Hay grandes intérpretes cuyas carreras están marcadas por el signo musical de la Navidad. Uno de esos intérpretes es María José Santiago. Su villancico “Carita divina”, que debe andar por la treintena de años desde el original lanzamiento en la voz de la artista jerezana, lleva ese tiempo reverdecido y actualizado por las incesantes versiones a que ha ido dando lugar la auténtica. La estela de ese éxito sigue haciendo posible que el público espere a María José Santiago de manera especial por estas fechas, como un clásico imprescindible de las vísperas, como un sonido ya natural del Adviento.


En un largo recorrido de apoteosis y llenos absolutos por toda España  -como en días recientes ha ocurrido en Sevilla, Huelva Y Cádiz (en Cádiz nada menos que en la Catedral)-  la Santiago ha triunfado en el Teatro Nuevo Apolo, de Madrid.

“Zambomba flamenca de Oriente a Jerez” ha hecho parada en la capital de España. El más amplio soporte del repertorio de todo un espectáculo profético, es un disco que este año  -hace unas semanas- produjo y presentó con todos los honores la Fundación Cajasol, que elegía a María José Santiago como única intérprete del volumen excepcional que engrosará una colección que ya ha contado en ediciones anteriores con participaciones de la altura y categoría de Raphael.


Digamos que desde esa magnífica grabación de la jerezana arranca la base de un concierto que pone al día la Zambomba Flamenca de María José Santiago, ya ineludible como anuncio escénico de cada Navidad.

Diversos autores, entre los que se encuentra la propia María José Santiago, y no sustrayéndome a citar a Luis de Periquín, Coral de los Reyes, Juan Zarzuela, Fely Perejón y José Padres, plasman desde las raíces más populares del cante las secuencias bíblicas de la venida del Hijo de Dios al mundo. Sin embargo, la noticia en sí jubilosa del Nacimiento de Cristo es acontecimiento histórico que en este espectáculo está concebido con futuro, mirado hacia adelante en el sacrificio redentor que con el tiempo aguardará al recién nacido. No cabe duda de que el largo éxito de “Carita divina” se deja sentir notablemente en el contenido de este espectáculo, como si se hubieran escrito más regueros de una premonición que caló en el público desde la composición de Antonio Gallardo: “Que yo estoy viendo en la frente de mi Dios una corona de espinas”.

Más allá del núcleo central profético, el espectáculo se inspira claramente en la celebración vital y alegre de la Nochebuena en el hogar jerezano de los Santiago, lo que llega a comprobarse por la intervención real en escena de muchos de los componentes de esa familia numerosísima, aptos por naturaleza para el cante y el baile. Incluso queda en el ambiente la evocación y el recuerdo del mismísimo padre de María José Santiago.

Desde la intimidad lumínica  -hábilmente manejada, como el sonido impecable-  hasta los pasajes más alumbrados y gloriosos, se fueron sucediendo las intervenciones de Fernando Soto  -auténtico artista coloquial y cercano, como un amigo de toda la vida, dominador poderoso de la proximidad con el público-; por supuesto la de María José Santiago, alma de este gran musical, en la mejor solera y dominio expresivo de su voz, experta en difíciles matices, potente y suave, cantaora de arriba abajo y de lado a lado, demostrando la experiencia de una dilatada trayectoria que ha enfrentado tantos géneros, sólo al alcance de una artista completa: flamenco, baladas, saetas, rancheras, pregones orales, etc. ; Rocío Carrasco, una niña simpatiquísima, nada repelente como tantos niños actuando, muy aplaudida, que ya apunta interesantes maneras del cante y del baile.

La Santiago abrió un paréntesis para homenajear a Antonio Cortés Pantoja, Chiquetete, con su muerte aún en caliente. Fue entonces cuando invitó a Juan Peña, una exquisitez de garganta, que cantó el popurrí que abrió con “Esta Cobardía” y cerró con “Volveré”. Peña tiene aroma y buen gusto, paladar como poca gente. Por mucho que te dé, te sabe a poco. Sencillamente maravilloso.  Y después, María José Santiago rindió tributo a Chiquetete con las sevillanas famosas de la Puerta de Toledo.

El vestuario fue del modisto Miguel Reyes. Inteligente una vez más para dotar de belleza adecuada al espectáculo del que se trataba, con vestidos en consonancia con el libreto musical, realzando en María José Santiago la atmósfera judaica en la que se movía, como si Miguel Reyes hubiera dotado a esta obra colosal de una costura hebrea.

Con el público entregado y en pie, María José Santiago triunfó rotundamente y una vez más en Madrid.