La mejor obra de arte del franquismo. Alrededor de un centenar de pueblos vanguardistas creados en Andalucía dentro de un proyecto colosal de reforma agraria
Visitar estos pueblos es como recorrer un museo de arte contemporáneo

Hace un tiempo me avisó un amigo, sabedor de mi viejo interés por los pueblos de colonización creados durante el franquismo, de que en la SER estaban hablando en ese instante de ese asunto…

Me conecté enseguida para escuchar lo que contaban, aunque me temía lo peor, claro está… Y no me equivoqué un pelo.

Ahí andaban, un tipo y una tipa con voces de becarios (creo que ya todas las voces nos parecen de becario porque nos cuesta admitir que gente de cierta edad sea tan iletrada, sectaria y manipuladora) que repasaban la cuestión trufando todo de mentiras o de términos netamente peyorativos…

El nivel que se ha alcanzado parece no ser real en tal grado de ignorancia y entonces sólo nos queda atribuirlo a la tergiversación y a la mala fe.

En los últimos años he dedicado parte de mi ocio a visitar casi una veintena de estos pueblos en Andalucía y Extremadura. Algo investigué sobre el asunto y, entre otras cosas, descubrí que, por ejemplo, en Andalucía existe abundante documentación en revistas y documentos de ordenación territorial, aunque muchos de los trabajos, editados en su mayoría por las administraciones socialistas, trufados de esa misma visión negativa que pretendía la SER en su emisión de aquel día.

Lo curioso del caso es que los pueblos de colonización constituyen uno de los mejores ejemplos del ‘mejor’ socialismo franquista (sí, sí, han leído bien), un proyecto de planificación desde arriba, sólo que bien pensado, bastante bien ejecutado y, para colmo, dotado de recursos suficientes para su ejecución y, sobre todo,… ¡con un amplísimo margen de libertad para los afectados!

¡Vaya, se jodió el invento!, porque esto último, sin duda, es lo que diferenció aquel proyecto de un plan quinquenal al estilo comunista.

La SER hablaba aquel día de desplazamientos forzados y forzosos y de alejamiento de familias enteras de sus casas, como si los hubiesen llevados en reatas de esclavos atados de pies y manos. También hablaban de gente que no sabía del campo y menos aún de regadíos, tratándose de agricultores tradicionalmente de secano.

Hicieron hincapié (todo, ya digo, con términos abusadoramente peyorativos) en la obligación de devolver el pago de las concesiones que se les hacían a los parcelistas, como si se tratase de un sheriff de Nottingham que robara a los pobres campesinos.

Señalaban que, recién llegados, algunos pueblos carecían de luz y de agua (no se les ocurrió pensar que era tanta la prisa por dotar a los beneficiarios de un medio de supervivencia que a veces se permitieron los traslados con las obras aún por finiquitar y que mucha de esa gente venía de chozos o casuchas inmundas de la posguerra y que llegar allí fue como entrar en la dignidad y hasta en el lujo. En algunos pueblos era tanta la prisa por instalarse, que hubo que habilitar barracones hasta terminar las obras.
También hablaron de que fueron obligados a plantar en sus parcelas lo que interesaba al Estado y no lo que cada agricultor eligiese, a la vez que eran obligados a entregar una remesa de la cosecha a los silos del Estado… En fin, un desastre.

De lo único que no les oí hablar, ¡vaya por Dios!, fue de arbitrariedad y enchufismo (otra diferencia con el socialismo soviético que defienden en nuestros días) a la hora de conceder aquellas casas y parcelas a los colonos.

Pero la realidad fue muy otra… Nadie fue forzado por la Administración para ir a esos pueblos, tal vez sí por las condiciones de pobreza en la que subsistían apenas diez años después de terminada la guerra civil. Para casi todos, aquello fue una bendición del proteccionismo del Estado y ¡qué trabajito les cuesta reconocer que hasta el más penco de los dictadores es capaz de hacer obras dignas de elogio!

El plan de construcción de pantanos en el que se apoyó aquel mega proyecto de los primeros años del franquismo fue una obra, en el mejor sentido, faraónica, que salvó buena parte de nuestro territorio y a millones de personas de la devastadora sequía que, por ejemplo, a comienzo de los años 40, recién terminada la guerra, abocó a mucha gente de España a la hambruna y a la carestía de alimentos.

Con aquel plan de pantanos llegó la salvación de mucha gente y, paralelamente, se procedió a construir pueblos en las nuevas tierras, que ahora pasaban a ser de regadío, donde se instalaron miles de parcelistas.

Para acceder a convertirse en colonos bastaba con solicitarlo (no forzados), aunque había una serie de requisitos, que incluían, por ejemplo, el nivel de renta y el número de hijos. Es decir, se favorecía a las familias con más bocas que alimentar, de modo que es frecuente todavía al pasear por esos pueblos, concluir que muchos de los parcelistas llegaban con 5, 6 o 10 hijos a su cargo.

Los colonos podían ser agricultores o no, porque había colonos con parcela y otros a los que no se les otorgaba parcela ya que iban con la idea de ejercer las otras tareas no ligadas estrictamente al campo, ya fuesen albañiles, posibles comerciantes que abriesen un bar o una tienda, etc., pero otra cosa que manipularon los de la emisora de radio es que la mayoría de los colonos procedían de los pueblos del entorno cercano al de nueva creación, de manera que, por lo general, no fueron desarraigados en casi ningún sentido, pues permanecían normalmente en su zona o comarca.

Cada pueblo contaba con todos los servicios necesarios, desde un dispensario médico a una escuela, un edificio municipal multiusos, plaza, parque y zona de recreo, depósitos de bombeo y abastecimiento de agua, una iglesia y hasta ¡un cine!, entretenimiento emergente de aquella época…, bien es cierto que en casi ninguno de los pueblos que visité llegó a funcionar de manera estable y sólo en algunos se proyectó ocasionalmente una película, pasando con el tiempo a convertirse en salones de reuniones y celebraciones comunales de la localidad.

La inmensa mayoría de esos pueblos fueron trazados y levantados por un grupo de los mejores arquitectos de la época, mayormente jóvenes que en el futuro alcanzaron la gloria como proyectistas, entre ellos Alejandro de la Sota, Fernández del Amo (Premio Nacional de Arquitectura en los 70) y muchos más.

Los hay que son verdaderas obras de arte del más rabioso y moderno racionalismo imperante por entonces fuera de España. Y todavía hoy pueden considerarse joyas del urbanismo y hasta de la arquitectura de una época.

Dos historiadoras gaditanas, Ricarda López González y Rosa Toribio Ruiz, acaban de editar un libro (“Los pueblos de colonización de la provincia de Sevilla. Arquitectura y arte”) en el que se repasan muchas de las obras del mejor arte contemporáneo que se conservan sobre todo en las modernas iglesias del alrededor de un centenar de estos pueblos que se construyeron en Andalucía, en los que colaboraron los más modernos ceramistas y pintores de los años 50, introduciendo una visión completamente novedosa de la imaginería religiosa, acorde con los nuevo vientos de cambio que inspiró el Concilio Vaticano II.

Es igualmente de gran interés observar el amplio catálogo de mobiliario urbano y ornamental de aquella época que aún se conserva en muchos de estos pueblos, desde papeleras a fuentes, bancos o plazuelas, diseñados en gran parte de manera genérica por los propios urbanistas y arquitectos que concibieron estos pueblos desde la nada para crear espacios que muchos años después se han consolidado y guardan un sabor y un carácter muy especial marcado por el vanguardismo y el racionalismo imperante en aquellos años en buena parte de Europa.

Las casas, asimismo, estaban dotadas incluso de corral para los animales y los aperos de labranza, los cuales (los animales y los aperos) les eran entregados también a los colonos, así como la parcela correspondiente e incluso las semillas.

Esto no significaba que los agricultores tuviesen que plantar necesariamente aquello que les daban, sino que los ingenieros agrícolas recomendaban aquellas plantaciones en función de las condiciones de las tierras entregadas, del clima de la zona, de las necesidades del mercado, etc.

Era, pues, un asesoramiento técnico de primer nivel para agricultores elementales que habrían fracasado estrepitosamente de no ser por el consejo especializado de los técnicos. Un asesoramiento impensable para agricultores primarios.

Por supuesto que la mayoría eran agricultores de secano, ya que Extremadura en general y buena parte de Andalucía eran entonces una jodida estepa siberiana que se vio transformada de repente gracias a los pantanos. Fue la salvación de muchos y tuvieron que aprender a cultivar otros productos.

Había parcelas mejores y peores, a unos les fue bien y a otros mal o regular. También unos se esforzaron más y con más suerte y otros menos o con peor fortuna. A los que les fue bien, podían acceder a más parcelas o comprarlas al vecino para hacerlo extensivamente.

Se quejaba (o mejor, denostaba) la SER de que en esos años se empezaba a introducir la mecanización en el campo… ¡vaya, otra culpa del franquismo!, y que aquellos parcelistas tuvieron que adaptarse a las nuevas formas de producción.

Los pueblos de colonización fueron, por tanto, un plan completo de reforma agraria al mejor estilo socialista, sólo que respetando el pago correspondiente por expropiación de terrenos baldíos. Nadie se había atrevido a tanto, ni siquiera la II República, cuyo único afán fue privar a otros de sus propiedades sin otro objetivo que joder al legítimo propietario, dejando al agricultor al albur de su suerte.

