Protegernos de Sánchez, deshacernos de Sánchez

Si como vaticinan las últimas encuestas de fiar -no las que manipula descaradamente Tenzanos en el CIS- al PSOE le espera una notable caída, entonces es que los votantes han empezado a reaccionar ante un partido y su candidato verdaderamente temerarios; entonces es que la democracia española va haciéndose suficientemente madura como para que hasta quienes sienten en el socialismo su estado más natural, hayan decidido abandonar las naves que nos llevan a todos al naufragio. Lleva el timón el autor de una política desquiciada.

 Esto no es la primera vez que ocurre, ni con el PSOE ni con otros partidos. No es el primer caso en el que se produce una actitud de intolerancia del electorado con sus formaciones predilectas, pero que se les acaban convirtiendo a todas luces en inadmisibles. El ejemplo más evidente está en el descalabro que sufrió el Partido Popular por culpa de Mariano Rajoy, un estafador electoral al que se le debe esa “derecha troceada”, según la calificación de Aznar. Rajoy ha terminado siendo el original responsable de un país bloqueado desde que sus graves incumplimientos de promesas electorales quebraron la mayoría absoluta.

 Volviendo al PSOE, es muy bueno que en democracia y concretamente en unas Elecciones se dé la espalda a quien, como Pedro Sánchez, no sabe dar la cara. Es de una gran salubridad política que ni los simpatizantes del PSOE quieran reírle ya las gracias que son las desgracias del país.

 España se está hundiendo con el PSOE. Eso lo saben millones de ciudadanos que ya tienen el agua al cuello. Eso lo saben los casi cien mil parados más de este mes de octubre. Todos estamos legitimados para votar con voluntad propia al grupo más afín a nuestro ideario. Pero esa voluntad, ese deseo de raíz ideológica, tiene el límite en nuestra propia cordura cuando no nos cabe duda de que un líder la ha perdido por completo. Llega un momento angustioso en el que somos conscientes de que los programas no nos salvan, los programas no piensan en nada real como la bolsa de la compra, el recibo de la luz o el del agua, la vuelta al cole de los hijos, la contribución urbana, los impuestos voraces de todo tipo, la declaración de la renta, el precio de la vivienda, la cuota de autónomos, la ITV o las retenciones fiscales.

Pedro Sánchez es un ambicioso de poder capaz de arrastrar a España hasta la ruina en la que lo único que quedaría en pie es su pedestal de vanidad y egocentrismo peligroso. Pedro Sánchez da pánico. Y como no hay mal que por bien no venga, entre la nueva convocatoria de Elecciones y su celebración el próximo domingo, gracias a la crisis catalana a los españoles nos ha dado tiempo a comprobar que si Pedro Sánchez fuera presidente, estaríamos en las manos de un indecente político que nos ignora a todos, pero que se mira a sí mismo con un desmedido e insensato narcisismo. La única ley de proporcionalidad que él entiende es la de actuar según calcula obtener más votos. Como en Cataluña, podemos morirnos de asco y de fuego mientras él va blindado hasta los dientes y protegido por fusiles.

 Hemos tenido la “suerte” -si esta palabra nos la perdonan en Cataluña los españoles de bien que sufren la barbarie del independentismo-, hemos tenido la “suerte” de contemplar atónitos la indefensión terrorífica de una Barcelona arrojada a los pies de la delincuencia callejera, abocada a vérselas con miembros de organizaciones criminales. Cataluña nos ha dado la ventaja de saber cómo actuaría Pedro Sánchez con los suyos –Marlaska, el de la “normalidad”, de manera decisiva- si a nuestras ciudades y pueblos se extendieran atentados para la convivencia como hemos visto en los televisores, un día detrás de otro, llegando hasta al del pasado lunes con la visita de la familia Real. En Sevilla ya ha ocurrido un asomo de mimetismo en desórdenes públicos cuando en la noche de Halloween han sido apedreados los autobuses. Nada extraño, por otra parte, cuando sabemos que es un socialista, Juan Espadas, el alcalde que tiene sumida a Sevilla en una inseguridad preocupante, con déficit de agentes policiales.

Hay que abandonar las presumibles ideas de un partido  -por mucho que siempre hubiera sido el nuestro-  cuando su candidato puede dejarnos sin ellas el día fatídico en el que se haga con el poder. Sánchez ha dado suficientes muestras de ser capaz de secuestrar al mismo socialismo de altura de otros tiempos, como el de Felipe González, Alfonso Guerra o José Rodríguez de la Borbolla. Sánchez es un cínico que se ha quedado inalterable y frío asegurando que la reconciliación definitiva de los españoles (la que ya hizo posible la Transición) sólo era posible con un engreído como él, y exhumando a Franco de una fosa de la que nadie se acordaba ya y que había sellado y lacrado con una pesada piedra la vieja historia de una guerra sin memoria en las nuevas generaciones.

Hay que abortar esta espiral de las ambiciones de un político peligroso llamado Pedro Sánchez, rodeado de peligrosos. España, con sus votos del signo que legítimamente elija cada cual, debería sin embargo protegerse de Pedro Sánchez. La España que se siente socialista -algo absolutamente legítimo- debería de aplazar  -que no renunciar- su naturaleza ideológica para una mejor ocasión, cuando llegase de ese signo la nueva hora de un gran estadista. Es la gran oportunidad para no desembocar en un tiempo amargo y difícil en el que todos y, España con todos, nos quedemos sin protección policial y sin seguridad ni garantías jurídicas, cuando el Estado español sea entregado a los independentismos y el presidente que fuera Sánchez sólo sirva para trasladarnos muertos de un sitio a otro y uno de sus ministros tenga la desfachatez de explicar nuestros horrores diarios como un situación de normalidad.




1 Comment

  1. Curro dice:

    Extraordinario artículo

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