Fragmento del Capítulo 3 de “Historia del Rock Andaluz” de Ignacio Díaz Pérez. Retrato de una generación que transformó la música en España

La segunda entrega en SevillaInfo de fragmentos de adelanto de un libro de de reciente o próxima aparición pertenece al espléndido trabajo del periodista andaluz Ignacio Díaz Pérez titulado “Historia del Rock Andaluz”. Se trata de una obra capital e imprescindible que revisa los orígenes y el desarrollo de un movimiento único que cambió el panorama musical en España. Para ello, Ignacio Díaz Pérez no sólo ha revisado las fuentes documentales y discográficas, sino que ha llevado a cabo una laboriosa tarea de documentación mediante entrevistas con muchos de los protagonistas de aquella aventura.
Para la ocasión, el propio autor ha efectuado para SevillaInfo una selección de fragmentos inolvidables de esta obra imperecedera que sirve como perfecta introducción al relato completo de la edición en Almuzara y Centro de Estudios Andaluces.

 

HISTORIA DEL ROCK ANDALUZ
Retrato de una generación que transformó la música en España

IGNACIO DÍAZ PÉREZ

Fragmento del Capítulo 3

(NOTA: He elegido este fragmento porque describe el contexto social en el que surge esa música nueva que con el tiempo recibiría el nombre, más o menos acertado o desacertado, de rock andaluz, y el germen de El Garrotín de los Smash, considerado el punto de partida de esta nueva música y de cuya grabación se cumplen en 2021 cincuenta años)

 

Sevilla, 1968. Los Remedios es un barrio conservador, pero no rancio. No le ha dado tiempo aún. Las viviendas más antiguas, las que constituyen el núcleo original, se entregaron en 1943. Y no es hasta los años 50, en paralelo al acuerdo para la instalación de las bases americanas en España, cuando comienzan a construirse los bloques de viviendas que fueron conformando el entramado urbano de este barrio sevillano que se reparte con Triana la margen occidental del Guadalquivir. No se puede decir, ni siquiera, que estrenara mayoría de edad en esa fecha, pues entonces, en España, la mayoría de edad estaba fijada todavía en los 21 años.

En el número 32 de la calle Virgen del Valle —hoy es un centro especializado en Fisioterapia, y ha variado la numeración— estaba el club Dom Gonzalo, propiedad de un jovencísimo Gonzalo García Pelayo, un personaje fundamental en la historia cultural de la España del tardofranquismo y la Transición, que aún no se había desvelado como el peculiar director de cine que luego fue ni, mucho menos, el jugador profesional capaz de hacer saltar la banca de los casinos de Las Vegas. El club lo frecuentaban los jóvenes músicos que pululaban por la Sevilla de la época y los no menos jóvenes líderes de un Partido Socialista en la clandestinidad, de cuya existencia ni los más cercanos sabían. «Por eso lo cerraron», recuerdan Gonzalo y Javier García Pelayo, su hermano y manager de buena parte de los grupos de rock andaluz que han existido. Estos jóvenes políticos iban por el club, como el resto, a oír la música que se ponía en el Dom Gonzalo. Allí se podían escuchar discos que no se conocían en ningún otro sitio en la España del momento.

«Era algo único. Pink Floyd, por ejemplo, no se escuchaba en ningún otro lugar, no sólo de Sevilla, sino de toda España. Yo traigo los primeros discos de Pink Floyd mucho antes de que tuvieran el éxito de Dark Side of the Moon. Como el A Saucerful of Secrets, o el primero de Jimi Hendrix, Are You Experienced?, que es un disco que me fascinó desde el primer momento cuando lo escuché y tardó mucho en empezar a conocerse ligeramente en España», recuerda García Pelayo, para quien este álbum tuvo una influencia extraordinaria y fundamental en los músicos sevillanos del momento.

