El Ayuntamiento de Sevilla y sus obras. García de Vinuesa (II)

El Ayuntamiento de Sevilla y sus obras. García de Vinuesa (I)

Hola de nuevo, estimados lectores. Esta semana continuamos con este personaje tan importante por su hacer y personalidad para nuestra ciudad.

Hay otros hechos y acontecimientos  que se produjeron durante el gobierno de Vinuesa al frente del ayuntamiento que son dignos de mención:

Su mandato tuvo lugar en la Sevilla de los duques de Montpensier, instalados en el palacio de San Telmo (antigua Escuela Náutica reformada), que convirtieron la ciudad en una pequeña corte.

García de Vinuesa era hombre de arraigadas convicciones liberales, sin embargo llegó a un acuerdo con las autoridades eclesiásticas devolviéndole a la festividad del Corpus Christi toda su solemnidad de antaño y, además, mantuvo tradiciones religiosas, comenzándose a izar la bandera de la Inmaculada Concepción en vísperas de su fiesta durante su mandato. También tomó una serie de medidas respecto a la Semana Santa para atraer al turismo foráneo; en 1860 el ayuntamiento gastó 10.000 reales en un fastuoso monumento eucarístico para el Jueves Santo, a partir de 1861 se concedieron subvenciones a las hermandades de Semana Santa para que enriquecieran su patrimonio y en 1863 ordenó colocar en el andén del ayuntamiento un amplio número de sillas de alquiler para ver las cofradías  prolongándose el recorrido obligatorio de la carrera oficial de las hermandades, tras salir de la catedral, por las calles Placentines y Francos hasta la confluencia con la Cuesta del Rosario ( si bien en 1901 se suprimió dicho trayecto, terminando la carrera oficial en la catedral ).

Puso especial interés en que Sevilla estuviera bien abastecida de géneros, aspecto descuidado por anteriores ayuntamientos, vigilando constantemente los mercados, para que hubiera exactitud en las pesas y medidas, orden y policía y cumplimiento de las prescripciones higiénicas respecto a los alimentos, así como consideración hacia el público, so pena de multas o arrestos.

Ensayó con éxito el alumbrado eléctrico, y apostó decididamente por él, ya que la luz eléctrica se consideraba más segura y eficaz que el gas, además de tener ventajas económicas e higiénicas y la exhibió por la ciudad, escogiendo las noches de Feria para mostrar las ventajas de este nuevo descubrimiento. De esa forma hubo una Feria de abril de Sevilla iluminada para siempre (sustituyendo la electricidad, a partir de ese momento, al gas). No obstante, antes se tomaron una serie de medidas y de novedades con respecto a la Feria: Tras canalizar parte del arroyo Tagarete, se amplió el Real de la Feria en 1859, lo que permitió la separación entre los tratantes de ganado y la zona más festiva hacia la Enramadilla; en 1860 se unificó el aspecto de los tenderetes de buñuelos, comidas y despachos de vino, y se alinearon desde el puente del Tagarete hacia la Enramadilla 237 puestos de venta. En 1862 se estrenó el nuevo acondicionamiento del terreno desde la Puerta de San Fernando a la Enramadilla; en 1863 el Tagarete ya estaba canalizado desde la Puerta de la Carne hasta su desembocadura en el río Guadalquivir, y en el listado de casetas ya figuraban datos del Casino del Duque, del Círculo de Labradores y del Círculo Mercantil. En ese mismo año visitó la Feria Eugenia de Montijo, emperatriz de Francia y, por primera vez, se instaló en la zona de atracciones el circo Price; en 1864  se usaron fuegos artificiales por primera vez en el cierre de la feria, y empezó el cambio del alumbrado de petróleo por el de gas.

Fue un alcalde muy querido y respetado, solía sacar a presos de la cárcel pagando dinero de su bolsillo, y también solía destinar íntegramente su salario para socorrer a los sevillanos más necesitados, contribuyendo también a ello con su peculio particular,  ya que además era muy caritativo. Hizo resurgir y avanzar a  Sevilla, que adquirió tal auge que los barcos de vapor de su compañía hacían la línea  Sevilla- Marsella, y cambió su antigua fisonomía hasta el punto de que el poeta Gustavo Adolfo Bécquer que, aunque se había instalado en Madrid, volvió brevemente a Sevilla, después de diez años, encontró la ciudad cambiada, asombrándose al no reconocerla.

