Un angelote más para el coro celestial: adiós al bueno de Tomás Aspiazu

Muchos espectadores de ocasión en medio mundo tuvieron que pellizcarse la cara para salir del asombro que les produjo ver a Pavarotti con una guitarra encariñada a su inmenso corpachón en el abrazo de arrancarse por rumbas, sevillanas y fandangos. No era Pavarotti, claro, sino el bueno de Tomás Aspiazu, cuyo parecido físico con el tenor italiano lograba confundir a los menos avisados, sobre todo cuando su presencia rotunda se constataba en un escenario rodeado de personajes a la altura del tenor, desde Frank Sinatra a los Rockefeller.

Aspiazu sonreía como Pavarotti, sudaba como Pavarotti, se entregaba a sus interpretaciones como él, pero de su garganta salían notas aflamencadas o dulces baladas teñidas de un perfume emocionado que olía a Raphael.

Era de El Arenal de los toreros, no de Módena, tierra de ese vinagre dulzón que nos inunda en la nueva gastronomía y quizá pudo haber aprendido el bel canto, porque poseía un torrente de voz poderosa que dedicó a embellecer las noches estrelladas en el Rocío o en las fiestas fulgurantes de los veranos de la Marbella de Kashogui y el Pub de Menchu.

Nati Abascal, la ex modelo que fue duquesa de Feria consorte y ex actriz con Woody Allen en “Bananas”, le introdujo en los jardines selectos de esas fiestas de relumbrón y bronceados caros después de grabar su primer disco, a mediados de los 80, en pleno boom de las sevillanas, y a partir de entonces viajó por salones presidenciales y recintos privados de la alta alcurnia al otro lado del charco.

Su amplia humanidad y su evidente similitud física con el tenor le hacían de carta de presentación en cualquier entorno hasta el punto de tener que firmar autógrafos como si acabara de interpretar “La Traviata”, pero era además un tipo generoso y entregado a una pasión solidaria con la gente de su tierra que le hacía acudir de forma desprendida a cualquier reclamo benéfico, doblemente feliz si la ocasión estaba vinculada a la Hermandad del Baratillo o al Real Betis Balompié.
Adoraba cantar despacio y con pellizco, con pasión y entrega, todos aquellos cantes de esta tierra que le adormilaban los rigores de un vuelo en un asiento estrecho en el que trataba de ajustar su humanidad para acudir al rancho-prisión que se hizo construir el multimillonario narcotraficante colombiano Pablo Escobar cuando aún dudaba entre hacerse diputado o comprarse la deuda pública completa de su propio país.

Cuentan que en una ocasión le cedió el escenario a Frank Sinatra porque, tal vez, al escuchar a Aspiazu, al maestro de Nueva Jersey le entró el gusanillo de cantar. Sólo con eso se habrían sentido satisfechos y habrían justificado su carrera varios coros de ángeles celestiales, a los cuales se unirá ahora el bueno de Tomás para componerles fandangos, baladas y sevillanas lentas acompañándose de su amigo Rafael González Serna. Descansa en paz.




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