28 de febrero otra vez

Una vez más, la casta política progresista que nos gobierna volverá a machacarnos con la idea recurrente de que Blas Infante era un poderosísimo intelectual que marcó a Andalucía el camino a seguir en todos los aspectos políticos, económicos y sociales que conducen hacia el verdadero progreso. La verdad es que es difícil encontrar una frase más desacertada desde todos los puntos de vista imaginables. Veamos solo algunos de los más significativos en lo que puede caber dentro de un escueto artículo periodístico.

Puede que a los admiradores de la “Memoria Democrática” que nos dicta el BOE socialista les sorprenda saber que el notario de Casares abominaba de la Segunda República, y anhelaba una Tercera versión de la misma que fuera federal y anarquizante, y que permitiera la federación (o no) de las nacionalidades preexistentes y soberanas integradas en el “Estado español”. El modelo organizativo que él propone para dicha Andalucía soberana sería medieval, en concreto andalusí, pero no el del Emirato o el del Califato, sino el de las taifas, cuando la nación andaluza se vertebraba en un anfictionado de “pequeños reinos que eran otras tantas academias presididas por los príncipes”. Ya me dirán si no les parece un ideal de lo más progresista.

Por si el amable lector no lo sabe, digamos también que el término “anfictionado” alude a una confederación de entidades políticas inspiradas en una concepción religiosa determinada. A modo de ejemplo, el mismo Blas Infante dice en un momento dado que la “Europa germánica [se configura como] un anfictionado bárbaro inspirado por el Pontífice de Roma”. Y puesto que él detesta lo católico y lo europeo, propone que Andalucía se gobierne por medio de unos “príncipes” de inspiración islámica, si bien es cierto que él alude a un islamismo librepensador y liberal, como el que supuestamente teníamos aquí hace diez siglos. Observen bien el oxímoron al calificar a su régimen favorito que sería, a la vez, islámico y librepensador. Áteme usted esas moscas por el rabo. En todo caso, ya sabe usted a qué se están refiriendo cuando enseñan a nuestros niños a cantar en la escuela:

 

“Los andaluces queremos

volver a ser lo que fuimos:

hombres de luz que a los hombres

almas de hombres les dimos”.

 

La forma de conjugar la ilustración librepensadora y el refinamiento muslim -aparte del culto a Almotamid- consistiría en traer a nuestra tierra a los millones de descendientes de los moriscos expulsados en tiempos de Felipe III. Imagínese el lector la que se podría liar si solo la décima parte de los invitados agarenos se presentara aquí para reclamar una parcela de tierra, que previamente habría que expropiar (al modo chavista, sin expedientes ni trámites burocráticos) a los ricos terratenientes. Si, de hecho, ya existe sobre nuestra tierra una presión inmigratoria importante procedente del otro lado del Estrecho, es fácil imaginar lo que podría ocurrir cuando descubran que nuestro “padre de la patria” los está invitando de corazón, argumentando que, desde que se fueron sus antepasados de aquí, no hemos levantado cabeza. En cuanto a las expropiaciones de tierras, ahora puede usted entender a qué se refiere Don Juanma Moreno cuando se pone muy serio para cantar:

 

“Andaluces, levantaos:

pedid tierra y libertad”. 

 

No olviden que para Don Blas hay “andaluces” que están “desterrados” al otro lado del estrecho, aunque no hablen español ni coman jamón; y “andaluces” avecindados en esta tierra que no son verdaderos andaluces, sino descendientes de las mesnadas castellanas conquistadoras. Por tanto, invasores, ocupantes, enemigos, intrusos, que llevan en su sangre impura el estigma de la culpa de 1492…

Por otro lado, la democracia a la que continuamente alude el Prócer patrio era una democracia muy especial: sin parlamento, sin elecciones, sin partidos políticos y sin los sofisticados sistemas de balances y contrapesos propios del sistema liberal burgués. Él preconiza una democracia directa y asamblearia, “soviética” en un sentido literal, ya que eso es precisamente lo que significa esta palabra en ruso: “asambleario”. Claro que no todo el mundo era notario y, por tanto, no todo el mundo tendría capacidad para reunirse a debatir casi diariamente los asuntos públicos. 