Para algunos de los asiduos a la discoteca, sin embargo, la oportunidad de escuchar aquella música era también una excusa para convertir el local en uno de los cuarteles sevillanos del partido de Isidoro, el alias que utilizaba Felipe González durante su etapa de clandestinidad. «El club tenía algunos rincones que garantizaban cierta discreción, y allí se reunían sin que lo supiéramos», cuenta Gonzalo. «Los teníamos delante de nuestras narices y ni nos enteramos. Sabíamos del Partido Socialista en Francia, pero no teníamos ni idea de que en España y en Sevilla existía el Partido Socialista y, sin embargo, éramos amigos de todos sus dirigentes».

De hecho, el grupo Smash, auspiciado por el propio Gonzalo García Pelayo entre los músicos que iban por el club Dom Gonzalo, participó junto a la compañía de teatro Esperpento de Alfonso Guerra —al que también conocían del Cineclub Vida— y Amparo Rubiales —entonces en el PCE—en una gira con la tragedia de Sófocles Antígona.

Y Felipe González, más de una década antes de convertirse en presidente del Gobierno, fue el abogado que peleó ante el Tribunal Supremo el cierre del local, decretado por una orden gubernativa en 1970. «Era el único abogado sevillano que conocíamos que estaba acreditado en Madrid. Perdimos, claro. El caso ya venía perdido, no porque fuera  mal abogado, sino que la sentencia ya estaba dictada». El Partido Socialista «era tan clandestino, que ni la gente más cercana tenía ni idea de que existía. Nosotros no lo sabíamos, pero la Policía sí. Y por eso nos cerraron el club. No fue por el rollo hippy ni por otras cosas, fue por eso». La discoteca había pasado, en palabras de Javier García Pelayo, «de ser centro de reunión, que ya es importante, a un foco de opinión. Y esos son los locales que trascienden y que suele cerrar el poder. Sobre todo en aquella época».

No obstante, la importancia, trascendental, del club Dom Gonzalo en la historia del rock andaluz y de la música española no tuvo nada que ver, sin embargo, con las intrigas políticas que se podían estar viviendo en aquel momento, cuando el franquismo comenzaba ya a mostrar síntomas de agotamiento y los españoles empezaban a demandar cambios de muchos tipos. O al menos no de una forma directa. En el Dom Gonzalo, como ya se ha apuntado, nació Smash, y este hecho sí fue determinante en lo que ocurriría a partir de entonces en el panorama musical español y no sólo en el andaluz.

Dom Gonzalo no era exactamente una discoteca, era más bien un club, un concepto que entonces aún no estaba del todo definido. Había otros en Sevilla, como el Club Yeyé, en San Laureano, a donde también acudían los músicos de la época a tocar. «Los americanos de la base de Morón y de San Pablo —junto al aeropuerto hubo también un hospital militar americano, abandonado pocos años más tarde, cuando se construyó el Hospital Macarena— venían con sus discos, porque querían escuchar su música. Algunos querían aprender flamenco en Morón, con Diego del Gastor, pero eso nosotros no lo sabíamos en aquel momento. Y la mayoría lo que quería era escuchar su música cuando se iban de fiesta en sus días libres. Y venían al club con sus discos para que los pusiéramos. Y cuando nos los traían se sorprendían al ver que muchos de ellos ya los teníamos nosotros».

Las bases americanas jugaron un papel fundamental trayendo a España la música que en aquel momento se hacía fuera de nuestras fronteras. En Rota, la radio de la base no dejaba de emitir las canciones de todos esos grupos de cuya existencia ni se sabía en esta parte del mundo. Y las ondas saltaban las vallas y las alambradas y escapaban al control de las garitas, hasta colarse, a través de los transistores, en las casas y las cabezas de los jóvenes españoles que ansiaban descubrir ese nuevo mundo musical, hasta entonces vedado.

