A largo plazo, todos muertos

Hace unos días reflexionaba sobre el coro de voces que se han alzado este verano en relación con la vuelta a la vida ordinaria en septiembre: que si muchos han vivido estas vacaciones como si no hubiera un mañana, que si estábamos tirando de ahorros necesarios para un futuro preocupante, que si en otoño nos vamos a dar un baño de realidad, que si “el invierno va a ser durísimo y de mucho sufrimiento” (ministra de Defensa)…

La preocupación por el futuro más o menos inmediato es una constante en nuestra vida desde que nacemos. ¡Cuánto me alegro de haber tenido como asignatura aquella Filosofía del bachillerato en la que se nos hablaba de Cosmología, y en la que el estudio del tiempo era una cuestión central! Hacer reflexionar a un chaval de quince o dieciséis años sobre esta materia resulta hoy inaudito, pero aquello nos animó a pensar sobre lo que el transcurrir de los días representa en nuestra vida. 

El cerebro humano no está diseñado para mirar hacia atrás, sino para encarar los retos que tiene por delante. “El hombre es un ser orientado hacia el futuro, proyectado en él”, decía Julián Marías, aunque haríamos bien en tener presente aquel refrán mejicano que dice “si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”.

Cuando observo alrededor el comportamiento de la mayoría, veo que casi todas las decisiones van destinadas a la satisfacción inmediata de las necesidades y/o caprichos, a menudo mediante un clic, y a muchos les resulta extravagante aceptar y asumir sacrificios hoy, en previsión de un futuro a medio o largo plazo.

A costa de mirar lo más próximo (móvil, tablet, pantalla del ordenador, televisor,…) nuestra miopía no cesa de aumentar, tanto en el plano físico como en el inmaterial, y ello nos hace más limitados, porque los mayores problemas a los que nos enfrentamos requieren amplitud de miras, encender las luces largas y estimar la trascendencia de nuestras actuaciones.

¿Hasta dónde debemos considerar el alcance temporal de la responsabilidad de nuestros actos? ¿Qué obligaciones tenemos respecto de un futuro que con seguridad no viviremos? Todavía hay personas que se plantean qué mundo les vamos a dejar a nuestros hijos o a nuestros nietos, pero, desgraciadamente, la natalidad ha caído bajo mínimos, por lo que muchos no se hacen esta pregunta, y, si nos fijamos, no son pocos los líderes europeos sin descendencia en este siglo (Macron, Merkel, Theresa May, Paolo Gentiloni,…) 

En un tiempo en los que a muchos se les llena la boca hablando de empatía, qué pocos tienen la capacidad de ponerse en el lugar de aquellos que en un futuro no muy lejano sufrirán las consecuencias de nuestras actuales decisiones.

En un reciente e interesante ensayo (‘El buen antepasado’, Madrid 2022), Roman Krznaric ha puesto el dedo en la llaga: “Los políticos apenas ven más allá de las próximas elecciones o la última encuesta de opinión o tuit. Las empresas son esclavas del último informe trimestral y de la constante exigencia de aumentar el valor de sus acciones. Los grandes mercados suben y bajan en burbujas especulativas impulsadas por algoritmos que actúan en cuestión de milisegundos…””Lo que ocurra ahora y en unos pocos años –vaticinó el naturalista David Attenborough- afectará profundamente a los próximos milenios”.

A largo plazo todos muertos (In the long run, we are all dead) es seguramente la frase más reconocida del célebre economista británico John Maynard Keynes, con la cual quiso llamar la atención sobre la urgencia de abandonar el patrón oro en 1923 y así evitar la depresión. Se necesitaban medidas en lo inmediato, el largo plazo no importaba. Desde entonces, los políticos, sobre todo en el plano económico, se preocupan más de la próxima elección que de la próxima generación. 

Fue Henry Kissinger, hace ya medio siglo, quien formuló la teoría de que a un político le supone más rédito electoral actuar con la esperanza de que no ocurra ningún desastre, que adoptar estrategias costosas para anticiparse a los peores escenarios, ya que con la primera opción, si ocurre una catástrofe, siempre podrá argumentar que no podía preverse, pero si opta por la segunda y no ocurre nada reseñable durante su mandato, perderá votos y muy pocos valorarán su capacidad de anticipación. 

Cuestiones como la natalidad, la sostenibilidad de las pensiones, la despoblación de los pequeños núcleos rurales, la deforestación, el desbocado gasto público, la elefantiasis incesante de la Administración Pública, por poner algunos ejemplos, son cuestiones que no se afrontan con el rigor que requieren, y parece que la pauta a seguir por nuestros gobernantes es aquella de “El que venga detrás que arree”.

Decididamente, siempre resulta más fácil hacer demagogia y propaganda que asumir el coste de políticas a largo plazo.

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com




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