El Ayuntamiento de Sevilla y sus obras. El Cardenal Wiseman (IV)

El Ayuntamiento de Sevilla y sus obras. El Cardenal Wiseman (III)

Esta semana concluimos, queridos lectores, la biografía de Nicholas Patrick Stephen Wiseman.

En 1855 publicó su novela “Fabiola, o la Iglesia de las catacumbas,” que comenzó a escribir en otoño de 1853, estando en Roma, y la terminó en septiembre de 1854, siendo muy pronto traducida a varios idiomas y leída por jóvenes y mayores. Era una obra en la que Wiseman mostraba la historia ejemplar de unos mártires cristianos durante la época de las persecuciones romanas, estableciendo un paralelismo con la situación de los católicos en Inglaterra, y sirviéndole de instrumento útil para su campaña católica en ese país. No fue pensada como una novela aislada, sino como el primer volumen de una serie; en el segundo volumen, que no llegó a escribir, iba a rememorar la época del triunfo cristiano, con lo que pretendía  reafirmar la fe de los católicos y recordarles, al mismo tiempo,  a los anglicanos  la gloriosa historia antigua de la Iglesia. Fue escrita en un período lleno de problemas y de dificultades, pero que, sin embargo, a pesar de todo, logró sacar tiempo para ello, sirviéndole de alivio;  en ella  mostró su personalidad como intelectual, historiador  y apologista, recibiendo numerosas felicitaciones, lo cual le produjo satisfacción.  Y en 1855, también,  consiguió que el Papa nombrase a Errington, antiguo vicerrector del Colegio Inglés – que llevaba casi cinco años de obispo de Plymouth-  arzobispo coadjutor de Westminster para ayudarle en sus tareas, ya que le pesaba bastante  su responsabilidad como cardenal arzobispo, y así, pudo dedicarse más a su vocación de conferenciante y de defensor del catolicismo en Inglaterra. 

En esta etapa, debido a su gran actividad como conferenciante, por su contenido, su manera de acercarse a sus oyentes y la convicción  con que hablaba, fue desapareciendo su imagen de agente  del Papa y de la Inquisición que pretendía agredir y destruir la libertad inglesa y, además, empezó a presentarse ante el público de un manera menos pomposa, usando el ropaje cardenalicio solo en ocasiones especiales, posiblemente por las recomendaciones que le hicieron durante su estancia en Roma en 1853 y 1854. A partir de ahora,  su salud empezó a declinar visiblemente, su cuerpo se volvió más pesado, le costaba mucho trabajo moverse, y, poco a poco fue perdiendo su energía de antaño.

En julio de 1855 se celebró el segundo sínodo de la Iglesia católica en Inglaterra, más corto que el anterior, en el que se puso un poco de orden en las donaciones que se hacían a la Iglesia, se trataron algunos  asuntos menores, como la aprobación de una nueva traducción de la Biblia de la que Newman sería su editor (aunque no se llevó a cabo), y se pasó por alto, quizás por falta de tiempo o de información suficiente, el establecimiento de los seminarios diocesanos requeridos por el concilio de Trento en las diócesis, faltando, además, dinero y  personal, por lo que siguieron educándose juntos seminaristas con jóvenes católicos que no aspiraban al sacerdocio, situación que Roma no veía con buenos ojos. 

Wiseman siguió pronunciando conferencias  y escribiendo artículos  para la Dublin Review, porque seguía pensando que uno de sus principales deberes  era exponer ante el público inglés las creencias y la doctrina moral de los católicos, dedicándose también a dar ejercicios espirituales a personas de todas las clases sociales. Su preocupación por los pobres lo llevó a animar a las comunidades religiosas femeninas de vida no contemplativa para que se establecieran en Londres y en otras ciudades inglesas con el fin de servir a los enfermos, ancianos y niños  pobres con dedicación y cariño. También fue el primero en abrir  reformatorios católicos en Inglaterra para atender debidamente a jóvenes delincuentes, y creó  escuelas de formación profesional acogiéndose a fondos estatales.  En 1857 consiguió que se fundara en Londres la Congregación de los Oblatos de San  Carlos Borromeo, formada por sacerdotes itinerantes dedicados a predicar a las masas de las grandes ciudades y atraerlos a la Iglesia católica. 

