SevillaInfo ofrece en exclusiva dos fragmentos de “Los Dioses han muerto”, la nueva novela de J. Félix Machuca

 

Capítulo I
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Gades. 5
Añoso y perjudicado por la tiranía del tiempo, renqueante de una pierna y con dificultades respiratorias, Cara Pescao mantenía aún muy joven aquel espíritu impulsor que, durante su vida, le había llevado de la esclavitud a la libertad y de no tener nada a poseer un patrimonio incalculable. Junto a su inseparable Crátero, el griego esclavo que alguna vez soñó con regresar a su tierra, contemplaba desde el puerto gaditano la nave en la que iba a emprender una de sus aventuras más arriesgadas. Apoyado sobre el hombro del griego valoraba el barco que en pocos días iba a zarpar hacia las costas africanas occidentales, en busca del oro de los negros. Esa fue siempre su receta para combatir los vientos desfavorables del turbulento mar económico de Roma. Replicarle a los malos tiempos con apuestas épicas, dignas de que algún poeta las cantara. Aunque Marco Antonio Pyrgos también estaba cargado de años, seguía manteniendo fresca su pluma y su imaginación. También su lealtad y servicio a las iniciativas de su patrón, Cara Pescao. Antes de que la nave zarpara de Gades y regresara repleta del oro de las minas africanas, ya había empezado a glosar la aventura para que, como el periplo de Hannón, el mundo no perdiera la memoria de una hazaña tan digna de héroes. El viaje atlántico del cartaginés se había conservado escrito sobre un bronce en el templo de Baal Hammón de Cartago. Hasta que Escipión lo destruyó tras el saco al que sometió a la ciudad púnica. El que ya empezaba a escribir Marco Antonio Pyrgos llegaría hasta la biblioteca Hadrianea de Atenas y a la de Alejandría, dándole a su firma el reconocimiento internacional que siempre había creído merecer.
El barco fue bautizado con el nombre de “La estrella de oro”. No era el típico caballito que con tanta destreza se fabricaban en los astilleros gadiritas y que, con su buen navegar, había servido para que los marineros que bogaron el Oceanus gaditanus, alcanzaran islas tan alejadas como las Canarias, las Azores y Madeiras. El barco era un mercante con sitio suficiente para una expedición que necesitaba marineros y guerreros, bodega para el agua y la comida y, un lugar especial, reservado de las influencias del clima, para la mercancía más importante: la sal. La sal que se había extraído de las salinas gaditanas y que, según comentaban los marineros que habían navegado mas al sur de las costas saharianas, era muy estimada por los habitantes de aquellos lejanos países, donde el calor pudría carne y pescados, si no estaban en salazón. La nave era bonita, el ánimo de los marineros grande y el mar un manto azul digno de una reina india.
-Lo veo todo en orden, dijo Cara Pescao a Crátero.
-Lo está, patrón. Lo está.
-¿Se han hecho las ofrendas debidas en el templo de Hércules?
-Sin escatimar un sestercio.
-¿Y Asdrúbal? ¿Listo para viajar hasta Lixus, (Larache)?
-Lo está. El sabio sacerdote del templo nos precisará una serie de aspectos convenientes para una buena navegación.
-Que Valentiniano y Scaeva Minor no se retrasen. Ellos deben de estar al tanto de las informaciones que maneja Asdrúbal.
-Están avisados, patrón.
-¿También el piloto de la nave, Polypus, El Pulpo gaditano?
-Relájese patrón. Todo está en orden. Todo está listo. Y a la espera de que de la orden de zarpar.
Cara Pescao hizo el intento de saltar al barco, de pisar “La Estrella de oro”. Pero no pudo. Las piernas le fallaban. Y Crátero, juicioso, le aconsejó que se quedara en tierra.
-De acuerdo. No subiré. Pero quiero que en ese barco viaje mi amuleto más preciado, mi Mercurio de oro que siempre cuelga de mi cuello y ha relajado de ansiedad mis manos. Debe ir en ese barco. Nunca me abandonó. Ya que ni yo ni tu viajaremos hacia el sur, que lo haga Mercurio, mi seguro más efectivo.
-Así se hará, patrón.
Cara Pescao le guiñó un ojo a Crátero para que le ayudara a dar la vuelta y no separara su hombro, el apoyo moral y ahora físico del viejo mercader. Un joven marinero, de torso desnudo y atlética complexión, pasó muy cerca del rico liberto hispalense, que sintió en su barriga el deseo que toda su vida le despertaron las carnes más hermosas de sus amantes. Lanzó un leve suspiro al cielo, implorando, entre dientes, no se sabe qué cosa sobre el deseo y la fuerza. Crátero lo miró y sonrió.
-Veo que aún le quedan fuerzas, patrón.
-Fuerzas no; ganas todas…
Siguieron trabajosamente su camino hacia la litera de Cara Pescao. Riendo ambos sin reservas. Ya habría tiempo para ponerse serio cuando Asdrúbal, horas más tardes, visitara la casa gaditana de Cara Pescao, donde iban a ser informado de los peligros de viajar hacia el sur, más allá de las costas saharianas, donde dicen que está el país de los hombres monos, de los gorilas…

