La palabra más ausente de Manuel Salinas en la hora de su despedida

La muerte ayer del brillante artista Manuel Salinas, el mayor de los hermanos de la familia propietaria de la hermosa Casa Palacio conocida por ese mismo apellido, al final de Mateos Gago, puso un broche aún más triste a una jornada aciaga en la que se conmemoraba el 23 aniversario del asesinato de Alberto y Ascen.

Calles silenciosas y vacías, como de luto, rumores de pasos escurridizos, acompañaban ayer, como todos estos últimos anocheceres, el callejero de Sevilla y el recoleto y fabuloso patio plateresco de la Casa de los Salinas, tan desconocido por los sevillanos. También por San Lorenzo, en la calle Jesús del Gran Poder, donde el pintor Manuel Salinas se recreó un mundo delicado, amable y cálido, lleno de abstracciones y de color que le iluminaban su sonrisa acogedora, lenta pero segura.

Artista de palabra breve y curiosidad inmensa, paseaba con un sesgo amable de tranquilo taciturno al que casi todo le interesaba y escuchaba atentamente y con buen humor las experiencias de los que se le acercaban.

Era tan gemelo en tantas cosas de su amigo el genial fotógrafo sevillano Atín Aya, también vecino del mismo barrio, que se nos ha marchado, como él, también antes de tiempo, pero nos ha legado del mismo modo sus trabajos para hablarnos desde el interior de cada obra sin palabras.

Falleció a consecuencia de las secuelas dejadas por la covid, esa enfermedad misteriosa que quiso habitar en un artista enorme que siempre quiso ir por libre y a su aire.

Hace años escribí para ABC un perfil que pretendía descifrar el alma de su magnífica y deslumbrante obra, la cual hoy ocupa espacios de excelencia en algunos de los mejores museos y pinacotecas de España y de varios países, entre ellos el Reina Sofía. Y decía así:

“Hay quienes arrojan contra el lienzo sueños rotos. No es el caso de Manuel Salinas, pues lo suyo es componer rompecabezas abstractos con la minuciosidad con la que se lame un gato. Afanado en un tropel de espacios y colores como quien ordena un millón de soldados de plomo sobre un tablero, recoloca sin descanso simetrías y equilibrios, líneas y manchas, sólidos y gases, puertas y ventanas, líquidos y fibras, soles y sombras, hasta dar con el puzzle exacto que su infinita intuición le dicta para apuntalar y dar por terminado un cuadro. Cálido, silencioso e inseguro como una fiebre, difumina su enigmática dicha y se refugia en sí mismo para trascenderse. Se aísla y, de repente, aparece una luz, azul, o roja, sobre mil grises. O un fogonazo, tan mandarina, o tan albaricoque, que dan ganas de chuparlo. Casi les diría que su reino no es de este mundo. Un genio“.

Descansa en paz, admirable artista…, querido amigo.




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