La muerte de un joven

En relación con el terrible accidente acaecido el otro día en Madrid, circuló por algunas redes el vídeo, conmovedor por lo ultra breve y ultrasencillo, de un sacerdote que estaba en la quinta planta del edificio en llamas, y que con toda naturalidad mandó el mensaje: “Como no sé si podrán rescatarme, recen por mí”. 

Es rara en nuestros días esta actitud ante la posible muerte inminente. Sin ningún dramatismo ni aspaviento (como indicando: “Bueno, ¿qué tiene de particular, si me toca morir hoy?”), sin imitar tampoco a Santa Teresa (lo de “Ven, muerte tan escondida…”, aunque hermoso, sería un poco anti natural), simplemente dando los pasos que le parecen lógicos ante ese trance. La posibilidad de salvarse existe (los bomberos y demás hacen proezas), y la de que no lleguen a tiempo, también. Para lo primero, poco puede hacer, teniendo el fuego debajo. Pensando en lo segundo, pues, como creyente, lanza la petición de ayuda que le parece más oportuna

Esta actitud, que hoy día choca, admira… tal vez alguien hasta la desdeñe… pero que en cualquier caso llama la atención, no la habría llamado en absoluto durante  los dos milenios que van de era cristiana, e incluso, en cierto sentido, durante todos los que llevamos de Homo Sapiens. Que hay que morirse y que no sabemos cuándo es la primera, acaso la única gran verdad común a todos los seres humanos. Es más, la conciencia de ese hecho y cómo se reacciona ante él… casi podríamos decir que es lo que constituye una civilización.

La nuestra actual, inaudita, se caracteriza por ignorar la muerte, no hablar jamás de ella. De los nonagenarios y ancianos con Alzheimer que van cayendo se dice benévolamente y como con alivio: “Ya descansó” “Se fue”… Si los fallecidos son algo más jóvenes (como entre setenta y cincuenta años) y muy en forma, la reacción es de asombro: “Pero, ¿cómo ha sido eso?” “No me lo puedo creer” “No te lo vas a creer”… Curioso, el considerar increíble lo único inevitable del ser humano, pero así es. El concepto del que no se habla –la inexorabilidad de la muerte, y lo incierto de su hora-, deja de existir. Aunque digan lo contrario, las palabras son más importantes que los hechos… De todos modos, el asombro inicial no conduce a mayores ceremonias, hoy consideradas pasadas de moda (lo del “duelo” es tan necesario que de esa palabra se han apropiado los psicólogos; pero ni aun así la reivindican los cristianos, ni la Humanidad entera precristiana que inventó el duelo allá por el Paleolítico…).  El difunto se incinera, y adiós.

Sólo cuando se produce la muerte de un joven podemos esperar un algo de solemnidad, de reflexión; parece que hoy “necesitamos” eso para caer en la cuenta de que toda vida se puede acabar en cualquier momento.

Las pasadas Navidades era frecuente oír, desde algún medio de comunicación, o incluso directamente, en boca de las muchas personas muy concienciadas: “Sí, es duro no darse abrazos, no verse, pero mejor no dárselos esta vez y así poder abrazarnos y celebrarlo a fondo el año que viene”. Esto dicho con profunda convicción, como dándolo por indiscutible. El no abrazarse, no besarse era sinónimo de no coger el virus, y el no pillar el virus, tan seguro como que dos y dos son cuatro, es considerado un pasaporte de inmortalidad. La relación causa-efecto (no nos reunimos en Navidad y así nos aseguramos en estar vivos para muchas Navidades venideras) se exponía tan contundentemente como una regla matemática. Las mil circunstancias de la vida y de la fortuna, los azares de la vida familiar…nada de eso se tenía en cuenta. No hay otras enfermedades, accidentes, imposibilidades económicas, desavenencias familiares, o cambios históricos y culturales… Si no nos ataca el virus, somos seres inmortales, y nuestra cultura y civilización también.

Algunos abuelos narran con cierta sorna (los mayores son los que mejor se adaptan al espíritu irreverente de los tiempos) cosas como: “Cuando yo estaba interno, los curas nos daban todas las noches una meditación que empezaba: Señor, me tengo que morir y no sé cuándo…”. Lo dicen en tono de burla, como alardeando de lo bien que han sobrevivido a las “tonterías” que les inculcaran de niños. Difícil replicarles que semejante meditación diaria me parece sanísima y envidiable. Quién sabe si, si nos la hubieran recitado a todos, acaso seríamos menos manipulables.

La muerte de un joven, decía, es acaso hoy el único evento que nos recuerda el hecho obvio que en nuestra época omitimos. Claro que las reacciones a su vez les parecerían disparatadas a personas de cualquier otra época. Es frecuente que se hable de “injusticia” (¿injusticia?) o que se exclame: “¿Qué sentido tiene?”. Pero, ¿por qué no se hace esa pregunta cuando muere un nonagenario? Por haber vivido sesenta años más, ¿es menos misterioso el hecho de la muerte y el de la vida?

Hemos reducido el misterio de la vida a una especie de idea de que “tenemos derecho a vivir noventa años, no sabemos ni por qué ni para qué, ni nos interesa, pero si se acaba antes, no hay derecho”. Entendiendo por vivir, ahora en 2021, respirar, comer, ver la tele a solas y poco más.

Señor, me tengo que morir y no sé cuándo.




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