La corresponsabilidad del Partido Popular

Resulta imposible sumarse a la artificiosa euforia de la portavoz del Gobierno comunicando ayer, tras la reunión virtual de Sánchez y Casado, el acuerdo entre ambos para llevar a cabo un  pacto de reconstrucción. Ni siquiera Casado se supondrá que se ha llevado entre las manos todo lo que Sánchez le haya dicho que se lleva. No se habrá levantado de la mesa mínimamente abandonado a la confianza en la palabra de un hombre que no la tiene. Sánchez no es sólo un embustero compulsivo, sino un inestable por naturaleza, con más giros que una veleta y traidor e infiel hasta consigo mismo. Y, por supuesto, siempre con una bomba de relojería a punto de estallar en medio de cualquier pronóstico: una ilimitada ambición de poder.

Pero todo eso, con ser mucho, no deja ya a estas alturas de la crisis sanitaria exento de responsabilidad en su gestión al Partido Popular. El país está confinado, pero no incomunicado. Las redes registran en estos últimos días un alto porcentaje de mensajes de quienes se identifican como electores del Partido Popular, pero expresándose sin embargo en desacuerdo con el papel que está desempeñando la formación a la que votaron, porque la actitud de Pablo Casado ante el presidente Sánchez les está pareciendo cómoda. Acusan a Casado, e incluso al secretario general, Teodoro García Egea, de blandos que no saben defender a los españoles con una energía verdaderamente eficaz. Así que empieza a sentirse por miles de personas un traslado de la responsabilidad que si inicialmente recaía en el Gobierno, ahora la achacan al colaboracionismo incondicional del Partido Popular apoyando a ciegas las prórrogas gubernamentales del estado de alarma. Porque visto lo visto en más de un mes de secuestro de la democracia por el socialcomunismo, el Partido Popular está demostrando una generosidad tal con un confinamiento presuntamente inconstitucional  -limitador de una libre circulación de los ciudadanos, más propio del estado de excepción-,  que traza unos límites bastante desdibujados entre la connivencia y la complicidad.

Casado y García Egea comienzan a resultar, lo mismo que Moreno en Andalucía, políticos incomprensibles para sus votantes y, peor aún, incongruentes. Son políticos de protestas, pero no de gestas. Da la impresión de que se esforzaran continuamente en una tarea meramente interpretativa, pero saltando para muchos a la vista  que simplemente  consiste en un rosario de lloriqueos diarios, incapaces de enfrentar la situación peligrosa -sanitaria, política y económica- en la que el Gobierno ha cercado a los españoles.

No se entiende que simultáneamente el Partido Popular tenga versatilidad en abundancia para apoyar las prórrogas  -auténticos saltos de Casado en el vacío  y el país detrás de él-, mientras se lamenta de que las prórrogas  (hasta la que se le pedirá mañana miércoles)  se deciden sin consultarle.

No se entiende que el Partido Popular vaya de bueno con un Gobierno, cuando García Egea afirma que es “un Gobierno roto”. ¿Qué hacen entonces, corroborar las durísimas medidas de confinamiento que propone un ente quebrado y sin solidez para un momento trascendental? ¿Qué hacen otorgando el salvoconducto de más atentados a la Constitución, si también ha dicho García Egea que España es “el país con medidas de confinamiento más drásticas y resultados peores” abordando la pandemia. Si Casado afirma que a Sánchez no lo creen ya ni sus ministros, ¿porqué lo está creyendo él cada vez que le propone-impone una nueva prórroga del estado de alarma que está pulverizando al nivel de escombros la economía del país?

El Partido Popular ya no es para la mayoría de la opinión pública el inocente de esta dramática historia que se mueve a dos bandas de peligro: el sanitario y el que corre la democracia española. De tantas preguntas como se están haciendo sus votantes y el conjunto de los ciudadanos, el Partido Popular ha de ofrecer respuestas. Con hechos. Ya.




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