El gran jurista que tenía el Estado en la cabeza, adiós a Manuel Clavero Arévalo

A nadie le interesa que fue mi más querido y ajustado profesor en la Facultad de Derecho de Sevilla, ni tampoco mi más impecable y cercano vecino de localidad en la barrera de los toros, o el rival de tenis más implacable en Punta Umbría a su avanzada edad, por encima de los de 70 años, o primo hermano de mi madrina de bautismo, o mi abogado ocasional cuando hubo que pleitear con la Administración socialista a propósito de un organismo en el que se cometían irregularidades caprichosas y que luego el TSJA corregía con los argumentos sabios y más ajustados a Derecho que él proporcionaba.

Lo que a la Historia importe no será nada de esto, desde luego, sino su papel entre paternal y comprometido con las aspiraciones de Andalucía, anteriores incluso a la construcción misma del proceso de creación de las autonomías cuando ya escuchaba y compartía en buena medida la preocupación y algunos de los planteamientos de un joven Alejandro Rojas-Marcos que reclamaba más poder andaluz para esta tierra.

Venía de ser rector de la Universidad de Sevilla y de presidir una de las Cajas de Ahorros cuando llegó la democracia y desde su sapiencia como catedrático de Derecho Administrativo no fue el artífice del Título VIII de la Constitución, pero sí un firme defensor de que Andalucía debía entrar en pie de igualdad al resto de regiones que buscaban en ese entramado una vía de privilegios.

Ocupó la cartera de Cultura con UCD y luego la de Ministro para las Regiones y auspició la salida del escollo que quisieron ponerle a los andaluces para acelerar el paso anunciando su dimisión y emprendiendo una carrera para apoyar el referendum que le negaba su partido. Presionó hasta donde pudo para que las reivindicaciones del PSA de Rojas-Marcos obtuvieran el premio de una consulta, aunque tramposa o torticera, y dejó asentada la opinión de que aquello había resultado inadmisible para tales pretensiones.

Aunque luego lo volvió a intentar con un partido propio, finalmente prefirió la retirada de la política activa y se convirtió, sin contar con su opinión, en una especie de padre putativo de la autonomía andaluza con su “café para todos”, lo que unido a sus incontestables juicios sobre las cuestiones administrativas le situaban en una suerte de papel de “segundo padre de la patria”, alejado de las eventualidades y de los oportunismos de los unos o los otros.

A sus 95 años, el viejo profesor, que nos enseñaba en clase una caballerosidad fuera del tiempo y que convertía la temprana hora (sus clases de Tercero de Derecho comenzaban a las 8 de la mañana) en una caricia, a pesar de los conceptos alambicados y complejos que desgranaba, nos ha dicho adiós desde su retiro en la Plaza de Cuba de Sevilla, donde hasta hace poco aún revisaba legajos, demandas y reclamaciones para tratar de poner en orden ese inmenso puchero humeante que es siempre el Estado y que él llevaba incorporado en su prodigioso talento de jurista.




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