458 cartas numeradas

“Te escribiré una carta cada día”. Eso es lo que me dijo mi madre, Lucía, cuando aquella tarde de agosto me despedí de ella para irme a trabajar a Angola… Y al escucharla más bien pensé en que aquella promesa era una de sus habituales exageraciones. Lucía era así, un maremoto de pasiones, una mujer hiperbólica y un vendaval de actividad a la que jamás nada torció, agotó o consumió. No logró hacerlo ni siquiera el cáncer de huesos que finalmente la mató, pero no la subyugó. Creo que alguna vez he contado que pocos días antes de morir, aún estaba diseñando listelos cerámicos con bellas flores para decorar la capilla en la que hoy descansan sus cenizas. Tenía un hálito de vida en todo lo que hacía y lograba todo lo que se proponía, incluso morir reclamándonos que siguiéramos sonrientes y guapos. Nuestra madre era así.

 

 

El año y pico que viví en Angola estuve aislado de lo que había sido mi mundo y lejos, muy lejos, de cualquier conector con nuestra cotidianidad que, quizás por acariciarnos cada día, dejamos de percibir y hasta de valorar. Fue un tiempo sin periódicos ni radio, sin noticias, restaurantes o cines y, sobre todo, sin esas caras y aconteceres familiares que colorean nuestra vida de previsibilidad y que alegran el corazón precisamente por su dulce e inesperada pequeñez. Fue un tiempo de alejamiento voluntario para hacer algo que entonces me pareció mas necesario que justo. En septiembre del año 2000 Angola era – parafraseando a Dickens – “el mejor de los mundos y el peor de los mundos” y seguiría siéndolo cuando un año y pico después terminé mi misión y regrese a España sin ver acabada la guerra y sin cerrar del todo mis heridas.

En mi maleta de regreso llevaba las 458 cartas que me escribió mi madre, una por cada día que viví en África. Cumplió su palabra, como siempre hacía y como nos enseñó a hacer a quienes mamamos de sus pechos y de su ejemplo.

La primera carta que recibí, llevaba un numero 4 enorme dentro de un círculo. Días después me llegó la numero 1 y luego la 3 y más tarde la 2, y así fueron poco a poco, anárquicamente como era Lucía, llenando mi escritorio de sobres numerados y también mi corazón de luz. La personalísima letra de Lucía – grande, enérgica y redondeada – era su tarjeta de visita y anticipaba una inyección de energía. No aportaría demasiado a esta pequeña historia detallar qué me contaba, pero lo cierto es que cada entrega (a veces llegaban remesas de 4 ó 5 cartas juntas, todas ellas numeradas) era un fogonazo de luz y optimismo entre tanta miseria. Sin saberlo – o quizás sabiéndolo muy bien- sus cartas fueron un dique contra el abatimiento, la desmoralización y el cinismo que habitualmente mancha el alma de quienes un día fuimos cooperantes.

Cada carta numerada era una sorpresa y cuando años después volví a releerlas – esta vez ordenadamente – tuve la sensación de recorrer la esplendorosa novela de nuestra vida cotidiana juntos, resumida en pequeñas cuartillas manuscritas que pasaban de viejos y dulces recuerdos a pequeños poemas o inocentes bromas que guardaban secretos compartidos y que solo ambos éramos capaces de descifrar y de reír con ellas. Lucía, además, escribía como los ángeles con aquella enorme letraza suya que desbordaba las líneas de dicha y de curvas que parecían tallos de jazmín y que olían a hierbabuena en aquellas 485 cartas numeradas.




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