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Gades. Casa de Cara Pescao. 6
Asdrúbal, uno de los sacerdotes del templo de Hércules en Gades, tenía ascendencia púnica y un almacén en la cabeza, atestado de conocimientos marítimos como solo podían tenerlo los servidores de aquel templo, el más famoso y visitado del occidente imperial. Era el religioso de confianza de Cara Pescao, tanto para cuestiones de tipo sobrenatural como para estar al día de lo que entraba y salía del puerto de Gades, cosa que el rico mercader hispalense sabía compensar al templo con una generosidad ilimitada. Experto en periplos de la antigüedad y en noticias frescas que traían en sus barcos los marineros gaditanos, tanto de sus viajes por la costa atlántica norte como por la del sur, el patrón hispalense lo convirtió en uno de los pilares fundamentales de su aventura africana. Cara Pescao sabía que tenía en sus manos un negocio redondo: cambiar sal por oro. Pero no era fácil llegar hasta las tierras del oro de los negros. Pese a lo que en la conciencia colectiva del mundo gaditano se dijera al respecto. Llegar hasta la isla de Cerne, aquella remota tierra donde sus hombres iban cubiertos de oro y que, de forma vaga e imprecisa, le habían comentado al gran Alejandro que sus habitantes llegaban a dar un talento de oro a cambio de un caballo, no era una aventura pesquera. Aunque mucho del conocimiento y leyendas que circulaban en Gades referentes a la riqueza del oro de los negros, se había ido adquiriendo gracias a la osadía marinera de los pesqueros gadiritas, navegando siempre hacia el sur en busca de nuevos caladeros. La famosa industria del garum gaditano, una salsa realizada con vísceras fermentadas de diversos pescados, dependía de ello.
Cara Pescao tenía en Gades una preciosa casa dando al canal que dividía a la ciudad en dos islas, concretamente en la mayor, Cotinussa, situada frente a la conocida como Aphrodisias, con vistas al puerto y demasiado húmeda, quizás, para los huesos cansados y quejosos del rico mercader. La casa desprendía un lujo más refinado que las que el acaudalado liberto poseía en Hispalis e Itálica, quizás porque el paso del tiempo había ido aplacando la estridencia de sus gustos de nuevo rico. Lo único que las hacía iguales era la gran estatua dorada del dios Mercurio que presidía el acceso a la misma, donde siempre había cortezas de cedro y goma de Arabia quemándose en los pebeteros e inundando su atmósfera de un climax tan exquisito como empalagoso. En una amplia sala, con ventanales abiertos al bullicio portuario, los asistentes a la reunión escuchaban a Asdrúbal, que tenía un hablar calmoso pero firme. Mirando al piloto, Polypus , al que Cara Pescao, algunos años atrás, le había dado médico, cama y alimentos para que se recuperara la las secuelas de su naufragio en las islas Can (Canarias), a cambio de que llevara su barco hasta el oro de los negros, Asdrúbal insistía en su mensaje:
-Navegar hacia el sur por la costa africana no tiene mayores inconvenientes. Tú lo sabes bien, Polypus. Has hecho esa ruta algunas veces.
-Lo sé sacerdote. Y siguiendo sus consejos aún será más fácil.
Tanto Scaeva Minor como Valentiniano oían con atención al sabio del templo de Hércules. Que continuaba hablando calmoso y firme.
-Vuestro destino es la isla de Cerne. Mis informaciones la sitúan entre dos grandes bocas de río, una vez hayáis dejado de ver las costas del desierto.
-Yo llegué hasta allí, señor. En esos ríos hay cocodrilos e hipopótamos. Y los negros te cambian el oro por la sal.
-Eso tengo entendido, Polypus. Algunos marineros la sitúan en la zona del Bambouk (río Senegal) la salida natural del oro del suroeste de aquella región.
Con su proverbial falta de tono, Valentiniano, al que los años parecían respetarlo y lo mantenían fuerte y arrogante, interrumpió a Asdrúbal.
-¿Y si es tan fácil llegar hasta ese oro cómo es que Marco Aurelio no lo intenta?
-Quizás porque las informaciones que tengan en Roma no sean tan buenas como las que manejamos en Gades. Escipión el Africano, hace muchos años, le encomendó a Polibio que hiciera un viaje de exploración por las costas occidentales africanas, basado en informaciones que manejaban los marineros de Gades. Y el rey mauritano Juba II, al inicio de su reinado, 25 años antes de que Augusto empezara a mandar en el mundo, envió sus naves hasta el sur de Mauritania, alcanzando también las islas Canarias.
-¿Y el oro?, siguió preguntando con desparpajo el dacio.
-No supieron dar con él. Pero el oro está allí. Existe.
Intervino Polypus, el piloto:
-Mis ojos lo han visto. Es verdad.
Asdrúbal levantó su mano pidiendo que le dejaran continuar.