A lo mejor alguno de ustedes es condescendiente con este tipo de “utopías”, pero no me negarán que resulta sarcástico que los políticos profesionales tan odiados por Blas Infante se hayan convertido en albaceas de una idea que el señor notario odiaba tan virulentamente: la del estatuto autonómico. ¡Y que se la han adjudicado a él! A lo mejor, Infante hubiera preferido que le hubieran hecho menos bustos y que hubieran aplicado más sus teorías. Aunque nosotros, en tal caso, nos encomendaríamos a la Virgen de Lourdes para quedarnos, al menos, como estamos ahora.

Más disparates blasinfantianos: nuestro amigo desprecia el derecho europeo, los códigos de justicia y los tribunales supuestamente independientes, algo que resulta especialmente chocante en un notario y jurista de profesión. Para él, el ordenamiento jurídico ideal para resolver las controversias sociales es el musulmán, cuando los conflictos se solucionaban de manera informal e imaginativa, “como fallaban nuestros jueces y cadíes”, siguiendo la equidad casuística y la costumbre. Qué bonito era todo en aquella época en la que casi no había pleitos y que, casualmente, no se parece nada a lo que ocurre hoy en los países inspirados en ideas coránicas. No hay en el mundo una “leyenda rosa” más rosa que la proyectada por Don Blas para los siglos andalusíes, como un verdadero cielo en la tierra. Llega a decir incluso que, en tal época, la mujer gozaba de plena igualdad con el varón:

 

“Andalucía (…) cuando fue libre bajo el régimen musulmán, dotó a sus mujeres de consideraciones, libertad y respeto similares a los que hoy gozan en los países más progresivos del mundo”.

 

¡Qué lástima que tantas excelencias sean imposibles de comprobar hoy en ningún país islámico observable! ¿Acaso se puede tener más fe en una idea infundada?

Por último, hay algo más que decir. El recordar estas evidencias no supone faltarle el respeto a una persona que murió de forma injusta y cruel, asesinado en nuestra infausta Guerra Civil. Porque haber muerto fusilado no debería suponer ningún título de legitimación especial, a no ser que pensemos que, por la misma razón, todos deberíamos defender las ideas de José Antonio Primo de Rivera, de Mussolini o de Ceaucescu. Y no los estoy equiparando al destacar el funesto detalle del semejante final que padecieron cada uno de ellos. Pues a veces la gente que va de víctima tiene también una inesperada faceta de verdugo. Es más, poca gente hoy es consciente de los métodos bastante brutales que el señor notario proponía para eliminar a sus enemigos políticos. Con notorio masoquismo (habida cuenta de su origen, su matrimonio y su profesión) el Ideólogo andaluz considera que hay que usar mano dura contra los “caciques” que se opongan a “la mano de hierro” diseñada para solucionar nuestros seculares problemas sociales por la vía más expeditiva. No queremos decir que se mereciera lo que le pasó, pero alguno podría pensar que al buen notario le dieron caldo de su propia medicina cuando proclamó: 

 

“No temblaría nuestro pulso. Conscientes de lo que significa la Dictadura pedagógica, nos complaceríamos en firmar, para defender la Vida, muchas sentencias de muerte”. 

 

Por favor, que alguien bienintencionado nos diga que todo esto es metafórico, que no hay que tomarse tales amenazas al pie de la letra. Aunque no nos lo vamos a creer, porque algunos meses después de decir estas palabras, muchos miles de españoles fueron conducidos al paredón por ir a misa, por usar corbata o por tener un patrimonio económico fuera este grande o pequeño. O por tener ideas contrarias a las que esas cosas implicaban. Desgraciadamente, no tembló el pulso de los que, en ambos bandos, apretaron el gatillo.

Ojalá llegue el día en que el fundamento de nuestra convivencia no esté centrado en lo que alguien dijo o pensó en los años treinta, como se ha hecho en nuestros días. Seguro que los españoles saldríamos ganando, porque en aquellos años se dijeron muchas necedades y muchas vilezas. Su eco todavía resuena y nos aturde con un resentido e injustificado cainismo.




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