La difícil medida de la religiosidad popular

Los comentarios sobreabundan sobre lo liviano y escasean sobre lo profundo. Buen ejemplo es la atención prestada a la reflexión del Arzobispo de Sevilla sobre la necesidad de meditar sobre el amplísimo número de representaciones que asisten a la procesión del Corpus Christi. Apenas nada, en cambio, se ha hablado de su llamada a recuperar la genuflexión ante el Santísimo, algo que a la mayoría de los ciudadanos suena más a nuevo ejercicio en el ‘gym’ que al respetuoso saludo al cuerpo de Cristo.

Este fin de semana Sevilla vivirá la ‘segunda vuelta’ del Corpus; el de Triana, el de la Magdalena y muchos otros entorno a numerosas Parroquias. Sin duda hay una diferencia entre la procesión ‘magna’ del jueves y las del domingo. La primera es la ciudad en orden y sirve tanto para exhibir abolengo y cristiandad histórica de la Ciudad como para el pavoneo del vocal segundo del colegio profesional de turno cuya notoriedad social alcanza el sumun ese día. En el Corpus de los barrios la distorsión del exhibicionismo está casi descontada. Van los que van pero hay mucho trabajo detrás. No nos referimos al habitual de priostes y demás arquitectos de lo efímero. Van horas de catequesis repartidas en tres años entre pecho y espalda de cada novia de comunión o almirante de condecoraciones infantiles. Es posible que estos niños que hicieron la comunión en mayo sólo la repitan el día del Corpus del barrio, luego nada más. Pero eso ya no está en manos de las Parroquias sevillanas.

El Arzobispo de Sevilla dijo con acierto pocos años después de ocupar la sede Hispalense que las hermandades –la religiosidad popular- eran el último bastión contra la laicidad. Es cierto, cuando todo se olvida, siempre te queda una estampa desvaída que aparece cuando el más apartado de todos los altares tiene que tomar una decisión a blanco o negro. La estampa es una punzada en lo que aún queda de conciencia, de humanismo cristiano en la persona que tiene que decir si entra o no en el abortorio o si despide o deja en plantilla a una madre de familia.

Ponerle métrica a la religiosidad popular tiene un sentido logístico. También tiene mucho de bueno frente al pavoneo de los que la procesión importa infinitamente menos que el color de su corbata. Pero también es un momento de reivindicación de tradiciones en una Europa y una España que doblegadas por los complejos, no se atreven a mirarse a un espejo por miedo a que las llamen narcisistas los que cubren el rostro de las mujeres.




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