Las parcelas y las casas se entregaban a cambio de una presunta devolución anual en pago, que los primeros años se quiso que fuese en especie para no privar a las familias de sus escasos recursos, pero que pronto los colonos prefirieron hacer en dinero.

Eran pequeñas cantidades, sin apenas interés alguno, cuyo impago no suponía la pérdida de ningún derecho otorgado. La persecución de aquellos impagos fue tan laxa que nadie recuerda una sola historia de imputación, multa o recargo por no poder pagar la cuota.

Sólo en los alrededores de Sevilla capital, por citar algunos, se encuentran los poblados de Torre de la Reina (de José Tamés Alarcón), Esquivel (de Alejandro de la Sota); San Ignacio del Viar, El Trobal y Guadalema de los Quintero (de Aníbal González Gómez, hijo del célebre arquitecto hispalense), Maribáñez (de Daniel Carreras Matas), Adriano (de Agustín Marín y Rafael Olalquiaga), Sacramento (de Fernando de Terán) o Marismillas (de Jesús F. Hernández M. Arcos).

El minúsculo pueblo de Adriano, por ejemplo, en el término de Los Palacios, cuenta ahora con muy pocos habitantes y su iglesia se encuentra cerrada y tapiada, pero permite contemplar a la perfección el trazado minimalista y la disposición de los servicios necesarios tal como fueron concebidos para la organización de un núcleo agrícola.

Badajoz y Cáceres, así como las provincias de Cádiz (sobre todo en el entorno de Jerez de la Frontera), Córdoba, Jaén o Granada, también están preñados de estos pueblos de aquella recolonización de tiempos del franquismo, pero Cáceres cuenta con una obra urbanística esencial que todos los expertos consideran la joya de esta ‘corona’.

Se trata del pueblo de Vegaviana, obra hermosísima de Fernández del Amo, aunque me parecen esenciales y bellísimos otros tres, muy juntos, situados en los alrededores de Jerez de los Caballeros: La Bazana y Valuengo (de Alejandro de la Sota) y Brovales (de Perfecto Gómez), en especial el primero de esos tres, una original estructura que se organiza en cinco círculos o plazas alineadas sobre un cerrillo.

Hoy, todos esos pueblos pueden visitarse y sus habitantes guardan historias de cariño hacia aquella peripecia vital que les tocó en suerte como auténticos privilegiados de la época.

Caso aparte es el de El Torbiscal, hoy vallado y cerrado, completamente abandonado, pues reúne todas las características de esos otros pueblos pero formó parte de la finca del mismo nombre y su construcción y organización pertenecía íntegramente al latifundio privado, que se acogió a parecido modelo de organización en que los propietarios ofrecían el alojamiento y su escenario social como parte de un pago en especie pero al servicio de la producción extensiva e intensiva de esa enorme finca puesta en regadío. Aún pueden contemplarse allí en estado de ruina un espléndido teatro, las escuelas, plazoletas o el consultorio médico que prestaron servicio al pueblo durante muchos años, hoy con sus paredes cuajadas de inscripciones de recuerdo de antiguos alumnos o de habitantes que pasaron allí su infancia o juventud.

A unos, ya digo, les fue mejor, y a otros les fue peor, pero los habitantes de estos pueblos continúan cuidando con bastante afecto el patrimonio creado ex novo que les salvó de la miseria.

Mujeres y hombres que hoy superan los 80 años y que algunos llegaron siendo mozalbetes, recuerdan aún la dureza de aquel tiempo y los esfuerzos realizados para salvarse no sólo ellos, sino también para forjar una renaciente España, casi aniquilada tras el drama de la guerra.

Dese prisa si desea visitarlos porque hasta el título de este reportaje puede quedar prohibido y perseguido con la nueva Ley de Memoria Democrática que pretende aprobar el Gobierno de Pedro Sánchez y puede que le pidan hasta el pasaporte y un permiso especial si quiere disfrutar y loar algunas de las obras que contienen.

Gente tan miserable como esos becarios no son dignos de la España que aquellos padres y abuelos levantaron a pulmón…, esta vez con la ayuda e intervención de un Estado benefactor y proteccionista de su pueblo. El ‘papá Estado’ que tanto les gusta cuando atufa a comunismo, les parece deplorable si quien lleva a cabo lo ‘mejor’ del socialismo benefactor, con cabeza, juicio y prudencia, no es uno ‘de los nuestros’.

Galería de imágenes.

…..




Share and Enjoy !

0Shares
0 0

2 Comments

  1. Maloma dice:

    Auténtica y justa memoria histórica.

  2. […] La mejor obra de arte del franquismo. Alrededor de un centenar de pueblos vanguardistas creados en A… […]

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *