Cuando alguien se despide a través de un carta como la que, dirigida a los andaluces, ha tenido el valor de escribir Susana Díaz, por su mismo contenido de absoluta ceguera política, está justificando precisamente que lo mejor que le ha pasado a Andalucía es que haya dejado de ser quien la presida desde la Junta. El auténtico y más predominante rasgo del mal carácter público de Susana Díaz se ha revelado finalmente a través de la rabieta y la soberbia demostrada, sin atisbo de una mínima corrección y cordura, desde que el 2 de diciembre vislumbrara  su recortado horizonte de oposición. Tanto que hasta gran parte del socialismo considera su ocaso absolutamente imprescindible para la esperanza en un PSOE revitalizado y devuelto a sus mejores momentos electorales. Incluso Pedro Sánchez -al que no en vano le debe una abultada cuantía en la cuota de su fracaso- ha sido tan astuto como para no impulsar directamente su desaparición, ni tampoco censurarle su discurso de total invidencia para apreciar mejores estrategias que su estribillo cansino contra la derecha. Al contrario, Sánchez canta lo mismo, como si coreara el infantilismo político de Susana Díaz. Así no tendrá que quitar del partido a quien detesta notoriamente  -por más fotos que se hayan hecho juntos-, pues sabe que se caerá sola.


Y por último, la inmadurez política de Susana Díaz la ha llevado hasta ser capaz de que creer que la democracia puede contener líneas que animen al combate y a la beligerancia, palabras de un alto contenido explosivo social, que rebasan en estos momentos nacionales  -no sólo andaluces- una grave tensión a resolver con ánimos muy convenientes de paz y concordia. Pero Susana Díaz, en el colmo de su mencionado infantilismo político, es la niña que tira la piedra y esconde la mano. Es como el Torra andaluz que instiga a las “movilizaciones”. El resto de su texto, y salvando las distancias con Cervantes, es un quijotesco concepto de la Andalucía llena de carencias y múltiples problemas que ella ni supo ni quiso resolver. Cree tener ante sus ojos honradez donde hubo corrupción; transparencia en lugar de clientelismo; eficacia en vez de hipertrofia de altos cargos… Perdiendo por completo la percepción de la realidad, contando de Andalucía lo mismo que de un viaje a Disney, llevada de un despliegue de fantasía inconcebible para quien debe de afrontar más que nadie la cruda realidad de los andaluces, desposeyendo de ese gentilicio a los miles que no piensan como ella, es bueno para Andalucía que Susana Díaz haya sido arrancada de un papel engreído que se adjudica como si fuera el Hércules inamovible y fijo del escudo. Con una travesura en las palabras, y rememorando uno de sus abusos tributarios, podría decirse que ha terminado pagando el impuesto de la sucesión de Juanma Moreno.

Carta de Susana Díaz:


CARTA A LAS ANDALUZAS Y LOS ANDALUCES