En 1858 Wiseman publicó en Londres “Recuerdos de los cuatro últimos  papas y de la Roma de sus tiempos”, libro de memorias- casi autobiografía-, basado en una serie de conferencias que dio en Londres sobre la situación de la Iglesia  en Roma durante los años que vivió allí, y donde expresaba el afecto que recibió de los cuatro pontífices, que lo quisieron como a un hijo. En ese año,  asistió a la celebración del cincuentenario del colegio de Ushaw, que fue todo un éxito y donde disfrutó bastante; también  viajó a Irlanda, la patria de sus ancestros,  por primera vez, donde fue acogido con cariño y entusiasmo  y aclamado por los irlandeses en todos los lugares que visitó, predicando, dando retiros espirituales, sermones, discursos  y conferencias, una de ellas  en Trinity College de Dublín, influyendo en los políticos católicos liberales. Durante su estancia allí aprovechó para visitar Waterford, donde vivió antes de ser enviado a Ushaw, pasando unas semanas llenas de recuerdos, siempre rodeado del cariño de la gente, siguiendo la prensa irlandesa  todos sus pasos porque tenía muy presente que el primer cardenal arzobispo de la restaurada jerarquía inglesa era irlandés. 

En 1859 Nicholas fue nombrado miembro de la Orden de San Jenaro, y para la preparación del tercer sínodo católico envió a los obispos un sumario cuidadosamente redactado sobre los asuntos a tratar y de las posibles soluciones que pudieran tomarse, especialmente sobre la constitución  de  los seminarios diocesanos, celebrándose dicho sínodo en julio de 1859, en el que se acordó, fundamentalmente, la necesidad de fundar un seminario  en cada diócesis para mejorar la formación de los futuros sacerdotes, ya que la enseñanza impartida en los colegios no era la más adecuada al estar mezclados los seminaristas con los estudiantes católicos que no aspiraban al sacerdocio, queriendo los obispos  estar más cerca de los seminaristas durante todo su proceso educativo, e implantar un programa de cuatro años ininterrumpidos de estudios propiamente eclesiásticos, atendiendo especialmente a las materias de hebreo, latín, derecho canónico y teología pastoral. Asimismo, se exhortó a los padres a enviar a sus hijos a las escuelas católicas para que recibieran una buena educación y la necesaria formación religiosa, y a Wiseman se le encargó que llevara personalmente a Roma las decisiones tomadas en el sínodo al presidirlo él.  Allí, se sentía muy a gusto, particularmente en Monte Porzio, haciendo además de guía de los amigos que iban de visita a la Ciudad Eterna, regresando a Inglaterra en el verano de 1860, momento en el que empezó a tener problemas cardíacos, así como una incipiente diabetes, lo cual le impidió trabajar con regularidad  en el gobierno de su  archidiócesis, pero, a pesar de sus padecimientos, no permaneció quieto y en 1861 fundó en Londres una academia católica para estudiar las relaciones de la fe con la ciencia y la cultura. Durante la reunión anual de los obispos en la semana de Pascua de 1861, Wiseman sometió a la consideración de los obispos si se aceptaba o se rechazaba la exigencia del gobierno inglés de que las asociaciones caritativas de los católicos ingleses fueran entidades reconocidas por los poderes públicos y sometidas a su control, aceptándose, sin unanimidad, lo dispuesto por el gobierno inglés excepto el control de los fondos de las donaciones. Aunque deseaba  paz  y  concordia, Wiseman tuvo problemas con sus obispos, resultando muy difícil  que compartieran los mismos criterios a pesar de hacer lo posible por lograrlo, razón por la que se fue quedando cada vez más aislado, como lo confirmó el hecho de que solo cuatro de los doce obispos  anunciaron su presencia en la reunión convocada en la Pascua de 1862. En ese año condenó una revista surgida entonces  y dirigida a los católicos ingleses por su falta de respeto hacia las personas y los asuntos sagrados y por lo atrevido de sus ideas ,y en junio marchó a Roma con motivo de canonización de los mártires del Japón y acudió a un consistorio convocado por  Pío IX en el que se defendió el poder temporal del Papa, que se veía amenazado por el proceso de unidad italiana y por la secularización de la sociedad civil y los avances de la ciencia, que estaban socavando los fundamentos tradicionales de la fe. Wiseman se mostró afectuoso y fiel al Pontífice y a la Santa Sede,  pensaba que el Papa debía seguir siendo el soberano temporal de Roma, si bien no lo veía como algo indispensable, convirtiéndose en el portavoz y proestandarte  del conservadurismo ultramontano en Inglaterra. Pío IX  le recibió al igual que a los obispos ingleses que fueron a Roma, pidiéndoles  que celebrasen sus reuniones anuales en armonía. 