Otro aspecto importante del mandato de García de Vinuesa fue la gran actividad que llevó a cabo la Guardia Municipal -la policía local de entonces- de día y el cuerpo de senos de noche, velando por el cumplimiento de los reglamentos, ordenanzas y bandos municipales, así como por el mantenimiento del orden público y seguridad ciudadana, sancionando las infracciones y combatiendo todo tipo de vicios y delitos. Había dos puestos: uno en Triana y otro en la Plaza de San Pedro. También se ocupaban de llevar a los mendigos al Hospicio y a los que tenían familia a sus casas, los heridos a los hospitales y atendían también a los ancianos, etc… El alcalde García de Vinuesa, que era inteligente, valoraba el buen servicio que prestaban estos agentes, apoyando siempre sus reivindicaciones y procurando, además, que tuvieran disciplina y buen comportamiento con los vecinos de Sevilla. Por otra parte Vinuesa mantuvo el cuerpo de alguaciles que estaba a punto de extinguirse, asignándoles una serie de funciones, tales como la vigilancia de las dependencias municipales y de la celebración de las sesiones de los órganos y comisiones del consistorio, asistencia del alcalde, subalternos, escoltas, entre otras.

En aquella Sevilla que García de Vinuesa estaba creando surgió un incipiente turismo, abriendo la iniciativa privada Fondas que se anunciaban con prestaciones europeas (como menús franceses), o los ferrocarriles publicitando descuentos, iniciándose obras de restauración de la Torre del Oro. El 1 de mayo de 1861  se apeó de la primitiva estación de Cádiz  la emperatriz de Austria- Hungría (la popular Sissí) para visitar Sevilla, hospedándose en la Fonda de Londres, y parece ser que Vinuesa le envió diariamente como obsequio espléndidos  ramos de flores a su habitación en nombre de la ciudad y del cabildo municipal.

También se creó una Escuela sevillana para formar ingenieros, que eran escasos en aquellos momentos y se necesitaban para acometer las profundas reformas urbanísticas que la ciudad de Sevilla estaba experimentando en estos años, como los ferrocarriles o la instalación del gas y, algo más tarde, la instalación eléctrica, para, de esta manera, no tener que recurrir a ingenieros extranjeros.

El 18 de septiembre de 1862  la reina Isabel II visitó Sevilla con la familia real, parte del Gobierno y un numeroso séquito, descendiendo del andén de la estación de ferrocarriles de Córdoba,  y preparándole el alcalde García de Vinuesa un recibimiento apoteósico: la  esperaba con el cabildo municipal  precedido de sus maceros, y  le hizo entrega a la soberana de una carretela como obsequio; la reina subió a la carretela de la mano de Vinuesa, y en medio de un inmenso gentío que vitoreaba al cortejo, marcharon hacia la Catedral, y posteriormente al  palacio de San Telmo,  al Alcázar, atravesando obeliscos, arcos de triunfo, fachadas exornadas y templetes efímeros, decorando especialmente para la ocasión la fachada del Ayuntamiento con un retrato de la reina en el centro de la galería alta. A partir de entonces comenzaron los besamanos, bailes, banquetes, y una sucesión de celebraciones que Vinuesa había comenzado a gestionar dos meses antes con el Ayuntamiento, con el más mínimo detalle, y con gran entrega y acierto, mandando adornar la puerta de Triana con vidrios de color. Aparte de la memoria de los que lo disfrutaron, de tal acontecimiento quedaron un conjunto de crónicas periodísticas y la plasmación fotográfica de un miembro del séquito real: el galés Charles Clifford. La Plaza Nueva se inauguró oficialmente entonces (aunque ya estaba al servicio de los sevillanos), y Vinuesa ordenó levantar allí un pabellón en honor a la monarca, proponiendo a la reina Isabel colocar su estatua en medio de la plaza, pero la monarca prefirió que se colocara la del rey conquistador Fernando III  el Santo, por lo que se proyectó un monumento dedicado al rey San Fernando en la Plaza Nueva.  Isabel II  admiraba a García Vinuesa, que estaba haciendo sus reformas con presupuestos crecientes, y como se comentó al principio de este artículo, la Reina definió públicamente a Vinuesa como “alcalde modelo”.

 

En 1857 García de Vinuesa  presenció el fusilamiento de un numeroso grupo de jóvenes románticos  burgueses en su mayoría, exaltados de ideología republicana que se habían levantado en armas dando vivas a la República y que estaban presos en el ex convento de San Laureano en el Campo de Marte o Plaza de Armas ( donde diariamente hacía la instrucción la tropa ), a los que no había podido salvar al no haberse concedido el indulto que había solicitado para ellos; además de numerosas peticiones de clemencia, entre ellas la  de la infanta María Luisa, duquesa de Montpensier sin éxito. Vinuesa quedó anonadado, desolado e impotente , pues algunos de ellos eran hijos de amigos suyos o empleados de sus  oficinas municipales, y se sentó en una piedra de granito  que había delante del muro del ex convento de San Laureano, cerca de  la puerta Real,  donde lloró amargamente, por no haber podido frenar aquella barbarie, pronunciando las palabras “ Pobre ciudad, pobre ciudad “, ( dicha piedra aún se conserva  casi en el mismo lugar, y recibió el nombre de la “ Piedra llorosa “ ). Tras estos hechos Sevilla quedó horrorizada, habiendo numerosos gritos de lamento.