«En aquella época —recuerda Javier—, el ejército americano y casi cualquier otro ejército, podía transmitir un hecho cultural, porque era un ejército de leva, es decir todos los chavales tenían que ir a la mili, menos los que quemaban la cartilla y se escapaban y esas cosas… En esa época, en el ejército había hippies, y había estudiantes, y había también gente progresista a la que le había tocado ir. Eran militares obligados, con lo cual ellos traían su cultura… Yo dudo que ahora mismo las bases americanas tengan el nivel cultural que tenían entonces, porque ahora son profesionales, nadie va obligado, sino porque le gusta y quiere. Nosotros veraneábamos en Chipiona y estábamos siempre muy cerca tanto de la gente de la base de Morón como de la de Rota. Y tanto en Rota como en Sevilla, los americanos que había, iban o venían de Vietnam. Y en ambos casos estaban muy excitados. Los que iban, porque iban, y los que venían, porque ya venían. Y la gente cuando está excitada es cuando de verdad se desarrolla y da lo que tiene en el plano creativo. También había muchas broncas, ojo, porque como el ejército era de leva, algunas veces te encontrabas con el típico cateto que la lía…».

Salían de las bases, bebían, se peleaban… «Alguna vez tuvimos algunos problemillas con los americanos, no era todo luna de miel», señala Gonzalo. «Se peleaban entre ellos, no con nosotros, pero nos complicaban la vida. Llegaba la policía española y en vez de detenerlos a ellos me llevaban a mí a comisaría. No es que me detuvieran, pero me llevaban a mí para declarar. Cuando yo no me había peleado con nadie y la policía debía ir al club para protegernos a nosotros. La policía americana, sin embargo, siempre venía a protegernos. Y al que cogían peleando se lo llevaban a Vietnam. La consigna era, si quieres pelear, tenemos un sitio donde te vas a hartar. Pero con nosotros, no… Hombre, alguna vez alguno borracho, que se quería ir sin pagar, pero teníamos unos camareros muy bravos —Javier menciona a Iglesias—, que se fajaban con cualquiera… Pero eso fue anecdótico».

En ese ambiente de interculturalidad nace Smash. Se forma allí mismo, en el Dom Gonzalo, con músicos provenientes de Foren Dhaf, como Julio Matito y Antonio Samuel Rodríguez, y Gualberto García. Más tarde se les unirían el danés Henrik Liebgott, a quien el grupo conoció en 1969 en una playa cuando se dirigía al Festival de Grupos del Estrecho, organizado por Jesús Quintero en Algeciras —el danés tocó con ellos ese día, sin haber ensayado, y ganaron el festival—, y Manuel Molina, ya al final, justo a tiempo de grabar El Garrotín, poco antes de la disolución del grupo. «Los Smash empezaron a trabajar muy bien, tenían composiciones propias y hacían versiones de temas como el Paint in Black de los Rolling Stones, que lo hacían maravillosamente, varios de Jimi Hendrix, en fin, de todo lo que era el rock de esa época», cuenta García Pelayo. «Y probablemente, además, fue el primer grupo de rock, casi, que hubo en España, porque hasta entonces lo que había eran grupos de rock and roll. En Madrid había mucho rock and roll, pero rock, ese típico trío con los melenas, como los Cream, que eso ya no es rock and roll, es rock, eso no había entrado aún en Madrid. En España prácticamente no existía. Algo empezaba a haber en Barcelona, pero era muy poco. Y Smash lo estaba haciendo a finales de los 60 y principios de los 70 en Sevilla».

Smash era continua improvisación. Alfonso Guerra en el documental Underground, la ciudad del arco iris, dirigido por Gervasio Iglesias, cuenta, cuando tocaban en la gira de Antígona, que se sabía cuándo empezaban pero no cuando terminaban. «Aquello fue un éxito enorme, pero los actores tenían que esperar a que terminaran y no sabían nunca cuándo tenían que retomar el texto… Cuando graban Scouting, que fue su primer single —cuenta Javier—, Gonzalo les alquila una nave en el campo, les pone el equipo y les pide una canción por semana. Ellos no paran de tocar, pero yo no los veo ensayar, ni repetir nada. Y llega un lunes Gonzalo, pregunta por la canción, y Julio le dice que sí, que la tienen. Yo me quedo un poco flipado, porque no me había dado cuenta de que tuvieran ninguna canción, y entonces le dice Gualberto a Julio: ¡Julio, ese blues en La que tenemos! Y ahí tenían la canción». Doce compases, escala pentatónica… y a improvisar.

