De tumba a tumba

La democracia, que tiene tantos defectos y no es más  que el mejor de los mundos posibles, esconde sin embargo una virtud con la que aguarda por sorpresa: y es que espera a los políticos por las esquinas y les pasa factura. La democracia, más tarde o más temprano, siempre acaba ajustando las cuentas.

Los resultados electorales han cobrado lo suyo a Pedro Sánchez. De Albert Rivera, para qué hablar si lo que lleva ya son los bolsillos vacíos, con apenas la calderilla de una decena de diputados. Pero Sánchez tiene en serio entredicho su liderazgo (el que tantos socialistas relevantes rechazaron desde el principio), y lo que es peor  -lo más preocupante-, su más que discutible idoneidad para permanecer optando, con un empeño suicida, a la presidencia del Gobierno.

Las Elecciones sólo le han servido de reválida con un suficiente bajo. Y si los próximos días traerán la consiguiente interpretación de unos y otros sobre los datos obtenidos por cada partido, dos cosas están ya claras antes de que los políticos elijan meticulosamente las palabras más triunfalistas para sus indisimulables fracasos:

La primera revelación es que el gran ganador ha sido Santiago Abascal. Vox va imparable. Los españoles han manifestado no una nostalgia del franquismo, sino que les resulta imprescindible vivir con autoridad. Con Vox se va derrumbando la estúpida y absurda época del buenismo, esa por la que la vida se volvió del revés: los delincuentes están absueltos y los inocentes sin derechos y sin defensión, sin seguridad jurídica en un sistema judicial vergonzoso.

Y la segunda revelación es que, como se preveía, la exhumación de los restos de Franco fue un cinismo más de los de Pedro Sánchez disfrazando su odio y venganza de reconciliación entre españoles. Una arrogancia imperdonable que, por eso mismo, no ha sido perdonada. Una muestra más de su egocentrismo, incapaz de reconocerle los méritos a la Transición española. Sánchez está invadido de una ambición política sin límites. Y es un narcisista que cree que la Tierra gira alrededor de él, no del sol, como todos sabemos (todos menos él). De tanto remover en la tumba de Franco, ha empezado a cavar la suya. No es precisamente el político que necesite el socialismo. Como tampoco lo era en Andalucía Susana Díaz.

A día de hoy, con los votos definitivos en las urnas, al PSOE se le ha caído de los escaños la torpe estrategia del miedo acerca de que VOX es la extrema derecha. El único miedo, por no decir terror, lo ha causado Pedro Sánchez en Cataluña, extendiendo al resto de España el pánico de presagiar que en sus calles pueda suceder lo que por la televisión han visto que ocurría “con normalidad” en Barcelona o en Gerona. Se puede decir con tranquilidad, a tenor de la obtención de más de cincuenta diputados y más de tres millones de votos obtenidos por VOX, que el gran extremismo ha quedado al descubierto en la izquierda, y que está protagonizado por un  político temerario llamado Pedro Sánchez, con sus cómplices en la temeridad, que debería abandonar tantas ambiciones personales que en nada coinciden con las ambiciones de paz, libertad y protección de los españoles.




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