Las postrimerías

Aquella mañana de otoño me vi de guía por Sevilla, mostrándole algunos monumentos de la capital a quien iba a ser mi nuera unos años después, una joven francesa natural de Alsacia, mientras que mi hijo estaba atendiendo sus obligaciones laborales.

Me pareció interesante enseñarle el Hospital de la Caridad, hablarle de Miguel de Mañara, de su entrega a los pobres, y en ese contexto se quedó prendada de los dos cuadros que figuran en la entrada de la iglesia, “In Ictu oculi” y “Finis Gloriae Mundi”, más conocidos como las postrimerías, obras cumbres del Barroco sevillano pintadas por Juan de Valdés Leal.

En un español más que aceptable, exclamó “¡Impresionante!”, y tras observar durante un rato el templo iluminado, me comentó que era un lugar precioso para casarse, como así fue posteriormente.

Con esta introducción se entiende que hace unos días fuera ilusionado a conocer la magna exposición que sobre el autor de estos cuadros ha organizado el museo de Bellas Artes de Sevilla, la segunda pinacoteca de España, con motivo de su cuarto centenario.

A Valdés Leal le tocó vivir una época llena de apasionada humanidad, al tiempo que de acentuada espiritualidad, con 30 parroquias y 73 conventos, una segunda mitad del siglo XVII que fue el del declive de Sevilla: el desgaste de la corona hispana por la Guerra de los Treinta años, la pérdida del monopolio del puerto y puerta de América en beneficio de Cádiz y, la peste de 1649 que redujo a la mitad la población hispalense determinaron, entre otras causas, que aquella gran urbe que llegó a figurar entre las mayores de Europa, entrara en decadencia. 

Gracias a la labor de investigadores y a la divulgación que personas enamoradas de su trabajo como Emilio y Rocío, guías de Atrium, se empeñan en transmitir de una forma amena a todos los que tenemos la suerte de contar con tan magníficos profesionales, supimos que a este artista sevillano bautizado en la parroquia de san Andrés, se le ha despojado en estas últimas décadas de ciertas etiquetas que no le hacían justicia, como que era necrofílico, tenebrista, pestífero, violento y enemigo de Murillo.

El pintor de las Inmaculadas y él, coincidieron en la Academia de Dibujo de la Lonja. Fue polifacético y versátil: arquitecto, escultor, pintor, maestro de dorado y estofado, muralista, decorador de retablos y rejas, ilustrador de libros y grabador, y ello para poder darle una vida digna a su mujer y a sus cinco hijos.

Está considerado como el pintor más barroco y colorista de los artistas españoles, con gran sentido del movimiento (véase “La flagelación de san Jerónimo”); pintó paisajes urbanos como la catedral de Sevilla, interiores como el del convento de la Merced (hoy museo de Bellas Artes) y escenas que invitan a una contemplación detenida como “Los Desposorios de la Virgen con San José”.

Dos cosas me llamaron poderosamente la atención en la exposición: el origen de las obras, repartido entre el Museo de Sevilla, la catedral hispalense, la Biblioteca Nacional, el Museo del Prado, Fundaciones, colecciones privadas, la Galería Nacional de Londres, el Kunsthalle de Hamburgo,… lo cual es para felicitar de corazón a sus organizadores, y, por otra parte, el número de obras. Para alguien que contaba con los dedos de una mano, y le sobraban, las creaciones que conocía de nuestro ilustre paisano, resultó impactante ver la ingente cantidad de obras expuestas.

¡Cuántos retratos!, individuales, como los de Fray Alonso de Montemayor, Miguel de Mañara leyendo las reglas, el suyo propio, como colectivos: los del ciclo de san Ambrosio y el de “La Inmaculada con donantes”; ¡qué preciosos sus grabados!, como el de la serie que realizó para ilustrar un libro sobre San Fernando, en el que colaboraron sus hijos Lucas y Lucía; ¡qué delicia de esculturas!, véanse si no sus imágenes de las Vírgenes del Rosario, y hasta su policromía de los Ángeles pasionarios de Pedro Roldán, de la Iglesia del Salvador.

Pero había un cuadro que parecía estar esperándome, esta vez a la altura de mis ojos y no en alto: el de “Finis Gloriae Mundi”. Más iluminado que en la iglesia del Hospital de la Caridad, me permitió adentrarme en detalles de los que antes no había podido disfrutar. A ninguno nos puede dejar impasible ver como casi todo aquello en lo que ponemos nuestros anhelos terrenales queda reducido a la nada, pero el autor nos transmite que conviene saber que es la balanza que corona el cuadro, colgada de la mano llagada de Cristo, la que hace de instrumento del juez misericordioso.

Les recomiendo a todos mis lectores que hagan un hueco para poder disfrutar de esta exposición. Privarnos de nuestra Historia del arte es dejarnos yermos no sólo de conocimientos, sino de sentimientos y emociones. Que la disfruten.

 

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com




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2 Comments

  1. Pedro dice:

    Hola Alberto,

    Muy interesante el artículo. Como cada semana, un placer leerte.

    Un saludo,
    Pedro.

  2. José Antonio Molino dice:

    Gracias por recordarnos esta interesante exposición y que sirva para redescubrir a un importante artista sevillano y desconocido para la mayoría de nosotros, absorbidos en el imaginario común por la fama de Velázquez y Murillo. Comentar que aunque quizá sea realmente injusta la fama de necrófilo, pestífero ,etc yo creo que la acentuada espiritualidad que mencionas incluía también una presencia cotidiana de la muerte en la mentalidad de la época, por la guerras frecuentes, y en el caso concreto de l apeste de 1649 por haber visto morir a la mitad de la población de Sevilla. En el estudio histórico que realizó Ángel Pérez Guerra sobre la Hermandad de la Carretería relata que en aquellos las actas de los cabildo eran estremecedoras ” reunidos los que quedamos vivos ” . Así que no es de extrañar esa impronta tenebrosa. Pero es buena ocasión para descubrir que no todo fueron sombras y muerte. Como dices, historia, cultura, emociones…… bienvenidas sean. Un abrazo

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