A su regreso a Londres, Wiseman se sintió de nuevo deprimido por los problemas y afectado por sus dolencias  y por la actitud de sus obispos, prosiguiendo los desacuerdos entre ellos, afectándole también duramente la decisión de Roma sobre los colegios, al acordarse que los colegios de cada diócesis fueran gobernados por sus respectivos obispos que enviarían a ellos a sus seminaristas,  ya que él esperaba otro resultado. Además, envió  al papa Pío IX, a petición suya, un informe sobre la situación de sus diócesis, quejándose de la poca devoción de sus obispos hacia Roma y de que nunca había contado con su afecto, encontrándose desanimado. En el verano de 1862 se presentaron en la tribuna popular de Londres, Hyde Park Corner, unos partidarios de Garibaldi para hablar contra lo que quedaba de la soberanía temporal del Papa,  intervenciones  que fueron seguidas por importantes grupos de londinenses, pero los irlandeses que vivían en Londres consideraron aquello como una provocación, organizándose una revuelta que la prensa inglesa consideró como una muestra de la intolerancia católica con  respecto a la libertad de opinión. Wiseman, si bien estaba de acuerdo con lo que decían  los defensores de Garibaldi, tuvo que actuar ante el comportamiento de los irlandeses, enviando sacerdotes a los lugares donde vivían para convencerlos de que abandonaran sus protestas, que las veía como un grave pecado, escribiendo, además, una carta pastoral  para que fuera leída  en las iglesias a los irlandeses en la que decía que esa actitud violenta ofendía al Papa. 

Su última intervención pública importante tuvo lugar en el verano de 1863 al participar en un Congreso católico internacional en la ciudad belga  de Malinas. En él hubo dos partes, una para discutir la relación entre fe y cultura y ciencia, un tema que había atraído a Wiseman desde sus años de estudiante en Roma, y que le causó un serio problema de fe; aunque  la ciencia le interesaba, él había solucionado  su conflicto con la religión al considerar  que los datos  de la ciencia eran provisionales y estaban sujetos a revisión, mientras que la fe era inmutable, y sobre la teoría de la evolución de Darwin, cuya obra “ El origen de las especies “ suscitaba mucho debate en aquellos años, Wiseman no estaba de acuerdo con ella, afirmando que ninguno de los esqueletos encontrados y  desenterrados probaba nada, y que se trataba de horribles monos  y no de los progenitores del hombre y que él prefería remontar su genealogía a Adán. Hubo una segunda parte para revisar la situación de la Iglesia católica en diversos países, y Wiseman habló de Inglaterra en una larga intervención en francés ante una numerosa audiencia, recordando la larga historia parlamentaria del país,  las duras circunstancias por las que había pasado el catolicismo allí y la reacción negativa  que hubo ante la restauración de la jerarquía católica, pero se sentía satisfecho, ahora las cosas eran diferentes, había desaparecido la discriminación hacia los católicos y la Iglesia había crecido de manera insospechada. En efecto, los avances de la Iglesia católica desde que Wiseman llegó a Londres eran  patentes: había aumentado considerablemente el número  de iglesias y de conventos así como de sacerdotes y de congregaciones religiosas; también se habían fundado en este período, además de los reformatorios y de las escuelas profesionales ya citados, hospitales, escuelas para  hijos de familias obreras católicas, residencias para mayores, orfanatos  e instituciones de caridad, así como capellanes católicos en el ejército y en la marina, además de los ya mencionados en hospitales y en prisiones, y se mejoraron la disciplina eclesiástica y las devociones piadosas.  También participó como orador en ese Congreso el católico liberal Montalembert, el cual defendió la tolerancia religiosa y la libertad de conciencia, ideas con las que no estaba de acuerdo Nicholas, a pesar de su experiencia inglesa, donde la Iglesia católica había vuelto a existir por la aplicación de ese ideario, ya que no aceptaba que el catolicismo fuera considerado como una religión más entre otras muchas, aunque no veía en tales ideas nada que se opusiera a la fe y a la moral católica, acusándosele falsamente de denunciar esta ideología a Roma, algo que desmintió rotundamente. 

