Rafael Benítez Toledano presenta en Sevilla su libro “La propiedad privada”
Acompañado por Jaime Raynaud y José Mateos

El escritor jerezano Rafael Benítez Toledano presentará este miércoles 16 de junio, en el Real Círculo de Labradores de Sevilla, su libro “La propiedad privada” (Libros Canto y Cuento). Estará acompañado por Jaime Raynaud y José Mateos, dos padrinos excepcionales para el nuevo libro del autor.

 

Con prólogo de Felipe Benítez Reyes y epílogo de Pedro Sevilla, cuenta el autor en una reciente entrevista del Diario de Jerez el por qué de la publicación de este libro: “Algunos amigos poetas me indicaron que iba siendo hora de recoger mi obra en algo parecido a una antología. No lo tenía nada claro, y mucho menos en una editorial comercial, así que decidí hacerlo a mi manera y rodeado de amigos en una edición de mi gusto. Cuarenta años de poesía resumidos en unos 90 poemas de entre otros muchos, tampoco demasiados. No soy de mucha obra”.

Rafael es un poeta de bodegas jerezanas, de amigos entre botas de roble, de paseos campestres y tono bajo en su voz, casi buscando un silencio. Sus poemas van de un lado a otro sin perder el compás, aunque saltando las notas obligatorias que lo atrapen en un tiempo determinado.

Pedro Sevilla escribe de él: “Un mundo nuevo hecho de luz, de incursiones en la infancia, recreada en un olor, en un paseo por el tiempo, en un viejo regalo que ha sobrevivido a la mano amorosa que lo hizo; los paisajes que a fuerza de ponerles corazón ya no son paisaje, sino alma –Antonio Machado suena en Benítez Toledano–, el paseo de noviembre o el lienzo de un pintor amigo que nos lega el misterio de la viña, la claridad de octubre en una uva, son ahora el abono poético de este catador de aromas, degustador de luces y trasegador de sueños. Agavillar la obra de este poeta alérgico al boato es, me parece, una necesidad para que un mundo propio, genuino, no quede descoyuntado y deslavazado en tiradas raras, agotadas o imposibles de localizar”.

Pero quizás lo mejor para comprender su libro sea el prólogo de Felipe Benítez Reyes:

EL POETA A LO SUYO

“Con Rafael Benítez Toledano comparto el primer apellido, aunque sin vínculo de parentesco, y compartimos muchas otras cosas: entre ellas, y allá por 1987, un piso en la sevillana calle de Luis Montoto, cuando él era gerente de la empresa familiar y salía cada mañana con un elegante traje de sastrería a dar todo por el comercio y yo salía vestido de fantoche castrense –gracias en parte a que me asignaron un uniforme dos tallas más grandes- a dar todo por la patria, como soldado raso, en la Capitanía General. 

Mientras él defendía la bonanza del negocio, yo protegía al país de invasores potenciales, lo que no quitaba que, una vez cumplidas esas tareas tan arriesgadas e inciertas tanto en el terreno mercantil como en el campo de las batallas hipotéticas, nos acercásemos casi cada tardenoche a El Rinconcillo a tomarnos una copa de Fino Imperial, que era lo más –y más caro- que entonces se ofertaba en vinos de Jerez, lo que llevó a un camarero a recibirnos, en premio a hacerle un buen gasto, con un “Aquí están mis príncipes”, rango del que no podíamos quejarnos ni mucho menos, aunque la coherencia hubiese exigido tal vez que la bienvenida consistiera en “Aquí están mis emperadores”, por lo del nombre del vino en cuestión. Pero cuando uno es joven se conforma con lo que le otorguen, y con aquel tratamiento nos dábamos por satisfechos, en especial porque, durante el rato que pasábamos en aquella taberna añeja y célebre, dejábamos de ser un gerente sin ilusión y un soldado sin vocación para ascender a la categoría de personajes principescos de las mil y una noches, así sólo lo fuésemos, como no hace falta precisar, en la fantasías monárquicas del camarero, ya que, dejando aparte aquellas expansiones imperiales, ambos manteníamos una dieta mayormente de bocadillos, que es algo que los príncipes no suelen practicar ni cuando se ven obligados a exiliarse. 

