Los españoles en general y los andaluces en particular somos muy generosos a la hora de disculpar la corrupción siempre y cuando el que meta la mano en el cajón no sea del Partido Popular. La familia Pujol, que ha esquilmado sin contemplaciones las arcas catalanas poniendo en marcha el proceso separatista que hoy sufrimos como eficaz cortina de humo, campa por sus respetos sin que nadie ose molestarlos. Antes al contrario, el patriarca continúa participando en algunos actos públicos donde es aplaudido a brazo partir. Mientras los Pujol parecen disfrutar de una cierta impunidad mediática, judicial y social, en las televisiones resulta complicado por no decir imposible seguir el juicio de los ERE, el mayor caso de corrupción cometido en España por una administración pública. La noticia, de gran calado, no interesa. Se comprende, como periodistas que somos, que los medios busquen algún elemento que llame la atención, que se salga de lo normal, para intentar captar la atención de los ciudadanos; por eso resulta especialmente sospechoso que ningún medio de comunicación de alcance nacional se haya interesado por la tarjeta black de la Junta utilizada por el gerente de un chiringuito de colocación de afines, en un conocido puticlub sevillano. Los partidos políticos y los medios de comunicación nacionales no ven nada noticiable que el gerente de una fundación de la Junta haya gastado, según la Guardia Civil, algo más de 14.000 euros en un local de la capital andaluza donde mujeres venden su cuerpo al mejor postor. Aquí, en Andalucía, con dinero público, y según declaraciones de los propios protagonistas, se ha gastado dinero público en cocaína, en alcohol,  locales de alterne, puticlubs y fiestas. El cóctel perfecto para un escándalo político y mediático. Sin embargo, se abren los periódicos, se enciende la radio o se ve la televisión, y de lo único que se habla es de la nueva víctima al que se le ha puesto la diana en la frente: Pablo Casado. Se sospecha sobre su currículum y sobre su carrera. Es lo que está de moda. Sospechar del currículum de los políticos, pero, al modo español, siempre y cuando sea del Partido Popular, asunto que debe generar muchos puntos de audiencia en los medios en detrimento de otros casos infinitamente más llamativos. El círculo de políticos de trayectoria académica sospechosa se limita, además, a los del PP de Madrid, un nido de víboras que se han dedicado, además de robar, a acumular munición para destruirse unos a otros, con la complicidad de muchos medios de comunicación y de una sociedad que condena la corrupción de unos y perdona la de otros.