El “Partido Popular socialcomunista”

Se percibe en las redes sociales, lugar de concentración y manifestación de la opinión pública a salvo del confinamiento, que el Partido Popular pierde por días su credibilidad y status como oposición.

Casado como presidente de la formación o García Egea en calidad de su portavoz, han dado ya demasiadas muestras indisimulables de haber distribuido para el Partido Popular en la crisis del coronavirus la zona más cómoda desde la que combatir políticamente la pandemia y, desde luego, el territorio fácil que no parecen admitir sus electores: protestar y crisparse con un Gobierno al que tienen por roto, pero al que tratan finalmente con la consideración de que fuera un bloque sólido que trabaje en estos momentos por el bien de España. Y como ayer vino a decir el gran comunicador Carlos Herrera, por España, la que hemos de encontrarnos cuando regresemos a las calles; España,  no Venezuela o cualquier otro país de la órbita comunista.

Si se está corriendo ese peligro es porque el Partido Popular lo aumenta y extiende en las posibilidades de darse cada vez que, como hoy, vuelve a apoyar a un insensato del poder como Sánchez, permitiéndole otra prórroga  -la tercera-  de un estado de alarma decretado y desarrollado normativamente con muchas dudas sobre su constitucionalidad, un estado de alarma que presuntamente está rebasando con amplitud la línea divisoria señalada en la Constitución para los supuestos de un estado de excepción. Y es el Partido Popular, solo ya en cuantía significativa de escaños junto al Partido Socialista  -más del comunismo que de los obreros de sus siglas-, el que está sirviendo los auténticos márgenes de quincenas del pavor que sienten millones de españoles confinados, verdaderamente intranquilos con la vida que van a encontrarse cuando se les permita salir de sus casas.

El Partido Popular y su presidente, el bienintencionado pero equivocado Casado, están ignorando que ni para el hipotético breve rato de tomar unas cañas, o para la real, escueta y ridícula hora que se dieron para tratar nada menos que los trascendentales asuntos de Estado de estos momentos gravísimos, se puede hacer “amigos” con los enemigos de España. Sánchez y Casado están interpretando los papeles menos ajustados y convenientes para esta hora crucial de la nación. Sánchez, un ambicioso dictador camuflado en tatuajes de democracia. Pero Casado parece tenerse a sí mismo por un mesías venido a redimirnos para dividir nuestra historia en un antes y después de él.

Hoy se ha enfadado mucho  -su estado natural parlamentario-, pero una vez más se ha plegado a la aprobación de otra peligrosa prórroga maquillada de dulces y complacientes “exigencias”. De Oscar… o de Goya.

Se le supone contento al haberle escuchado a Sánchez que “la nueva prórroga nos permitirá adentrarnos en esa nueva fase”. ¿En qué fase? Sánchez nunca aventura concreciones y, si lo hace, es experto en saltárselas a piola. ¿Qué nueva fase, la que le haga avanzar todavía más destruyendo vidas, falseando número de muertos, pagando millonariamente materiales desperfectos, devolviendo compras sanitarias inútiles, haciendo sufrir a familiares que no pueden despedirse de quienes fallecen en la más terrible soledad? ¿Qué fase, para que muchos sigan sin dar con el paradero de sus muertos, para usar a la Guardia Civil a favor de toda censura que prohíbe la Constitución, para sobornar el silencio y el beneplácito de los medios de comunicación, para geolocalizar nuestras privadas ubicaciones, para llamarle renta mínima vital a las nuevas cartillas de racionamiento? ¿De qué fase se trata ahora, qué pérdida de libertades constitucionales y secuestros individuales se avecinan, qué intervencionismo estatal se acerca, a cuántos imprescindibles empresarios se va a criminalizar?

Tantas y más preguntas se dirigían hasta ahora a la responsabilidad del Gobierno, pero para gran parte de la ciudadanía que cuestiona diariamente en las redes el Partido Popular ya es copartícipe de las culpas. Su metamorfosis está a la vista. Sus adeptos hasta hoy no dan crédito sobre su extraña e imprevista conversión. Y no son pocos los que recuerdan aquella sangría de votos que causó un estafador electoral llamado Mariano Rajoy.

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