Cuando cuestiones sensibles para la sociedad se desarrollan bajo el oscurantismo, lo lógico y normal es que se produzca un rechazo frontal entre los ciudadanos sea cual fuere la naturaleza de la iniciativa. Es el caso del Centro de Refugiados de la Ronda de Capuchinos que la Cruz Roja está habilitando a espaldas de los vecinos en el antiguo centro Cajasol de esa importante arteria de la ciudad de Sevilla. Ha tenido que ser una noticia de Sevillainfo publicada este martes, la que haya provocado la reacción de la institución benéfica, que, al parecer, ha emitido una nota de prensa o comunicado para uno o dos medios de comunicación en el que, como era previsible, matiza todo lo publicado por este digital y suaviza al extremo las muchas aristas que tiene el proyecto en cuestión. La presidenta de la Cruz Roja en Sevilla, la muy apreciada Amalia Gómez, ha subrayado, en primer lugar, que no se trata de un Centro de Refugiados, que eso suena muy mal, sino un centro de atención a inmigrantes de alta rotación, precisando que aquellas personas que serán atendidas en ese centro, por espacio máximo de tres días, cuentan con otros destinos donde emprender un futuro laboral. Gómez, ha pedido, a través de ese comunicado, que no se estigmatice a las personas que allí sean atendidas ni al centro en cuestión.

La gestión de la puesta en marcha de este centro de refugiados, o de atención a inmigrantes que llegan en pateras, o migrantes, o la definición de moda adaptada a lo políticamente correcto, no ha podido ser más torpe. En primer lugar resulta inaceptable que la cuestión no haya sido siquiera explicada a los miles de vecinos que residen en la zona. Pared con pared con el centro de atención de inmigrantes, o migrantes. Ni una palabra, ni un comunicado, ni una rueda de prensa. La Cruz Roja, La Junta de Andalucía, el Gobierno y el Ayuntamiento de Sevilla han favorecido, con su oscurantismo, la alarma vecinal. Resulta también curioso, como de puertas para adentro, se reconoce que se trata de un centro para refugiados, y de puertas para afuera, se trata de un centro de atención a inmigrantes.


Especialmente lamentable, de otro lado, leer los comentarios que ha suscitado la publicación de la noticia en este digital para conocer hasta qué punto la sociedad se ha dejado llevar por un mal entendido buenismo y, por supuesto, por la política. Los vecinos directamente afectados no quieren un centro de refugiados, o de migrantes, frente por frente a las puertas de su casa sobre todo pues no olvidan que en ese mismo lugar funcionaba un centro ocupacional para personas mayores que cerró sus puertas para desgracia de los ancianos que allí recibían atención. Los vecinos afectados saben lo que está ocurriendo en otras ciudades donde existen centros de este tipo. Saben, por ejemplo, que si los inmigrantes tienen que utilizar la violencia para conseguir sus objetivos, la utilizarán, sobre todo en España, donde suele salir gratis. Las imágenes las tienen frescas por ser muy recientes. Entienden que todo lo relacionado con la inmigración está polítizado, puro postureo. Pero aquellos no directamente afectados, ciudadanos también, saltan a la yugular de los vecinos tildándolos de fascistas, término utilizado muy alegremente en nuestro país por la izquierda para desautorizar al que opina distinto. No se trata de insolidaridad. Sevilla ha demostrado en más de una ocasión que no lo es. En esta ciudad, sin ir más lejos, se ha permitido la construcción de auténticos guetos que en otras ciudades y en otras comunidades autónomas habría siendo impensable. El origen de este problema en ciernes es el oscurantismo. Se ha perdido una magnífica oportunidad de hacer las cosas bien y dar ejemplo, precisamente, de la solidaridad de una ciudad.