Al comenzar su mandato ya como alcalde de Sevilla, tuvo lugar la primera guerra de España contra el reino de Marruecos, acaecida entre 1859 y 1860, en la que participaron muchos sevillanos, viviéndose en ese momento un entusiasmo patriótico al recibirse noticias de la victoria del ejército español en la batalla de los Castillejos y la toma de la ciudad de Tetuán, habiendo adquirido auge Sevilla con sus fundiciones de cañones y fábricas de armas. La victoria se recibió con extraordinario júbilo popular, entre el vecindario, desfilando por las calles de Sevilla los generales Prim y O´Donnell en 1860, y por tal motivo, García de Vinuesa rotuló la calle Colcheros como Tetuán y recibió del general Ríos la llave de la puerta de Okla, de la ciudad marroquí de Tetuán; además obtuvo el respaldo del Cabildo para que el ayuntamiento sufragase en parte una Escuela para  la educación de los hijos de los soldados muertos o heridos en combate, para adaptar como hospitales los desamortizados conventos de Capuchinos y de la Trinidad, y  para una suscripción a fin de que España tuviese una escuadra respetable, haciendo levantar en el cementerio de San Fernando un monumento funerario dedicado a los soldados sevillanos muertos en Marruecos.

Como ya se dijo anteriormente, García de Vinuesa dimitió de su cargo en noviembre de 1864, pero volvió pronto, el 28 de junio de 1865, si bien este segundo mandato fue muy breve, debido al brote  de cólera morbo  que se desató  en Sevilla y la asoló en el mes de septiembre de dicho año. Empezó en Triana, y de allí se propagó por Sevilla; en pocos días causó gran mortandad y empezó a cundir el pánico, y todo el mundo quería huir de la ciudad, que poco a poco iba sucumbiendo ante la enfermedad, mientras que Vinuesa, preocupado por la salud de sus conciudadanos tomó conciencia de las necesidades de la población y actuó intentando bajar los estragos que se estaban produciendo y buscando soluciones. Llevó personalmente los asuntos relativos a esa epidemia para combatirla, y, lejos de encerrarse en su despacho, se echó a la calle para palpar la cruenta realidad del cólera en Sevilla y, acompañado de algunos concejales, intentaba ayudar y socorrer como podía a los más necesitados; buscó en la Junta de Sanidad y Beneficencia la oportuna cooperación, a la que consultaba continuamente, llegando a presidirla. Se hizo visible por doquier y, debido a su vocación pública, todas las tardes se dedicaba a visitar personalmente la cárcel, los hospitales y otros establecimientos en donde se encontraban aislados los enfermos contagiados. Dictó un  bando en el que se recomendaba a los vecinos que notasen los primeros síntomas, que acudiesen a los socorros médicos, con el fin de que la deshidratación no debilitase el organismo, y  un largo edicto sobre preceptos de salubridad urbana, policía y prescripciones sanitarias. Se desvivía por establecer las disposiciones más acertadas que ayudasen a frenar la difusión de la enfermedad, y creó campamentos de emergencia con las lonas y los armazones de las casetas de la  feria de abril, refugiando bajo los tenderetes a familias gitanas y humildes que vivían en Triana ( la zona más afectada por el cólera ), instalando también  otros campamentos análogos  en  el prado de San Sebastián y en el descampado del Blanquillo, acogiendo en ellos a familias huidas de las casas de vecinos, distribuyendo él personalmente comida entre ellos. Ocupó al secretario general en repasar las actas para conocer las acciones que se habían tomado en pasadas ocasiones similares, delegó en su teniente de alcalde Francisco Pagés del Corro ( con quien le unía una gran amistad ) la vigilancia del ramo de sepelios y conducción de cadáveres a cargo de la empresa de cargos fúnebres, delegó en otro teniente de alcalde la inspección, visado de cuentas y autorización ordinaria de las obras que tuviese emprendidas la administración en Triana, encomendó a los demás tenientes de alcalde que adoptasen en sus respectivos distritos sin demora cuantas disposiciones reclamasen las circunstancias; estaba presente en los mercados, revisaba los partes transmitidos por las juntas parroquiales cada doce horas y las visitaba después de emitir comunicaciones, circulares e instrucciones; dispuso el hospital de Capuchinos para ingresar a los  enfermos de la epidemia; apuró todos los recursos de experiencias anteriores en la lucha contra la epidemia; obtuvo del Real Patronato la concesión de casas deshabitadas del Patio de Banderas para alojar provisionalmente a otras familias; se mostró incansable en rogar al vecindario para que dieran donativos y de esa forma combatir el desarrollo de la epidemia. A tal fin la Virgen de los Reyes procesionó con rogativas implorando auxilio divino y el fin de la epidemia.

