ábalos cualquiera y aquel pistolero llamado Indalecio, por entonces ministro de Defensa, que en 1934 desenfundó, amartilló y apuntó su pistola (juraría que una Beretta) a un diputado de derechas en el salón de Plenos del Congreso.

O aclárenme las diferencias sustanciales entre la palabrería faltona de Echenique o la incendiaria verborrea del marqués del FRAP (y de su señora) y los discursos salvajes de un psicópata como Largo Caballero.

Yo diría que no hay ninguna, salvo que en un caso sabemos establecer la relación de causa-efecto por la Historia, y en la actualidad el pasto que podría arder somos nosotros.

Nada de lo que ocurra invalidará cuanto escribo ahora, porque el futuro es contingente, puede ser o no ser, dependerá de que la chispa salte y prenda, pero el empirismo nos permite pronosticar que cuando se hacen las mismas cosas puede terminar por ocurrir lo mismo.

Que la izquierda pretenda ignorar leyes tan elementales como ésta sólo puede llevarnos a repetir las pesadillas que ya vivieron nuestros abuelos y que conocemos por los libros.

Algo es muy seguro: si algún día comienza esa hecatombe, esta vez llevaremos ya sumados casi 50.000 muertos.

Nuestra ruina es el empecinamiento abotargado de una izquierda que desea abrir la ceja de sus adversarios e imponerle al resto un modelo de sociedad que jamás ha funcionado ni respeta la libertad de pensamiento.

PS: Y a C’s… le gustan las gambas.

He dicho.

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