-Roma no dio con ese oro porque lo encontró más a mano de sus legiones y conquistas. Lo halló aquí en Hispania, en la Dacia y en las minas del sur de Egipto. Por eso no insistieron en buscarlo por donde vosotros lo vais a encontrar.
Cara Pescao miraba a Crátero y Crátero miraba a Valentiniano, rogándole con sus ojos templanza y cordura. Pero Valentiniano seguía siendo fiel a su endiablado temperamento, a la fuerza de aquel carácter y de aquella intuición que lo habían salvado de tantos avatares adversos en su vida.
-Yo no veo nada claro este viaje. Nos comerán los cocodrilos. Y si eso fuera así prefiero que lo hagan los del Nilo que los de la isla de Cerne…No me gustan los negros. He matado a dos en el anfiteatro. Y su sangre huele fatal.
Scaeva Minor deslizó su mano sobre el muslo de Valentiniano, lo apretó y lo miró rogándole silencio. El dacio no se calló.
-Me miráis como si fuera un imbécil. Y a lo peor yo no soy un imbécil. No pienso callarme. Me habéis citado aquí para…
Cara Pescao se levantó de su silla trabajosamente y Valentiniano, al ver al patrón gastarse en ese esfuerzo, calló de inmediato.
-Valentiniano, con el cariño y amistad de tantos años, tengo que decirte una cosa. No hemos venido aquí a oír tus impresiones. Estamos aquí para oír al hombre que más sabe de este tipo de periplos. Asdrúbal viajará con vosotros en el barco, bajará en Lixus donde tiene que arreglar asuntos personales. Y durante ese trayecto puedes hablar con él de forma relajada y tranquila, para convencerte con informaciones de primera mano de que este viaje no es ninguna locura. ¿Has visto alguna vez que tu patrón tire el dinero a las letrinas?
-Pero uno se va haciendo mayor, patrón…
-Tú también te harás mayor. Ya te estás haciendo mayor aunque tu físico sea envidiable. Pero te diré algo, amigo: cuida esa boca porque puede mandarte al Hades. Tienes el don magnífico de la insolencia. Pero algún día te costará caro.
-Sea, patrón. Pero mi intuición no me falla. Y si los codiciosos romanos, tan necesitados hoy de oro para sus guerras en el norte, no han puesto en marcha una expedición a esa puta isla es, sencillamente, porque solo existe en la imaginación de los marineros gaditanos y en los que creen en sus cuentos, como Asdrúbal.
El sacerdote miró a Cara Pescao. Y este le contestó encogiéndose de hombros y con una expresión clara en su rostro dando por un caso perdido a aquel valiente guerrero dacio convertido, por el azar y las circunstancias de la vida, en un mercader con espada y fogoso temperamento.
-Bien, Valentiniano, así las cosas ¿te quedas conmigo en Gades o te vas en el barco a buscar la puta isla esa, como con tanta delicadeza la nombras?
-Iré, una vez más, por ti, patrón. Por vigilar de cerca los hombres y desaconsejarle cualquier tipo de amotinamiento o fuga. Pero debes saber que algo le dice a mi corazón que el viaje no será tan sencillo como nos dice Asdrúbal y que, si llegamos a la puta isla de Cerne, no hallaremos más oro que el que hay en las secas minas de mi tierra.
Intervino Crátero para cerrar aquella crispada reunión.
-Nuestro patrón anda cansado. ¿Hay alguien que tenga algo que decir o apuntar?
Nadie dijo nada. Eso sí: se miraron todos y todas las miradas confluyeron en los ojos de Asdrúbal que, aliviado pero sin decir palabra, pensó:
-Por Hércules gaditano, menos mal que mi viaje termina en Lixus. No he visto en mi vida un carácter más tormentoso que el de ese Valentiniano…
-¿Puedes esperar un poco, Scaeva Minor? Tengo algo que darte.
Los demás salieron y Scaeva Minor, ya convertido en un apuesto y atlético muchacho, cada vez más parecido a su padre, atendió la llamada del patrón.
-Usted me manda, patrón.
-Mira, por nada del mundo, debes perder este amuleto que me ha salvado de momentos, de muchos momentos peligrosos en mi vida.
Cara Pescao desabrochó su Mercurio dorado del cuello y se lo dio en mano al joven Scaeva.
-Llévalo siempre contigo. Tanto en el mar como en la tierra. Bajo su protección nada malo podrá pasarte ni a ti, ni a la tripulación, ni al oro que tanto necesitamos para ser los hombres más poderosos de un imperio que cada día que pasa es más desdichado. Que Mercurio os proteja, hijo.
-Así será, patrón. Regresaremos con ese oro. Y Valentiniano tendrá que tragarse las palabras que hoy ha dicho de forma tan destemplada.
-Olvida eso, Scaeva. Él es así. Y ni un cocodrilo de Cerne o del Nilo podría tragar su carne, que debe ser tan dura como su cabeza.
Rieron y Cara Pescao los despidió en el atrium de su hermosa casa, con cierto pesar en su corazón. Ese pesar que te embarga cuando te despides de alguien que sabes no volverás a ver nunca más.

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Los dioses han muerto Autor/a : José Félix Machuca Lama

Los dioses han muerto (ALGAIDA LITERARIA)




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