Es normal que llame la atención, y disguste a los sevillanos, ver las calles y plazas del centro de Sevilla, cada fin de semana, repleta de personas, no tan jóvenes como se describen en algunos medios, haciendo literalmente el payaso ataviados de la manera más vergonzosa posible, “disfrutando” de las modernas despedidas de soltero que, por otra parte, de siempre se han celebrado en Sevilla.  La diferencia entre lo que ocurría antes y ahora es, simplemente, la influencia de Hollywood. Demasiadas películas. Ahora, la moda es vergonzante para el que la celebra y para el que la observa. Mujeres por las calles del centro con penes de plástico en la cabeza, hombres disfrazados de flamencas megáfono en mano… y alcohol, mucho alcohol. Se trata de una reproducción cutre de lo que ya hemos visto en películas norteamericanas de cierto éxito. Al margen de las odiosas despedidas de soltero, no se puede negar que existe un cierto turismo de calzona y chancla, de la misma manera que existen sevillanos que se pasean por las calles de semejante guisa. Si, sevillanos que además defienden en redes sociales su derecho a vestir de esa manera. Siendo cierto todo lo que tanto se critica últimamente relacionado con el turismo de bajo coste, no lo es menos los datos que sobre otro tipo de turismo acabamos de conocer. El turismo de congresos, por ejemplo, dejó el año pasado en Sevilla casi 200 millones de euros. No es una cifra menor. Cada congresista gasta una media de 400 euros al día en la ciudad. Eso no es turismo de bajo coste como no lo es tampoco el turismo de cruceros. Algunos fines de semana recientes, hemos visto hasta 3.000 cruceristas por las calles de la ciudad. Turismo de calidad. Y es que Sevilla es mucha Sevilla, un imán para todo tipo de turistas y de presupuesto. En turismo, como en cocina, hay de todo, desde el de alto standing hasta la despedida de garrafón. Las autoridades municipales tienen en sus manos normativas suficientes de las que hacer uso para impedir el espectáculo que algunas despedidas de solteros ofrecen cada fin de semana e incluso acabar con las más obscenas e indecorosas, muchas de las cuales atentan contra la sexualidad. Es cuestión de voluntad política.