Al volver a Inglaterra, Wiseman se encontraba desanimado, su salud se fue deteriorando y agravando poco a poco y su fuerza física estaba muy debilitada, pero, aun así, siguió trabajando, aunque bastante solo, si bien se vio obligado a  delegar  la mayor parte del trabajo rutinario de la diócesis en su vicario general. Escribió pequeñas obras teatrales para los niños de sus orfanatos, y en octubre de 1863 visitó la catedral de Canterbury, de incógnito, como una peregrinación a las tumbas de Santo Tomás Beckett, de San Anselmo y de  otros arzobispos enterrados allí, alegrándose  de que, aunque no fuera una catedral católica, no hubiera enterrado en ella ningún arzobispo protestante. También contó con el afecto de la reina Victoria, aunque nunca fue recibido como cardenal arzobispo de Westminster. En 1864,  un grupo de católicos formaron una Asociación con otro grupo de ortodoxos y de anglicanos para promover la unidad de los cristianos, queriendo abrir una residencia  en Oxford, pero Wiseman, aunque al principio lo vio como una magnífica idea, tras informar a la Santa Sede, les pidió que se salieran de dicha asociación, ya que, en ese momento, no se podía aceptar  que en aquellas reuniones se hablara de las tres confesiones religiosas como si todas fueran igualmente válidas, y, además, podría ser un impedimento para conseguir más conversiones al catolicismo. En ese mismo año recibió un gran disgusto  cuando Garibaldi visitó Londres en 1864 y fue recibido con todos los honores de un dignatario extranjero, particularmente por los obispos anglicanos, como una manera de manifestar los sentimientos antipapistas que permanecían ocultos en muchos ingleses. El 13 de diciembre de dicho año, Wiseman se reunió con los obispos ingleses, decidiéndose prohibir  la asistencia de los católicos a las universidades de Oxford y de Cambridge, ya que la ciencia estaba influyendo en la Teología, particularmente en dichas universidades inglesas, al considerar que la ciencia moderna se había convertido en un serio peligro para la fe de los jóvenes católicos, como había comprobado Wiseman al leer personalmente el libro de Darwin sobre el evolucionismo, queriendo librar a la juventud católica de aquellas dudas contra la fe que tanto le hicieron sufrir a él cuando estudiaba los textos siríacos. 

A finales de 1864, Nicholas apenas podía levantarse de la cama; tenía obesidad, la cual agravó la diabetes y los problemas cardíacos que padecía. Sus últimos días fueron tranquilos, incluso con buen humor, recordando bellos momentos en Monte Porzio; llamó al maestro de ceremonias de la iglesia-catedral de Santa María  en Moorfields, con el que planificó todos los detalles de su funeral para que no se omitiera ninguno de los ritos de la Iglesia, y también llamó al cabildo metropolitano  para hacer su última profesión de fe y recibir el viático y la extremaunción, y para recibirlos dignamente dispuso que lo sacaran de la cama y lo colocaran en un sillón. Al llegar a Roma las noticias del empeoramiento de su estado de salud por telégrafo, Manning, que estaba allí, salió inmediatamente para Londres con la bendición especial de Pío IX. 

Falleció el 15 de febrero de 1865, y se le hicieron honras fúnebres desde ese día hasta el 23 que se celebró la misa de réquiem con toda la solemnidad digna de un príncipe de la Iglesia tal como había dispuesto  y  su entierro fue espectacular, parecía como si los londinenses se hubiesen dado cuenta de la injusticia cometida con él al recibirlo y tratarlo con dureza y hostilidad cuando llegó allí y quisieran hacerle un homenaje póstumo en desagravio. Después, su cadáver fue trasladado   hasta el cementerio de Kensal Green, acompañado por una inmensa y respetuosa multitud de católicos y anglicanos en reconocimiento a su labor, y a lo largo de su extenso  recorrido, una gran muchedumbre estaba presente  a ambos lados del camino en silencio. Había gente en los balcones y ventanas de las casas,  la mayor parte de las tiendas que había en el camino cerraron, y el Times londinense dijo, al día siguiente de su entierro,  que desde la muerte del duque de Wellington no se había visto un muestra tan multitudinaria de duelo nacional. El féretro de Wiseman iba seguido por un carruaje con el capelo cardenalicio y las insignias de órdenes de la que era caballero, entre ellas las de la orden de Carlos III que le había concedido la reina Isabel II poco tiempo antes, y el Times y el Daily Telegraph destacaron en primera página el entierro del cardenal.  La noticia de su muerte llegó a Sevilla el 18 de febrero, y los cabildos catedralicio y municipal se pusieron de acuerdo  para preparar todos los detalles de la ceremonia, compartir gastos  y celebrar juntos sus honras fúnebres. El 20 de febrero se cantó el oficio de difuntos seguido de  una solemne misa de réquiem en la catedral en recuerdo de Wiseman,  en presencia de las autoridades de la ciudad;  estaban presentes el arzobispo, acompañado de los dos cabildos, la Universidad, el Seminario y muchos sevillanos que llenaron el templo;  había un catafalco adornado con las insignias pontificias y cardenalicias según la costumbre de la época y en cuyas cuatro esquinas se cantaron los responsos finales. Cuando concluyeron las exequias se le tributaron los máximos honores militares en su memoria, según había dispuesto el Capitán general. Después, la Universidad de Sevilla encargó un retrato de Wiseman a Eduardo Cano (se desconoce qué modelo utilizó el artista para pintarlo). También se celebraron honras fúnebres por Wiseman en la iglesia jesuíta del Gesú de Roma, organizadas por el Colegio Inglés, a las que asistieron un buen número de cardenales  así como representantes de las órdenes religiosas que el cardenal había favorecido a lo largo de su vida. Posteriormente, sus restos mortales fueron depositados en la catedral de Westminster, construida en su memoria. 

