Estas elecciones hay que animarlas como sea. El poderoso partido socialista vuelve a sacar a Vox, la extrema derecha, la homofobia, el racismo y otras falsos epítetos para despertar a su posible electorado. El hastío entre sus seguidores, casi 40 años en el poder, desgasta y más en una época económica floja donde los repuntes llegan pero aún a no todos por igual. El PSOE es consciente que una fuerte abstención de sus votantes podría favorecer una coalición de la derecha formada por el PP, Ciudadanos y Vox. Es muy difícil, pero no imposible. Siempre están más motivados en una campaña los que piden cambios que los que abogan por la continuidad. Todo se desarrolla demasiado aprisa como para que ese 20 por ciento de indecisos no sea capaz de darle un vuelco el domingo a las urnas. Vox ha pasado según las últimas encuestas de un tímido 3 por ciento a casi el doble en apenas dos semanas. Se abre la posibilidad de que sea la llave del cambio. A pesar de la atonía, la falta de propuestas atractivas o ilusionantes, una campaña descafeinada donde la anécdota era más importante que el fondo, al final hay una puerta que puede abrirse para sorpresa de todos. O quedarse como está, cerrada a cal y canto para celebrar 40 años de gobernanza socialista.