Dimisión de Rocío Ruiz

Si la consejera Rocío Ruiz no dimite, al menos Ciudadanos debe ser consciente de que instala en su marca política una auténtica bomba de relojería que habrá de estallarle, cronometrada con precisión, en las próximas Elecciones municipales de mayo, con repercusión en toda Andalucía en general y en Sevilla en particular. Esa explosión incluso podría alcanzarle al Partido Popular, después de que el presidente de la Junta, Juan Manuel Moreno, en un gobierno que está cogido con alfileres, empiece sus estrenos  -asistiendo a Fitur-  quitándole hierro al asunto. Ya empezamos mal. Ya empezamos a oler a más de lo mismo en políticos, a cubrirse unos a otros los errores en virtud de los acuerdos.

La democracia de estos últimos tiempos guarda memoria de todo, perdona pero no olvida, la devuelve. Eso debería saberlo mejor que nadie el Partido Popular, que intenta sin lograrlo la regeneración de un partido hecho trizas desde la estafa electoral de Rajoy. Y, por supuesto, le convendría saberlo a Ciudadanos, más altivo de lo que le corresponde, como si se sintiera la formación más decente del mundo.

Pues de eso nada: ya se ha descubierto que pasa a engrosar su manchado expediente de aliado con el PSOE el haber elegido como consejera de Igualdad y etcétera a Rocío Ruiz, desenmascarada ayer por algo tan simple como acudir a las hemerotecas y pillarla en sus ideas sobre la Semana Santa: Desfiles de la vanidad y rancio populismo cultural/ una exitosa puesta en escena turística y una penosa demostración de la necesidad que tiene la gente de pan y circo. Hay más perlas de la capacidad intelectual de la consejera. Pero no merece la pena citarlas. Han sido bastante para que por las redes se extienda un indignado clamor popular pidiendo su inmediata dimisión.

A la consejera, ya metida en años, se le supone hace cinco en la conquista de una mínima formación pública  -pues se trataba de letra impresa en un periódico de Huelva-  para haber sabido distinguir meridianamente entre opinión y definición. Cada cual puede sentir a su modo algo tan personal como las creencias o increencias religiosas. Es legítimo. Pero es reprobable ofender con saña de párrafos, uno detrás de otro, a quienes profesan la fe de otra forma distinta a la suya. Y en este caso, tratándose de la fe profesada por la gran mayoría de los andaluces, a lo largo de pueblos y ciudades de nuestra Comunidad.

Si Rocío Ruiz llegó a malinterpretar tan gravemente a las procesiones de Semana Santa, si resulta haber sido revelada como alguien que deforma a la Semana Mayor hasta los extremos de despotricar con sus detestables términos contra la más genuina forma de piedad andaluza, ¿quién obliga ahora a la ciudadanía a esperar que Rocío Ruiz conozca, sin ir más lejos de su Consejería, el profundo y trascendente significado de lo que es igualdad. Y no digamos conciliación, otro de los rimbombantes títulos de la nueva y abultada Consejería.

Se puede evolucionar mentalmente en la vida. Y hasta se debe. Como alguien afirmó, a partir de los cincuenta años aquel que no ha cambiado una sola de sus ideas puede ser por dos cosas: o porque es idiota o porque no tenía ideas. Pero lo que corresponde al individuo, no le pertenece al político que se limita, como Rocío Ruiz, a justificar que donde dijo digo, dice ahora Diego. Debe dimitir, seguir el ejemplo de quienes lo hicieron como ministros recién nombrados del actual Gobierno de Pedro Sánchez. El perdón y el más sincero arrepentimiento que se pide en democracia es la dimisión.

La democracia, hoy más que nunca, tiene memoria. Un periódico independiente como este estará además al tanto de refrescarla en el caso de la consejera, de Ciudadanos y del capote en Fitur del presidente de la Junta. La democracia no tiene ya en España  -ni en Andalucía, ni en Sevilla en concreto-  el despiste de confundir, como Rocío Ruiz, Consejo de Ministros y Consejo de Gobierno. ¿Fue quizás una mala jugada de un supuesto fuero interno de tribuna, escaparate, hoguera de las vanidades?



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