20 años sin Juanita Reina

En ella veinte años son muchos. Juanita Reina desdice al tango, aquel de “Volver” que cantó la fugacidad del tiempo, ese visto y no visto que dijo Curro Romero cuando cumplió los ochenta  -y eso que el de Camas paraba los relojes-,  el mismo Curro que lamentaba que no quedara nada de su arte; porque entendía que a diferencia de los pintores, que dejan sus cuadros, o los escultores sus tallas, el toreo se hace en el aire. Sí, maestro: pero es que quizás sea en el aire donde se hacen parte de las cosas más bellas. La misma voz de Juana fue en el aire…

Veinte años son muchos para contar los que han pasado sin una mujer que apostó sus besos al último minuto, “cuando se unió tu boca con la mía…”, cuando llegó su florida primavera con Caracolillo. Una mujer que vencía en los límites, en la zona  justa y difícil del arte donde los grandes se libran de la carencia y del exceso por parte iguales, en la medida donde sólo a los genios ni les falta ni les sobra. Juanita Reina era precisa en la pasión interpretativa donde tantos cometen el desliz de la exageración. Por decirlo con uno de sus más grandes éxitos, donde mediaban cinco farolas, sus pasos no iban más allá  -ni más acá-  de las que eran: cinco. Ni una más. Ni una menos.

Al cabo de estos veinte años, y en el caso excepcional de Juanita Reina, vuelvo a rechazar la clásica idea de que nadie es imprescindible. Estoy de acuerdo con que nadie común y corriente es imprescindible, nadie del montón es imprescindible. Pero vaya si lo son aquellos que nacieron con estrella, tocados por la vara mágica de la predilección divina. Y cuando nos dejan, son irreemplazables.

Es imposible sustituir a Juana Reina en su acabada estampa de copla y de Sevilla. Es imposible relevarla del alto pedestal de su elegancia. Es imposible que alguien vuelva a cantar con sus manos hebreas de Triana,  o con el entrecejo dolido de esperar hasta muy tarde en las madrugadas de “Y sin embargo te quiero”.

Su amistad, la de Caracolillo y la del hijo de ambos, Federico Casado Reina  -que aún disfruto-, fue uno de los más grandes regalos que me hizo la vida. Nuestra confianza mutua llegó a ser tanta que jamás he leído desde entonces una biografía sobre Juanita Reina. Ningún libro contiene tanto como supe de todo por ellos. Y una noche más entre las muchas que nos despedíamos en la puerta de su casa de maravillosas veladas, desde el dintel me dijo Juanita Reina junto a su marido Caracolillo, que asentía las palabras del gran amor de su vida:

-Pepe de mi corazón, lo que a nosotros nos hubiera gustado es habernos casado antes, haber estado mucho más tiempo juntos.

Me impresionó que haciendo balance de lo vivido, una mujer con el abultado equipaje de tantos éxitos artísticos, lo único que echaba de menos era más tiempo con el hombre al que adoraba. No me confesó en aquel arranque de sinceridad  -que ni siquiera yo había pedido-  ansiar aún más triunfos ante el público; ni haberse quedado con las ganas de rodar más películas; ni las de sumar más discos a su ya amplia discografía. La única espina clavada de quien lo había sido todo en el mundo del espectáculo, de quien convertía en manicomios  los teatros, de quien poseía el embrujo bien difícil de ponerlos boca abajo, de levantar de sus butacas como si fuera un acto reflejo  -sin la más mínima orden cerebral-  a miles de personas enfervorizadas… la única espina clavada era más tiempo con Caracolillo. Todas las cuentas le salían, menos esa. Mi Credo es que ya está saldada. Mi fe es la eternidad. Y mi esperanza está en una Resurrección que habrá devuelto a Juana y a Federico a reencontrarse como más querían y más se querían: juntos. Porque hasta en la otra vida como en esta, será mentira que nadie es imprescindible.



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