Aquellos Viernes Santos en Lorca

Para los creyentes el Viernes Santo es un día fundamental en donde se consuma la esencia de su fe, pues la tristeza y el dolor por la muerte del Nazareno nos abre también el camino de la redención y la esperanza en la resurrección.

De niño la espiritualidad – sentida o impuesta – impregnaba estos días y apaciguaba el frenesí cotidiano de los adultos con una especie de ‘tregua de Pascua’ en donde el sosiego y la calma llevaban inevitablemente a la reflexión y alimentaba el amor familiar. Unos lo hacían rezando, otros más dudosos o directamente ateos lo hacían meditando acerca de los valores que daban sentido a sus vidas.

Los cines cerraban, quienes tenían televisión volvían a ver ‘La Túnica Sagrada’, ‘Ben-Hur’ o ‘Quo Vadis?’ y la radio se empachaba de “Stabat Mater’ y música sacra.

Nosotros pasábamos la Semana Santa en Lorca (Murcia), en casa de mis tíos Ventura y Josefina. Eran días grandes con la familia paterna, en donde las procesiones de Jueves y Viernes Santo eran las protagonistas absolutas, con ese fuego cruzado de artes diversas que confluían en Lorca: arte escénico, imaginería, textil, joyería, orfebrería… En un simple mantón de la Virgen de los Dolores había más arte, fe y amor del que pueda imaginar cualquiera que no sepa ver más allá de la simple materia.

Mi tío Ventura había sido durante muchos años Mayordomo Mayor del Paso Azul y todos los Navarro éramos ‘azules’ (y lo seguimos siendo). Vivíamos la Pascua con esa mezcla tan peculiar de las procesiones lorquinas de sacralidad y paganismo, en donde al paso de la Virgen – de cualquier Virgen – el público prorrumpía en vivas a cuál mas desagarrado, pero a continuación, al circular la inmensa carroza de Nerón con su lira, sus laureles y aquellas columnas corintias de cartón piedra, la masa que antes se había mostrado tan respetuosa prorrumpía en encendidos abucheos y gritos contra el legendario perseguidor de cristianos. Y así toda la procesión, en la que no faltaban ni legionarios romanos, ni cuadrigas, ni los esperados jinetes etíopes cabalgados por extras de cine que pocos días antes habían estado rodando algún spaghetti-western en la vecina Almería. ¡Eso son caballos, eso son caballos!, gritábamos desde las gradas, acompasando su cabalgada. Y luego, de nuevo, el silencio respetuoso ante el interrogatorio de Jesús por Pilatos, su escarnio o el Calvario final… Era un contraste extraño, incoherente y maravilloso y creo que en realidad aquello era también una metáfora colorida de España: solemnidad y pachanga.

Hace años que no veo las procesiones de Lorca. Murieron ya quiénes mas las alimentaban, pero queda el recuerdo de noches maravillosas en donde mi fe estaba intacta y aun creíamos que todo permanecería igual.

Y como me gusta que – aunque sea levemente – la Pascua sea algo mas que un largo puente festivo y conserve su sentido original, cierro esta entrada con unos versos de Don Lope de Vega, incluidos en sus ‘Rimas Sacras’ (1614):

Pastor, que con tus silbos amorosos,
Me despertaste del profundo sueño.
Tú, que hiciste cayado de ese leño
En que extiendes los brazos poderosos.
Vuelve los ojos, a mi fe piadosos,
Pues te confieso, por mi amor y dueño,
Y la palabra de seguirte empeño,
tus dulces silbos y tus pies hermosos.
Oye, Pastor, pues por amores muere,
No te espante el rigor de mis pecados,
Pues tan amigo de rendidos eres.
Espera, pues escucha mis cuidados.
Pero, ¿cómo te digo que me esperes,
Si estás para esperar los pies clavados?

Lope de Vega.

Feliz Pascua ✝️




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