¿A esto le llaman “valiente”?

Habrá quien considere que esto no es una noticia seria (un torero de cierta notoriedad –por lo que puede considerarse “un personaje de la vida social”- que el día de su sonada y multitudinaria boda en Jerez deja plantada a la novia media hora antes de la ceremonia). Claro: visto desde fuera suena frívolo, chistoso (¡un tema de tantas y tantas películas! Un tema facilón, socorrido, con efecto cómico asegurado…). A algunos les “alegrará” la tarde (qué buena materia de chiste fácil. Y el insano regodeo en el ridículo ajeno). Otros, peor aún, dicen con tono moralista que “no opinan de la vida privada de los demás”.

Los hechos que suceden, suceden. Y si atañen a cuestiones importantes, pues invitan a una reflexión.

Sin que haya que prestar demasiada atención a los inevitables comentarios baratos, sí destacan, por absurdos, algunos que tachan esta actitud, esta estampida, de “valiente”.

Aquí se nos desmorona ya el mundo. ¿Cómo va a ser valiente la máxima cobardía?

Un novio que se arrepiente estando ya organizada la boda, si da marcha atrás unas semanas antes, debe enfrentarse a discusiones, razonamientos, recriminaciones, a mil trámites enojosos… Mucho mejor esperar al último momento, soltar la noticia como una bomba, de modo que, dejando a todo el mundo en estado de shock, se ahorre “las discusiones”. Cobardía máxima, crueldad absoluta, aunque no percibida por sus perpetradores dada su criminal ausencia de empatía.

Algunos sociólogos han observado que este modo de actuar lleva unos años de moda entre magnates y poderosos que quieren por ejemplo divorciarse, y hacer pública una relación secreta. Lo hacen en medio de una gran fiesta de aniversario, y cuando nadie se lo espera, y en medio de los invitados sueltan la bomba (declaran: “Jenny, me separo de ti. Ahora me voy a casar con Mary”). Así no hay marcha atrás, el shock producido le ahorra las discusiones (el peor terror de muchos hombres), y lo inaudito de la actuación, por lo llamativa, encima le proporciona una especie de glamour (como la que ahora tiene este torero, muchos le “elogian”), y la persona abandonada queda cubierta de una capa de ridículo que le “alegra” la vida a un público cada vez más psicótico…

¿Cómo hemos podido convertirnos en semejantes monstruos? ¿Cómo, con tal de ahorrarse el enojo de unas discusiones, hay personas que no tienen reparo en causarle al prójimo tantísimo dolor?

Y todavía, el caso que nos ocupa es “peor”, pues el fugitivo ni siquiera ha dado la cara.

El modo de actuar de este novio a la fuga, ¿se lo habrá recomendado su psicólogo? No lo sabemos. Pero encaja perfectamente en el tipo de consejos de estos profesionales. “Haz como te sientas mejor. No te preocupes de lo que piensen de ti. No te sientas culpable por nada”. Esos consejos tienden a ir siempre en el mismo sentido. “¿Te da pereza visitar a tu anciana madre en la residencia? No vayas. ¿Te aburre la perspectiva de esa reunión familiar? No acudas. ¿Te desesperan esas cosas de tu marido? Sepárate”.

Sí: son recomendaciones que parecen seguir una misma línea. Señalan el camino de lo fácil, del beneficio inmediato propio, de eliminar hasta la huella de un remordimiento, de olvidar toda idea del deber. Sobre todo de “no preocuparse”, de no pensar en el dolor ajeno. Jamás proponen lo difícil, lo heroico, lo incómodo.

Claro que sin ellos también habría ancianos abandonados en las residencias, y desencuentros familiares; es la vida misma. Pero en muchos casos podíamos sentir dudas, o remordimientos. El dictamen del psicólogo (“Si no te apetece visitarla, no vayas”) le presta una autoridad a semejante acto de egoísmo, de modo que lo inmoral nos parece hasta moral. 

El ser humano necesita cumplir normas. Carece de instintos; su modo de sobrevivir son las normas que les dicta una autoridad reconocida. Difuminado el “Honrarás a tu padre y a tu madre”, la autoridad hoy prevalente dictamina “Si no te apetece, no vayas”. Desaparecida la idea del examen de conciencia, ahora la autoridad reconocida te dice “No te sientas culpable” (como si hoy resultara necesario ese consejo).

No deja de ser curioso que, en medio de una sociedad individualista y hedonista como nadie niega que sea la nuestra, se nos anime a serlo aún más. Que se nos invite a “no sentirnos culpables” (¡si para eso no hay que esforzarse!); a olvidar todo amago de responsabilidad, de pensar en el prójimo, de enfrentarse a lo desagradable con valentía y arrojo.

¿Qué es lo difícil y desagradable? Puede serlo una complicada reunión familiar, o una visita a un pariente hospitalizado un poco cargante, o no digamos el comunicar una ruptura. Un ser humano valiente y noble es el que se enfrenta a eso, no el que sale corriendo. Y perder la  empatía es perder lo que más nos hace humanos.

Nos estamos convirtiendo en monstruos de crueldad. Con lo cual perdemos hasta la capacidad de razonar, y no entendemos ni las ideas ni qué significan ya las palabras… 




Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *