El Ayuntamiento de Sevilla ha procedido a talar los 2.500 árboles de sus calles y plazas que se encuentran en situación de riesgo. El pésimo estado en el que se encuentra tal cantidad de árboles es consecuencia de su falta de mantenimiento en los últimos años. Tiempo habrá para conocer qué alcalde o responsable municipal ha sido, con su demostrada ineficacia, el culpable de que Sevilla tenga que desprenderse de manera tan traumática de una cantidad tan importante, y tan necesarios, de árboles. De lo que no parece haber duda, a tenor de la opinión unánime de los técnicos, es que la única solución pasa directamente por la motosierra. Pero cuidado, porque estamos hablando de un asunto que resulta extraordinariamente sensible para la opinión pública y una oportunidad para los partidos políticos de la oposición que, a menos de un año vista de las elecciones municipales, utilizan el caso en su propio beneficio electoral, cuestión que no debería ser reprochable sino todo lo contrario. Entre otras cosas, pues es obligación de la oposición. Pero los sevillanos andan crispados y el equipo de gobierno municipal preocupado. Tanto el delegado de Parques y Jardines David Guevara como el director general de Medio Ambiente, Adolfo Fernández Palomares, están ofreciendo todas las explicaciones habidas y por haber, a pie de obra, ante vecinos y representantes de organizaciones conservacionistas. Muchos se muestran comprensivos, otros no dan margen de confianza al Ayuntamiento y algunos aseguran que se están apeando árboles sanos. No tiene ningún sentido que el Ayuntamiento derribe árboles sanos. Sencillamente, se aleja tanto del sentido común que resulta increíble. Lo que sorprende realmente es que el equipo de gobierno de Juan Espadas no haya calculado en toda su dimensión la repercusión de una tala de árboles tan visible a ojos de todos los ciudadanos pues se están desarrollando a lo largo y ancho de la ciudad. Muchos sevillanos se oponen a esta campaña de apeo sencillamente porque no tenían información previa. Y es ahí donde parece radicar el error. Las campañas informativas y la publicidad institucional están para eso, precisamente. Probablemente, si antes de iniciar la campaña de tala de árboles se hubiera puesto en marcha una amplia campaña informativa con la participación de los responsables municipales y en todos los soportes posibles además de sus correspondientes reuniones con los líderes vecinales de las zonas afectadas nos habríamos ahorrado el disgusto que, probablemente, vaya a más y se convierta en el culebrón del verano. Todos deberíamos recordar que hace justo un año, andábamos instalados en la preocupación precisamente por las continuas caídas de árboles y ramas que, por fortuna, no produjo víctimas.