Hace tiempo que arraigó en mi interior, cual semilla certificada, la convicción de que el presidente de nuestro gobierno podría ser un perfecto fullero. Ahora, aquella potencial simiente es ya un árbol de frondoso porte, buena sombra en la que cobijarse, flores e incluso frutos y oscuros pájaros en sus nidos. También tengo la certeza de que el gallego está plenamente convencido de mi estupidez, como miembro que soy de ese rebaño que es el electorado español.


Al presidente le cuesta deponer medidas legales de gobierno contra nacionalismos de cualquier pelaje tanto que parece padecer un estreñimiento político propio de quien, además de sufrir un intestino político vago, ha abusado del arroz y los higos chumbos de la indecisión y los complejos. La última medida decretada o excretada en forma de doloroso fecaloma ha sido la aplicación del artículo 155 de nuestra maltrecha Constitución. Vengo a comparar esta acción de gobierno con la acumulación de materias fecales endurecidas que obstruyen el tracto digestivo, porque se ha necesitado de la ayuda lavativa de cientos de miles de españoles sacando a la calle la enseña nacional para que Mariano alivie por fin su indisposición a ejercer el encargo democrático para el que ha sido elegido. Evidentemente todo este asunto apesta bastante, como por otra parte no podía ser de otra manera, a ‘pasteleo’ de retrete. La medida parece haber producido más desgarro en quien la ha aplicado que entre quienes debieran sufrirla en silencio.

Tirando del manual de lo expuesto arriba -es decir, la persuasión presidencial acerca de la idiotez del español de a pie-, Rajoy anuncia elecciones autonómicas para el día 21 de diciembre. Así, a pelo; con los responsables del tinglado en la calle y sus medios de comunicación en pleno esparcimiento de los lodos de esa inmensa fosa séptico-mediática donde se ligan, separatismo, anarquía, estalinismo y algunos truños de islamismo radical.

Y para colmo nos sale el ministro de educación, Méndez de Vigo, dándonos la cucharadita purgante de la complacencia del gobierno con el hecho de que Puigdemont se presente al comicio. Antes, a estos aristócratas de probada estupidez se les colocaba en algún organismo honorifico o al frente de la mesa petitoria de alguna institución de caridad, debidamente escoltado de señoras con abundante laca en el cardado. Ahora los tenemos en el gobierno.

Así las cosas, se presume una campaña electoral donde los partidos constitucionalistas se enfrentarán a una engrasada maquinaria de manipulación mediática que va a dar imágenes de guardias aporreando presuntas ancianas hasta la mismísima jornada de reflexión. Ojalá me equivoque, pero el resultado puede ser el de una mayoría de corte secesionista ante la cual cualquier argumento constitucional quedará reducido a cero. ¿Y ahora, qué? ¿Volvemos a mandar policías a partirse la cara temerariamente a esa selva de la ‘seva payesa’; pueblos a los que no saben ni llegar ni salir, en franca minoría y trasladados en ese indigno crucero de Piolín?

Solo la mera peripecia de que Puigdemont y sus secuaces se puedan alzar con un triunfo electoral debiera ser más que suficiente para anular cualquier posibilidad de acudir a las urnas en años. Al menos hasta que la situación se normalice y el Estado recupere el control de aquella soberbia región española. Lo demás será una previsible cagada como lo fue la de mantener unas elecciones 48 horas después del mayor atentado de la historia de Europa. ¿Se acuerda usted de aquello, Mariano?