Cualquiera que se asome a la actualidad de la ciudad a través del escaparate de sus medios de comunicación podría llegar a la conclusión de que a los sevillanos, lo que nos interesa, lo que realmente interesa, es la Semana Santa. Y poco más. Así, desde el pasado verano, encontramos un día sí y el otro también, grandes titulares en los medios de comunicación sobre la reordenación del Martes Santo y, en fechas más recientes, los cambios en los itinerarios de las cofradías de la Madrugá. Sevilla es la ciudad de la desmedida y una buena prueba de ello es su propia Semana Santa que se prolonga a lo largo y ancho del calendario, todos los días y a todas horas. Prensa, radio, televisión, internet y redes sociales.


El interés por la información cofrade es innegable, pues la ciudad se articula preferentemente a través de sus hermandades, y toda información que genere las corporaciones se “consume” con fruición por los cofrades, especialmente por los más jóvenes. Si el mismo esfuerzo que dedicamos los periodistas en ofrecer información sobre nuestras cofradías, generar debates y opinión al respecto, y si los sevillanos dedicaran el mismo interés en preocuparse de otras cuestiones, quizás mas trascendentales como el estado ruinoso en el que se encuentran al menos cuatro conventos de clausura de Sevilla, auténticas joyas arquitectónicas y monumentales del patrimonio de la ciudad, otro gallo nos cantaría. Recientemente, este diario digital de nueva creación, ha desvelado la situación del convento de Santa Inés, el episodio de la sanción a las monjas clarisas por la restauración del órgano y los reiterados incumplimientos de la Junta para con este Bien de Interés Cultural. Un “ruido mediático” que ha movilizado a la sociedad sevillana y forzado a las autoridades, incluida la eclesiástica, a buscar soluciones. Todos, medios de comunicación y opinión pública, la denominada sociedad civil, debemos ampliar nuestras miras y fomentar el debate sobre lo que de verdad debería importar. Lamentablemente, la sensación es que, cada día que pasa, más nos enrocamos en lo de siempre. En debates aparentemente muy trascendentes pero que son, nos guste o no, intrascendentes.