Sobre si algo se paga o no se paga

(Sobre la noticia, enunciada con la solemnidad de quien declara abolida la esclavitud, de que a partir de ahora, como iniciando una era de justicia y progreso, pues el Consejo de Cofradías de Sevilla ha decidido que el pintor designado para hacer el cartel de Semana Santa COBRARÁ por su trabajo)

De nuevo nos colocamos en una posición antipática, y encima esta vez con nombre y apellidos. Vamos a quedar como si nos molestara el hecho de que un pintor llamado Daniel Bilbao (de quien recuerdo con agrado el haber recibido clases en la Facultad de Bellas Artes) ingrese tres mil euros más o menos.

Arriesgándonos pues a quedar como todo lo peor del mundo (a que se nos atribuya envidia, mezquindad, deseo de explotación ajena… y toda la demás maldad que quieran) , expondré el argumento. Al nuevo cartelista de Semana Santa y a todos los pintores y abogados y fontaneros y profesionales de todo tipo les deseo les lluevan encargos de tres mil euros y de mucho más, que faciliten sus vidas; y para todos es bueno que el dinero circule, y que fluya la economía. Toda empresa o negocio floreciente en general redunda en el beneficio común. Esto es una cosa.

Pero aquí se esgrime el solemne principio, enunciado como si fuera un mandamiento del Decálogo, de que “Toda Obra de Arte Ha de Ser Pagada”. Como nadie lo discute (queda antipático, claro. Como si deseáramos que a alguien se le explotara), pues acaba circulando como una verdad oficial, como un dogma incuestionable. Pues modestamente oso afirmar: que si el cartel se remunera o no, que sea por otras razones, pero esa pomposa y soberbia afirmación (“Toda Obra de Arte Ha de Ser Pagada”) pues… pues la considero absurda. La historia la desmiente. El mismo concepto de arte la desmiente.

Afortunadamente, no todo se hace por dinero. Si hablamos de Semana Santa, es típica la anécdota del turista que, mirando las largas filas de nazarenos, pregunta que cuánto cobran por salir. Y el sevillano responde orgullosamente: “No cobran: pagan”. La motivación es otra. Para muchos, la devoción. Otros, la cosa de cumplir un rito, que es un instinto humano indestructible. Si nos ponemos en lo peor, pues digan que es el figurar o el colgarlo en sus redes sociales. Pero el dinero, no. 

Imaginemos que un día se decidiera (y todo es posible. Al tiempo): pues ahora, que cobren los nazarenos por salir; démosle a cada uno sesenta, ochenta euros, lo que sea, a modo de peonada.  Inmediatamente, lo que antes se hacía gratis, y aun pagando, ahora parecerá muy mal pagado; y se hará a regañadientes… En realidad, no hay ni que imaginar situaciones ficticias: pensemos en lo que de hecho ha ocurrido con los costaleros. Antes eran unos malpagados descontentos, ahora (desde que no cobran) es un timbre de honor ser costalero.

Felizmente, no todo se hace por dinero. Y las cosas que se hacen porque sí son un tesoro de lo que como humanos debemos enorgullecernos, no una “injusticia” que haya que arreglar poniéndole a cada actividad humana un precio en euros.

Que ojalá funcione bien la economía, y que todos tengan un trabajo y un sueldo dignos y aun espléndidos, si puede ser, eso es lo más deseable que hay. Pero aparte, el ser humano hará cosas porque sí. Uno querrá escalar una montaña, otro aprender a navegar, otro saber pintar para hacer un retrato de su madre. Se habla de “hacer las cosas por amor al arte”. Nunca mejor dicho. Y seguramente las cosas que se hacen porque sí son las más valiosas y las que nos reportan mayor satisfacción.

Al cartelista antes no se le pagaba (aunque la notoriedad consiguiente les repercutía, entre otras cosas, en un beneficio también económico), ahora sí. Pues muy bien –aunque sospecho que a partir de ahora realizarán el encargo con menos alegría. Cuando una cosa está pagada, enseguida se considera que está mal pagada.

En resumidas cuentas: mi enhorabuena a mi antiguo profesor. Ahora, además del prestigio y honor, se le paga. Muy bien, y que lo disfruten los pintores elegidos. Pero por favor, señores del Consejo: no enuncien nuevos mandamientos solemnes, como si a Moisés se le hubiera olvidado escribirlos en la tablilla: “Toda Obra de Arte…”. Que no por esa decisión han hecho un mundo más justo ni noble ni equitativo (incluso lo contrario se podía argüir). Seamos menos grandilocuentes.




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