García de Vinuesa descansaba poco y tenía sus facultades físicas algo mermadas; los médicos le diagnosticaron un agotamiento pasajero recomendándole descanso. Hacia mediados de octubre bajó bastante el número de fallecidos, y parecía que la virulencia y letalidad del microbio del cólera morbo había cesado, pero súbitamente rebrotó  y se recrudeció, volviendo a aumentar el número de fallecidos. Vinuesa  enfermó, sintiendo los primeros síntomas el 22 de octubre, al parecer se había contagiado visitando y ayudando a unos enfermos pobres del barrio de Triana, y, desde la cama seguía las novedades que se iban produciendo. La prensa local anunció que el alcalde se hallaba en cama, padeciendo una ligera invasión del microbio, pero el día 26 su estado se agravó falleciendo a las siete de la mañana del día 27, sin que los médicos que le atendían pudieran hacer nada por salvarle la vida.

Este brote de cólera acabó el 6 de diciembre de 1865 y  mató a alrededor de tres mil personas de cinco mil contagios (todavía no se había descubierto la vacuna de esa enfermedad).

García de Vinuesa murió  con las botas puestas, (como se suele decir vulgarmente) prematuramente, en el recto cumplimiento de sus funciones, como ejemplar servidor público, víctima   de la epidemia de  cólera  (Sevilla ya se había visto azotada por varios brotes de esta enfermedad que, normalmente entraban por el puerto y se extendían rápidamente por toda la ciudad). Gran paradoja, aquel hombre que tanto había luchado por erradicar de las calles de Sevilla excrementos y basuras,  acabó siendo presa del cólera y, estando Juan José García de Vinuesa de cuerpo presente, los concejales del Ayuntamiento, reunidos en un Pleno extraordinario el mismo día 27 bajo la presidencia accidental del gobernador civil, agradecidos,  en su memoria y en reconocimiento a su labor, acordaron rendirle honores y ofrecerle un funeral solemne, rotular con su nombre  la antigua calle del  Mar ( actualmente García de Vinuesa ), lugar donde vivía, así como costear la construcción de un mausoleo dentro del cementerio de San Fernando para enterrar sus restos  y proporcionarle una paga a su viuda, ambos aspectos que aún no había contemplado  o previsto Vinuesa ya que , como  se dijo anteriormente, entregaba a los más menesterosos todas las retribuciones que percibía por su cargo de alcalde. Su entierro, a pesar de las circunstancias por las que atravesaba Sevilla, fue una auténtica manifestación de duelo al que acudieron muchas personas, formando parte del cortejo fúnebre las principales autoridades locales así como otras personalidades tan relevantes como el acreditado Manuel Pastor y Landero, junto al que Vinuesa trabajó tan estrechamente; dicho cortejo fue presidido por el gobernador civil, que además asumió la alcaldía corregimiento en sustitución del fallecido García de Vinuesa. En el panteón familiar del cementerio de Sevilla, se encuentran sus restos, los de su esposa y otros miembros de la misma. También se acordó en el pleno colocar en la sala de sesiones, sala capitular, una lápida conmemorativa por los notorios desvelos de Vinuesa en favor del pueblo sevillano, si bien, posteriormente en otra sesión plenaria, se acordó sustituir dicha placa por un retrato que lo inmortalizara y que  perpetuara su memoria; el pintor encargado fue Augusto Manuel Quesada, si bien, por ser de débil factura, el  ayuntamiento encargó en 1866 un segundo retrato, de mayor calidad, al pintor Manuel Cabral Bejarano ( en este retrato se representa a García de Vinuesa de pie, vestido con frac, con la medalla capitular y el bastón de mando, signo de autoridad, para su uso en los actos públicos, y una larga leyenda laudatoria en la parte inferior ), que fue el que se colocó en dicha sala.

Vinuesa fue el mejor alcalde de esa época,  sacó a Sevilla de la rutina, y sirvió de ejemplo para la posteridad, viviendo en la memoria del pueblo sevillano por su filantropía, humanidad y buen corazón.




 

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2 Comments

  1. Marisa dice:

    Artículo muy interesante, como todos los personajes de los que nos hace conocedores D. Andrés…

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