10F: ¡Viva España!

Si en España no hay una vuelta real al año 1934 es porque, en realidad, tenemos la lección aprendida pero nos cuesta mucho aplicarnos; y esto último no es por vagos, sino por cansancio. Se demostró el domingo, con la manifestación de Colón, que existe una España que quiere unidad con lo que ello conlleva, aunque no se esté de acuerdo por parte de algunos de esos manifestantes, por ejemplo, con el actual marco de Estado (la monarquía parlamentaria, la intromisión de las instituciones europea, la partitocracia…).

A pesar de actores –algunos tales de forma profesional, como Anabel Alonso, retratista oficial de parte de una mezquina izquierda española– y actorzuelos remueverredes, como la señora Beatriz Talegón, la cual anhelaba que «no hubiese muertes» en el citado acto –como si esto fuese la Venezuela del dictador Maduro, doña Beatriz–, o el periodista Antonio Maestre, que aconsejaba acudir a librerías un domingo para no encontrarse con «hiperventilados patriotas»; aunque la hiperventilación recayó, me pareció apreciar a lo largo del día, entre aquellos que no participaron del movimiento dominical, es de justicia reconocer que esas cuarenta y cinco mil personas que, dicen, se concentraron en Madrid, además de respeto por el mobiliario público, por los bienes privados (como vehículos), por los escaparates, por las fuerzas del orden y hasta por el medio ambiente –que no saben lo malo que son los contenedores y bidones quemados echando monóxido de carbono, y vayan a saber qué más, a mansalva–, y que representan una parte del país acallada y, si me permiten excederme, hasta represaliadas, vejadas, caricariturizadas con crueldad por su pensamiento, demostraron con festiva serenidad su hartazgo.

No pasa nada. Existen. Existimos los que, hastiados del mangoneo moral de quienes tanto critican el abanderamiento de unas ideas, no dudan en cubrirse con otras telas en pos de no sé qué libertades a las que, por lo visto, solo tienen derechos ellos. Estos que en las redes sociales se ensañaron con personas que –qué importa la condición sexual– se reafirmaban en esa unidad. Manipular los sentimientos, las libertades de cada cual, su pensamiento, es una grave dolencia de una sociedad, esta sociedad, que desde hace cuarenta años vive una democracia plena y real reconocida internacionalmente. Adoctrinamiento se llama. Con muchísima probabilidad, tantos y tantos que han vapuleado (de boquilla) la convocatoria del 10F desconocen en su totalidad lo que dice la criticada Carta Magna española; garante por otro lado, qué cosas, de sus propios derechos.

El presidente Sánchez, en un ataque de soberbia, de no saber estar, al sentirse señalado se ha sentido dolido porque presume que aquello del domingo iba «contra su persona» cuando, en realidad, iba, mejor dicho, en contra de su política de humillación al país que representa.  Si el Gobierno quería un relator, les han salido cuarenta y cinco mil –insisto, dicen–. Cuarenta y cinco mil relatores que han puesto sobre la mesa las cartas, no del PP, de Ciudadanos o VOX, sino de la parte de ese mismo país al que desoye y al que pintó en blanco y negro. ¡Pues bien coloridas que se veían las calles y avenidas de la gran capital, don Pedro! ¿Mire si va usted a padecer alguna forma idearia de daltonismo?

La España, no en blanco y negro, sino gris, es aquella a la que usted le da pábulo y se parece más, en algunas regiones otrora socialmente vanguardistas, a las escenas del nacimiento del nazismo; aquella donde la ideología de un sector se imponía y se castigaba si se iba en contra de ella,  aquella en la que el diálogo es una demagogia, un recurso estratégicoliterario; aquella en la que la libertad tan cacareada y los derechos tan enarbolados, reitero, solo pertenecen a unos, a los otros que les den. La España en blanco y negro, señor Sánchez, murió con el mismo al que se han empecinado en sacar de su tumba.

Sí, lo dije al principio. España no vuelve al 34 porque se conoce la historia; al menos una parte de España, porque hay otra que, fíjense lo que acaeció en Sevilla ese mismo 10 de febrero en la fachada de la parroquia de San Martín, todavía quiere, entre otras barbaridades, hacer arder iglesias, como reflejó una pintada vandálica –reivindicativa proclaman algunos– ya eliminada. Niñatos del siglo XXI  –en este caso en concreto fueron niñatasnacidos en plena democracia, libres y a los que se les respeta su, este sí, patético y rancio pensamiento de odio y rencores, del que dejan su estúpida constancia escrita sobre ello. Quizás doña Irene Montero tenga algo que ver. Quizás, de paso, alguien debiera de explicarles a estas niñatas, y a quienes les baila el agua, que, en realidad, abjuran de todo aquello de lo que se regodean ser adalides.

España del 34 que, por cierto, fue contundente ante el intento separatista catalán. Ni eso saben, casi convencido estoy, quienes hoy critican a los que creemos en un país unido.

Somos los fachas. Los democráticos fachas del siglo XXI que creemos en una España liberada de las ataduras de otras épocas dañinas para su integridad, que no conceden a los que quieren romperla más opción que los cauces legales establecidos para esos intereses; que se enorgullecen de su bandera y no se escudan en otras liberticidas que representen la coacción y las mentiras históricas; que estamos cansados de las imposiciones que hablan de eliminar todo aquello que no suene a ellas; que luchamos por retirar vitolas injuriosas de la memoria propia, que trabajamos por volver a hacer factible un Estado de igualdad real (Art. II Cap. 14 de la C.E.) y que sí, que queremos poder ejercer nuestro derecho al voto para elegir un Gobierno con dignidad, con determinación y cumplidor de las leyes establecidas.

Ya lo dijo Voltaire: «Yo daré mi vida para que mis enemigos puedan defender lo contrario de lo que yo defienda».

¡Viva España!




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