Gonzalo García Pelayo, antes de Smash, ya había sido manager de otra banda en Sevilla, los Gong, que hacía rhythm and blues, pero que en aquel momento se había disuelto. Los instrumentos que tocó Smash en un primer momento fueron, precisamente, los que había tenido Gong. «Me quedé tan huérfano cuando se deshizo Gong, que yo quise seguir siendo manager de un grupo… Los mismos Gong (Mané, José María Ruiz Frutos, Pepe Saavedra, Pepe Sánchez, José Luis, Silvio y Miguel Ángel Iglesias) me habían hablado maravillas de Gualberto y nucleando alrededor de Gualberto buscamos a los otros dos componentes, que fueron dos tíos con muchísima inspiración, como Julio y Antoñito. Pero fue un poco por ese vacío, fue una necesidad, porque yo quería tener la capacidad de desarrollar algunas ideas que empezaba a tener en mi cabeza y que no había podido plantear con los Gong, porque se disolvieron pronto. De hecho, Smash no empieza haciendo rock andaluz, ellos se tiran por lo menos dos años haciendo rock, eso sí, con material propio, componiendo ellos, lo que no hacía Gong. Componen I left you, que suena un poco a Hendrix, a Zappa, o Scouting, que es más country-rock…».

Es en París, donde vive en aquel momento Gonzalo García Pelayo y donde entra en contacto con una música desconocida entonces en España y que él pone en su discoteca, cuando empieza a pergeñar una nueva idea en torno a la música popular que se está haciendo en España o la que podría empezar a hacerse. Gonzalo señala el día que escuchó por vez primera el Sketches of Spain de Miles Davis cuando el concepto de música con raíces empezó a tomar forma en su cabeza.

«Cuando yo escucho este disco de Miles Davis siento una especie de nostalgia de que tenga que ser un negro americano el que nos marque el camino. Andalucía siempre ha tenido la mejor música de España y una de las mejores del mundo, patrimonio inmaterial de la humanidad ahora mismo, que es el flamenco. Pero en la degeneración general que se había producido en el arte y en la expresión popular durante el franquismo, habían tomado el mando otras ciudades, fundamentalmente Madrid. Todavía pasa eso, y que gente como Sabina o Miguel Ríos, que son andaluces, tienen mucho peso en la música española. Igual que la poesía española no se concibe sin la poesía andaluza, lo mismo ocurre con la música. Y si la música andaluza no está en la vanguardia, es por algún hecho raro, porque no tiene posible comparación con la que se hace en otras zonas de España».

«Yo me voy a París a ver cine, fundamentalmente, pero allí estoy también muy al día de la música que se está haciendo. Es allí donde se siembra la semilla de esta idea del rock andaluz… En el Sketches of Spain, el jazzista americano, con unos arreglos formidables, los mejores arreglos, casi, que se han hecho nunca en una grabación moderna, toca temas españoles, saetas, soleás… Ese disco me fascina desde el primer momento. Y entonces me pregunto: si un americano hace esto, ¿por qué no lo hacemos en España? Todo eso ocurre en París», recuerda Gonzalo García Pelayo.

«Aquello no era exactamente rock, le faltaba el componente generacional. El concepto de rock es muy importante en todo este proceso, lo que aglutinó a toda la juventud del mundo occidental en aquel momento. Tú veías a un tipo con los pelos largos y no hacía falta que te lo presentaran. Ya era tu amigo. Eso es el rock. Cualquier extranjero que llegaba a Sevilla con los pelos largos, entre los doscientos o los quinientos que estábamos en Sevilla con los pelos largos enseguida era aceptado sin saber quién era ni nada. Ésa era la ideología del rock». Pero, musicalmente, el encuentro con aquel disco fue proverbial.

Javier recuerda una conversación en el apartamento que había encima de la discoteca Dom Gonzalo, donde García Pelayo convocó un día a los Smash. Éstos ya llevaban un par de años tocando y se habían ganado el reconocimiento como uno de los mejores grupos de rock del momento en España. «Eran fantásticos, pero estaban haciendo un rock, por decirlo de algún modo, extranjero. Incluso cantaban en inglés», cuenta. «Yo asistí a esa reunión, porque yo ya era el road manager de Smash, y me acuerdo de que Gonzalo empezó a poner música, un disco de Leadbelly, un bluesman negro fantástico, y otro de flamenco, no me acuerdo ya de cuál… Empezó a poner discos de uno y de otro y a comentar las similitudes de sentimientos y de formas expresivas, y empezó a hacer consideraciones sobre la necesidad de que al lenguaje del rock, que los Smash manejaban muy bien, se le metiera alguna cosa de entidad propia para que los jóvenes pudieran verse reflejados en esa música con hechos culturales propios. Es difícil verte reflejado en Mick Jagger o Jimi Hendrix, que son gente con otra cultura, con otro idioma…».

A propósito del idioma, los hermanos García Pelayo recuerdan que aquellos grupos con los que trabajaron en Sevilla, al menos la mayor parte de ellos, cantaban en inglés sin saber ingles. Era una lengua que la mayoría desconocía y que habían aprendido, lo que habían llegado a aprender, oyendo a los grupos y cantantes anglosajones. Y por eso siempre recurrían «a una base fundamental de letra, que era In the summertime, I play the guitar. Y con eso, más o menos, desarrollaban todas las emociones que querían. Tenían suficiente alimento», dicen entre risas. El único que de verdad sabía inglés era Gualberto, que había pasado un tiempo en América y regresó conociendo la lengua. «Pero los demás, casi ninguno. El que más, lo chapurreaba».

Limitaciones idiomáticas aparte, lo que les planteó Gonzalo García Pelayo a los Smash era que para hacer las cosas como King Crimson ya estaba King Crimson. «Ésa fue la charla. Para hacer las cosas como Jimi Hendrix, que lo hacía muy bien, por cierto, ya estaba el propio Jimi Hendrix, que además todavía estaba vivo. Gong cantaba maravillosamente la música negra, por Otis Redding… No voy a decir mejor, porque sería una exageración, pero casi igual, lo hacían maravillosamente bien. Los negros americanos que venían por el club se quedaban locos escuchando a Gong, no se lo creían. Pepito Saavedra era un gitano que tocaba la batería y cantaba maravillosamente. Hacían una versión de Try a Little Tenderness, uno de los grandes temas de Otis Redding, que era fantástica. Pepito se podía pensar que era todavía mejor que Otis Redding, y de verdad que los negros que iban por la discoteca se quedaban extasiados… En España nadie conocía aquella música, era una novedad absoluta. Nosotros lo conocíamos porque los negros de las bases americanas venían a la discoteca y lo traían. La especialidad de Gong era claramente el rhythm and blues y Otis Redding, como de Smash su especialidad eran Jimi Hendrix y Frank Zappa».

La propuesta causó cierto estupor entre los músicos, pero enseguida algunos tuvieron la capacidad de ver más allá de las palabras de Gonzalo. «A Gualberto le pareció una idea extraordinaria desde el principio, y Julio [Matito], que era un tipo capaz de aglutinar a todos los que estaban a su alrededor, también supo captarlo. Incluso Henrik, que al principio no sabía si sí o si no… A Antoñito, el batería, y a mí no nos gustaba demasiado la idea. Nosotros éramos del rollo hippy, el rock y tal, y no queríamos tener nada que ver con el flamenco. Pero Gualberto y Julio Matito lo cogieron rápido. Entonces, se habló de meter gente, y alguien mencionó a un gitano hippy que escuchaba a Jimi Hendrix, que yo conocía porque coincidíamos en casa de una americana, y Gualberto que también lo conocía, dijo que él había estado tocando con Manuel y que era un tío estupendo y tal…».

Gonzalo García Pelayo no conocía aún a Manuel Molina, aunque todas las referencias que tenía de él eran positivas. «Por eso yo siempre digo que Lole y Manuel, claro que tienen que ver con todo esto del rock andaluz. ¡Si están en la génesis misma! Más por la participación de Manuel en Smash que por lo que luego hicieron ellos dos. Pero estaban». De aquella reunión se salió con la idea clara de darle un giro a lo que venía haciendo Smash, introduciendo algún elemento propio de la cultura autóctona. «No recuerdo bien por qué Gonzalo se distanció del grupo», apunta Javier. «Yo también estaba estudiando y es verdad que nos distanciamos, y al final ese disco lo hizo Smash en Barcelona con Oriol Regás, con Alain Milhaud como productor, y otra gente».

Aquello ocurrió a finales de 1971. Ricardo Pachón era el nuevo manager del grupo y sacó a Manuel Molina, que ya estaba comprometido con Smash, del cuartel donde estaba haciendo la mili para grabar el disco. Fue un sencillo, que en una cara llevaba El Garrotín, cantado en inglés y en español por Manuel, y en la otra Tangos de Ketama. Pese al enorme éxito comercial del disco, sobre todo del tema de la cara A, el resultado final no fue precisamente del agrado de los músicos.

«Luego yo me reincorporé y volví a ser manager de Smash —continúa su relato Javier García Pelayo—, cuando ya ellos se pelearon con Oriol Regás. Tardaron muy poco, un mes o dos después de tener el disco. Fue tener el éxito y enfadarse con él. Vamos, que Manuel Molina le pegó una guantá a Oriol Regás en Bocaccio, en su feudo, delante de todo el mundo. Justo al día siguiente llegué yo, creyendo que estaba todo de puta madre y no lo estaba. Y nos volvimos a Sevilla todos».

EL MANIFIESTO DE LO BORDE

Todo esto tiene una enorme relación con el llamado Underground, un movimiento estético y vital que tenía en España dos núcleos bien identificados, Barcelona y Sevilla. Los Smash firman el llamado «Manifiesto de lo borde», que publican casi al tiempo de sacar su primer LP, Glorieta de los Lotos, y en el que apuntan que «no se trata de hacer flamenco-pop ni blues-aflamencados, sino de corromperse por derecho, y sólo puede corromperse uno por el palo de la belleza… La diversión no es el cachondeo, sino la bronca que te pega la belleza. Imagínate a Bob Dylan en un cuarto, con una botella de Tío Pepe, Diego del Gastor a la guitarra y la Fernanda y la Bernarda de Utrera haciendo compás. Y dile a Bob Dylan que cante sus canciones. ¿Qué le entraría a Bob Dylan por ese cuerpecito? Pues lo mismo que a Manuel Molina cuando empieza a cantar por bulerías con sonido eléctrico: Aunque digan lo contrario, / yo sé bien que esto es la guerra, / puñalaítas de muerte / me darían si pudieran».

«La ideología era la vida, la forma de vivir», explica Gonzalo García Pelayo a propósito del ambiente que se vivía en el club Dom Gonzalo. «Cuando tú ejerces la libertad no tienes que reclamarla. La ideología era el rock».

El Garrotín supuso el embrión de la música a la que más tarde terminaría colocándosele la etiqueta de rock andaluz. En él empezó a tomar forma la idea de introducir elementos de la cultura propia en el rock, que era el lenguaje universal de la juventud en ese momento. Smash lo hizo, aunque yuxtaponiendo los dos estilos: Tocaban rock y, de repente, se metían por el lado del flamenco, y luego otra vez volvían al rock… Hasta la irrupción de Triana, nadie fusionó el rock y el flamenco, la raíz con lo aprendido, lo propio con lo ajeno, creando una nueva realidad.

 

http://www.grupoalmuzara.com/a/fichalibro.php?libro=3535&edi=1




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