Quienes tanto abogan verbalmente  -que no de hecho-  por la democracia, está claro que están actuando fuera de ella: PSOE y Podemos no reprimen públicamente su enojo con los resultados electorales, los propios y los ajenos. Esto no es de recibo ni tiene nada que ver con las coberturas legítimas de los políticos; porque la elegancia para saber perder, que debiera ser parte del ADN de un demócrata, ha quedado evidente que no es una virtud al alcance de Susana Díaz ni de Pablo Iglesias, por no pasar una lista como si fuera la de un colegio.

Respecto a Susana Díaz, llegado el caso de su mayúscula derrota, toda su simpatía, sonrisas y amabilidades de campaña se han revelado como el puro disfraz que escondía un auténtico fuero interno falto de clase y categoría, un pataleo impresentable y patético a la hora de su hundimiento y el del PSOE-A. Su rostro enajenado y su discurso encolerizado  -y hasta asustado en el callejón sin salida de la dimisión que se presume va a pedirle su partido-, es la otra cara de haber podido optar por la dignidad y el buen estilo para afrontar su fracaso. Sin embargo, en su comparecencia a pie de escrutinios tan adversos, su único y pobre recurso ha sido intentar acomplejar al Partido Popular y a Ciudadanos en la posibilidad de pactar con Vox, a quien define como extrema derecha sólo porque dista enormemente de sus demagogias y falacias  -como la Ley de Violencia de Género-. Sin argumentos ni análisis sobre su nefasta gestión, sólo se dedicó, hueca y vacía una vez más, a insistir sobre la amenaza de Vox con la misma persistencia de un machacón estribillo de canción veraniega.


Pablo Iglesias, líder  -si es que lo suyo pudiera llamarse ya liderazgo-  de una formación que se apaga paulatinamente como una vela, porque dilapida confianzas y esperanzas con un chalet humilde y escueto de 600.000 euros, ha visto en el cabreo indisimulable de Susana Díaz, cargado de improperios, la ocasión de su protagonismo cuando ya apenas protagoniza nada. Y ha empezado a azuzar a las masas más fácilmente manipulables para movilizarse en contra de la ultraderecha, como a Podemos le ha venido en gana llamar a Vox con la colaboración de su oportuna cooperadora Susana Díaz.

Las manifestaciones de ayer, en Sevilla, Málaga y Granada  (sin autorizaciones legales, convocadas por redes sociales), además de aquellas que se anuncian como próximas y escalonadas, entrañan un gravísimo peligro para la ciudadanía, que corre el riesgo de verse involucrada en las calles por la violencia y agresiones de un gentío borreguil, bien dirigido para manejar a su antojo y temeraria inspiración lo que a cada paso le vaya pareciendo lo que es fascismo y ultraderecha, como ayer sucedió en Sevilla en la capilla universitaria, de la que quienes en aquellos momentos se encontraban dentro tuvieron que salir escoltados.

Pablo Iglesias ha encontrado en Vox el filón que le hacía falta para adiestrar al estilo comunista, de marca venezolana, a cientos de ignorantes que no saben respetar, como Maduro, lo que son Elecciones limpias y verdaderamente democráticas. Porque Vox no va a entrar en el Parlamento andaluz con un golpe de estado, ni empuñando un arma como Tejero. Vox va a ocupar sus doce escaños por la puerta grande de unas Elecciones autonómicas, las de Andalucía, con más de cuatrocientas mil votos no dejan lugar a dudas de su legitimidad. Los trucos y coartadas de la extrema izquierda que es Podemos, están históricamente muy vistos. Los tics del comunismo no tienen secretos.

Por último, también resulta de una gravísima consideración que el portavoz del Gobierno andaluz, Juan Carlos Blanco, haya tenido que retractarse de sus declaraciones equiparando la legitimidad de los resultados electorales y las manifestaciones contra Vox  -no autorizadas siquiera-. Justificarse a sí mismo en un error de improvisación, implica señalarse simultáneamente como un incompetente para valorar lo que es legal y lo que no.