En memoria de Hugo Stuven, uno de los grandes de la TV, fallecido en Madrid a los 80 años

Hubo un tiempo en que un rumano, Valerio Lazarov, nos acostumbró a ver la TV musical con ojos de psicotrópico, y un chileno de Valparaíso, Hugo Stuven, nos convocaba al orden y al concierto.

Tenía aspecto de ogro o de titán y rostro de villano de frontera en un western almeriense, pero era un hombrón gigante, tierno y amistoso, con el que bromeabas al calor de su sonrisa y que transmitía siempre el aplomo de quien sabes al mando de una navegación segura en un plató de TV.

Conocía el oficio de realizador desde los primeros peldaños, como regidor en TVE, intermediario de las órdenes directas de un comando destinado a concitar a millones de ojos que atrapaban la realidad a través de su mirada.

Te daba la mano y era como si te diera un abrazo un oso de peluche al que le confiarías tus secretos más solemnes. Generoso y desbordante en el trabajo traía los galones incorporados de fábrica y conocía todos los secretos de una técnica que se fue sofisticando a medida que se multiplicaban los ingenios y los trucos destinados a la magia de las 625 líneas.

Coincidí con él y compartí algunas sesiones de plató en las numerosas galas que abarcó a lo largo de su biografía, entrenado en toda suerte de batallas musicales con programas ya legendarios como “Aplauso” y múltiples y variados programas de entrevistas y entretenimiento donde su ordenado fuelle oxigenaba el contenido que los guionistas nos empeñábamos en espesar con sinécdoques y dobles intenciones.

Su presencia en los espacios televisivos de Chicho Ibáñez Serrador, de Fernando Navarrete o de Pilar Miró garantizaban la secuencia exacta de una narración técnica simplificada y próxima a la perfección, porque parecía tener un metrónomo adaptado al ojo humano que secuenciaba el relato complejo de los escenarios donde desfilaban artistas de música y baile como si fuera un circo de seis pistas encendido y ardiendo.

Fue como un padre putativo para todos los que le conocieron o trabajamos bajo su atento control a los detalles y al que siempre admiraremos. A sus 80 años, ese maldito virus ha venido a llevarse por delante la humanidad reconcentrada de un portentoso hombre de la TV.

Descanse en paz.




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