La Campiña, llanura y museos

En términos productivos, la Campiña fue siempre el granero de Sevilla, una amplia llanura de modulaciones redondeadas, como las apacibles olas de un mar tranquilo y sin asechanzas, que en la primavera y el verano aparece cubierta de pastos infinitos y nutricios, desde el trigo a la cebada.

Coronas una loma y rueda el paisaje con suavidad bajo un cielo azul gigante en una sucesión inagotable de orondas curvas que se dirían femeninas, sin aristas, sólo salpicadas por el trazado rectilíneo de las carreteras, por una cortijada blanca aquí o allá, por la disposición en cuadrícula perfecta de los olivares o por los islotes de unas calvas de rocas solitarias en los sembradíos.

Tras la siega, la campiña se diría desnuda, toda su piel expuesta a la intemperie y bañada por el sol ardiente. Pueblos blancos, de cal y de piedras señoriales, donde la siesta cobra en verano dimensiones literarias y antropológicas en el frescor de los zaguanes o de un patio con mecedoras de rejilla y con macetones de pilistras, helechos y “orejas de elefante”.

Territorio de sabios casticismos que inspirara a los Álvarez Quintero en Utrera, de campanarios y torreones majestuosos como en Écija, de nobles fachadas barrocas como en Osuna o en Fuentes de Andalucía y de un caserío almidonado por la cal resplandeciente, como en Carmona, Utrera, Marchena o Estepa.

Antes de acceder a la Campiña ha de atravesarse la comarca de los Alcores, tierra de buen pan y de mejor regusto flamenco, con Mairena, El Viso y la industriosa Alcalá de Guadaíra. La altiva fortaleza musulmana de Alcalá se eleva en el paisaje abrazada por el Guadaíra, rodeada de hermosos parajes como los pinares de Oromana o la Ribera de los Molinos.

La geografía se pone de perfil en Carmona para contemplar la hermosa Vega. Su espléndido Alcázar, sus viejas puertas de acceso, su valiosa Necrópolis romana, la Iglesia de San Pedro, sus conventos y palacios, sus templos, su caserío popular lleno de equilibrio y encanto pueden conducirla a esa lista exclusiva de ciudades declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

En dirección a la majestuosa Écija, aparecen pueblos como La Campana o Fuentes de Andalucía, donde el barroco cobra prestancia; y otros, como La Luisiana o Cañada Rosal, nacidos de la repoblación efectuada con los hijos de Centroeuropa en tiempos de la Ilustración.

A orillas del Genil, en Écija, torres como flechas se asoman entre el caserío tratando de mirarse en el espejo distante de aquella Giralda que les sirvió de modelo. La suntuosidad monumental de Écija es apabullante. Aquí, la floritura arquitectónica se desborda y testimonia la pujanza económica que tuvieron estas tierras.

En algún lugar de ese cuadrado que forman Écija, Marchena, Osuna y Estepa debió tener lugar la célebre batalla de Munda, entre las tropas de César y las de Pompeyo. Los yacimientos arqueológicos esparcidos por estas lomas son muy numerosos, y por campos de La Lantejuela y El Rubio no es difícil observar a rastreadores ilegales a la caza de una huella de un tesoro oculto.

En Marchena, conventos e iglesias de diversos estilos la engrandecen, así como su excelente Museo de Arte religioso, con una colección de pinturas de Zurbarán. Aún rebota por sus calles la memoria viva del genial cantaor Pepe Marchena, a la vez que ese aire de activa parsimonia de la agricultura se impone en La Puebla de Cazalla, en dirección a la Villa Ducal.

Osuna es un prodigio de nobleza: la antigua Universidad, la Colegiata, sus recoletos conventos y sus casas señoriales sólo son una pequeña parte del rico pasado que atesora. Y no se ha dicho aún que una de las más legendarias joyas de estas tierras es de oro: del “oro verde” de su aceite de oliva virgen extraordinario. Sobre una cumbre, anunciando las estribaciones de la Sierra Sur, se derrama Estepa, con su castillo más arriba y todas las señas de identidad de la comarca reunidas en su callejero.

Otra vez en dirección hacia Sevilla, Paradas y Arahal, con amplias muestras de Arte Sacro y célebres hierros de ganaderías de toros y caballos de pura raza. Y Los Molares, alrededor de su castillo, antes de alcanzar Utrera. Un fortín musulmán, dos iglesias prodigiosas, la de Santiago y la de Santa María de la Mesa, además de campanarios y espadañas de conventos, presiden la vida de esta activa localidad cargada de señorío y de solera.

Algunos Museos:
Carmona (Museo y Necrópolis romana)

Paradas (Museo Parroquial de San Eutropio con un lienzo atribuido a El Greco)

Marchena (Museo de Arte Sacro en la Iglesia de San Juan Bautista, con nueve obras de Zurbarán y valiosas piezas de orfebrería y bordado. Museo de Lorenzo Coullault-Valera)

La Puebla de Cazalla (Museo Etnográfico “Molino el Serio”, incluye una maqueta del Castillo de Luna; Museo de Arte Contemporáneo José María Moreno Galván)

Osuna (museo del Convento de la Encarnación con una fantástica colección de azulejos del XVIII; Museo Arqueológico “Torre del Agua”; Museo Sacro de la Colegiata con obras de José Ribera “El Españoleto”)

Estepa (Museo Arqueológico Padre Martín Recio; y Museo del Mantecado “La Estepeña”)

Écija (Museo Histórico Municipal del Palacio de Benamejí; y Museo Iglesia de Santa María con piezas arqueológicas de gran valor)

Fuentes de Andalucía (Museo Local-Casa de la Cultura)




Share and Enjoy !

0Shares
0 0

1 Comment

  1. Manuel De Diego dice:

    Estupenda información.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *