Estado de locos y toque de quéo 

Mientras que el ex presidente del Gobierno español Felipe González ha afirmado que el estado de alarma no puede delegarse en las comunidades autónomas, la de Andalucía ya ha tomado la decisión de cerrarse perimetralmente al resto de España, con los casos añadidos de las provincias de Sevilla, Granada y Jaén para dejarlas encapsuladas; y Sevilla en concreto, con sus municipios blindados. 

La determinación de la Junta de Andalucía se toma, una vez más y en otro ámbito territorial español, de acuerdo con el asesoramiento de un comité de expertos sin identificar, pero sin embargo suficiente en su invisibilidad pública para decidir sobre la vida de millones de personas, al tiempo que científicos de renombre con cara y rostros al descubierto declaran que no hay experiencias ni evidencias que demuestren la eficacia del toque de queda para combatir y derrocar al coronavirus. 

La sociedad está indignada frente a los políticos, los peores para las peores circunstancias, y auténticos autores de disparates y antojos que lo único que a todas luces están consiguiendo es arruinar negocios de todo tipo  -con el centro de gravedad en la hostelería y en el turismo- y, por ende, la vida de miles de personas desesperadas que soportan las terribles consecuencias de sus medidas.

Y ahora Andalucía, con el presidente de la Junta y su gabinete entregados como por inercia a los mecanismos socialcomunistas de Pedro Sánchez, habiendo sido incapaz Moreno Bonilla de ponerse a la altura de las angustias de los hosteleros, a los que regala una hora de cierre sólo 30 minutos después de las descabelladas imposiciones generales del Gobierno central.

A estas alturas se va fortaleciendo en la conciencia de la ejemplar y dócil ciudadanía que la clase política española  -también con muchas y parecidas resonancias internacionales-  está compuesta de lamentables hombres comunes y corrientes, sin carisma ni madera de estadistas, que no tienen ni idea de lo que hacer, que oscilan entre las decisiones más opuestas, que dan palos de ciego probando por si en un golpe de suerte atinan con la solución.

Es indiscutible que el enemigo común a todos es un virus mortífero de largo alcance, peor que un misil. Pero también es verdad que los ineptos y desorientados políticos están generando un ambiente de tensión social muy peligroso, acercándose cada vez más al símil de la gota que colma el vaso, con cientos de manifestaciones violentas a diario en contra del estado de alarma y del toque de queda, con acciones colectivas que lindan ya con lo que es una rebelión. 

Y, por si fuera poco, en Moncloa habita un ambicioso enfermo de poder que pretende alargar este temerario régimen de vulneración de derechos fundamentales nada menos que hasta el mes de mayo. Es un quéo que no se sabe hasta cuándo y cómo los españoles serán capaces de aguantar. Es como una broma macabra sobre el destino económico y la subsistencia de millones de españoles, los que contemplarán al tiempo que se destruyan sus vidas cómo un presidente totalitario se da cobertura de apariencia legal para no ser controlado ni por el Congreso ni por los jueces. Esto no es más, otra vez en la historia, que un terrorífico elogio de la locura que, de seguir implantado, acabará siendo el pánico de todo un país.




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