 A modo de colofón, hay que hacer constar que, a pesar de todas las dificultades que encontró por parte de sus correligionarios, Wiseman tuvo un importantísimo protagonismo en la restauración de la Iglesia católica en Inglaterra, logró que los obispos fueran los primeros responsables de la gobernación de sus respectivas diócesis en igualdad con los países católicos,  puso mucho interés en la conversión de anglicanos al catolicismo y consiguió lo que había  pretendido:  propagó y consolidó el catolicismo, creó y organizó una Iglesia católica nueva- fiel a Roma-, con sus derechos recuperados, en igualdad con otra confesiones religiosas,  con una imagen más nacional, abierta a la sociedad inglesa, capaz de aprovechar las posibilidades surgidas  por la emancipación, ocupando el puesto público que merecía por su larga historia, teniendo por primera vez la oportunidad de definir ante los ingleses sus creencias y sus prácticas, dejando de ser una institución religiosa escondida y tergiversada, rechazando las tradicionales imputaciones de favorecer la superstición y de  utilizar procedimientos inquisitoriales, contribuyendo a que desapareciera  la vieja acusación de papismo que pesaba sobre los católicos ingleses desde que el papa Pío V  excomulgara a la reina Isabel I, logrando que se olvidaran las persecuciones y las humillaciones, que desapareciera el sambenito  que tenían de enemigos de la monarquía británica y que la reina Victoria I  fuera también soberana de sus súbditos católicos, a pesar de seguir siendo la cabeza visible de la Iglesia de Inglaterra, y que éstos fueran considerados a todos los efectos como buenos y fieles ciudadanos ingleses y leales a la Corona.  Quedó claro  que la Iglesia católica no aspiraba a competir  ni en privilegios ni en riqueza con la anglicana, sino simplemente quería encontrar un espacio de libertad, y   tampoco se mostró como instrumento de un Papa que quisiera extender su poder temporal a las Islas Británicas. Los católicos, en su inmensa mayoría pobres trabajadores irlandeses junto con muchas familias inglesas que habían permanecido fieles a la antigua fe de la nación y los nuevos conversos del anglicanismo, pretendían conservar su religión en paz y en concordia con los demás ciudadanos británicos, y, tras su muerte, los obispos se dieron cuenta de la importancia de su pérdida y aprendieron a trabajar más unidos.  Fue llamado “El hombre de la Providencia,” “Lumbrera del clero católico” y  “Honra de su patria,” y su amor a la cultura y su defensa  de la religión católica hicieron de él un activo predicador y conferenciante, creciendo de forma asombrosa, a partir de su pontificado, el número de católicos. Escribió libros muy importantes, además de su ya comentada novela “Fabiola,” algo tan impensable en un eclesiástico de su tiempo. 

Como ya se mencionó al principio, tras su muerte, el Ayuntamiento de Sevilla mandó colocar en la fachada de su casa natal una lápida de mármol en recuerdo y homenaje a este ilustre personaje, rotulando la calle de Las Cruces con el nombre de su novela que le dio fama universal, (la ya citada Fabiola).

Además de los retratos del Ayuntamiento y de la Universidad ya mencionados, existe otro retrato suyo pintado por Augusto Manuel de Quesada perteneciente a la colección Bellver (ubicada en su casa natal).




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