(Pienso ahora, no sé, que, en correspondencia a la generosidad de aquel camarero en conceder dignidades, debimos aparecer por allí alguna vez tocados los dos con un turbante y decirle que había acertado: que éramos dos descendientes de Solimán el Magnífico fugados de Turquía para evitar los hechizos de un mago que nos la tenía jurada o para huir de un matrimonio de conveniencia con las hijas gemelas y malajes de un visir, al andar nosotros enamorados de las contorsionistas estelares del Gran Circo de Belgrado o similar.)

Rafael nació en Jerez de la Frontera, pero, sin dejar de ser muy canónicamente jerezano, es también de Rota, mi pueblo, de manera que, aparte de compartir apellido y el principado del Fino Imperial –un vino que, por esas extrañas filosofías enológicas, no es en rigor un fino, sino un amontillado-, somos también paisanos electivos: en la playa de la Costilla tiene él enterradas, como se entierra un tesoro, su niñez y adolescencia, de igual modo que en su memoria tiene siempre presentes a los seres queridos a los que ha visto enterrar, por esos golpes tan fuertes que da la vida y de los que él lleva más de la cuenta.

Rafael escribe desde que lo conozco, y nos conocemos desde casi niños, pero es quizá la persona de cuantas tengo datos que menos ha hecho por difundir lo que escribe, y no porque le quite importancia a su poesía, sino tal vez, y por la vía de la paradoja, porque el hecho de escribir poemas es una de las cosas que más le importan. 

Ahora bien, ¿dar vuelo después a todo eso? Él siempre ha preferido las ediciones tan restringidas como cuidadas, por su gusto por los esmeros tipográficos y por entender quizá que los poemas se escriben para que los lean los allegados y, en casos tan extremos como extravagantes, algún despistado que pase por allí, pero no para el público en general, que suele andar en otras aficiones.

Se ha permitido, en definitiva, el lujo dandístico de ser un poeta casi secreto, categoría que unos consideran una maldición y otros en cambio una bendición.

Los poemas de Rafael son su manera de decirle a la vida que, a pesar de sus pesares, él está en la vida, a lo que venga, sea adverso o gozoso: el acta testimonial de lo que ha padecido y de lo que ha disfrutado, de lo que ha imaginado y de lo que ha sentido, de lo que ha aborrecido y de lo que ha deseado, de los placeres etílicos de la amistad y de los placeres agridulces del amor, de lo perdido y lo hallado y lo no encontrado nunca… 

Es su manera de entender esto, este fascinante jaleo entre metafísico y retórico que viene a ser la poesía: el relato estilizado del vivir, la interpretación lírica de una vida.

En consecuencia, Rafael es un poeta de tonos muy variados, porque muy traída y llevada ha sido su biografía. Del registro simbolista de Antonio Machado pasa al registro canalla de Manuel Machado. De la poesía popular pega un giro al epitafio bromista. Canta a sus novias y canta las bodegas de su pueblo. Reflexiona ante un paisaje o medita ante una copa de vino. Nos habla de sus viajes por el mundo o de sus viajes alrededor de los territorios brumosos del recuerdo. Puede ser elegíaco y celebratorio. Evoca su niñez y evoca a sus difuntos. Y así. Lo suyo viene a ser, como quien dice, el poliedro.

En esta antología, las musas son muy diversas -aunque predominan, eso sí, las de carne y hueso, a las que galantea con especial afición.

Veo ahora, en una retrospectiva, a aquel Rafael que se movía por Sevilla en su Vespa histórica, con un traje príncipe de Gales como poco, siempre dispuesto a compartir un rato con los amigos, a invitarlos a almorzar si andaba bien de cartera, o en el tendido de una plaza de toros para ver torear –y es un decir, porque eso dependía de una secuencia bastante improbable de milagros- a Rafael de Paula. Veo, con los ojos de la memoria, a un Rafael Benítez siempre sonriente a pesar de arrastrar amarguras muy hondas, siempre diligente, siempre a paso ligero, como si temiese llegar tarde a algún sitio aunque no fuese a ninguna parte en concreto.

En estas páginas que siguen, en fin, un hombre nos cuenta las cosas de su vida, su paso por la vida. Y lo hace sin adornarse en el retrato moral, porque eso no sería propio de una persona cabal ni decente, sino como quien no quiere la cosa. Las cosas, eso sí, que más ha querido”.

Lugar: Salón Real del Real Círculo de Labradores de Sevilla. 

16 de junio a las 20:00 horas




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