El Ayuntamiento de Sevilla y sus obras. El Cardenal Wiseman (III)

El Ayuntamiento de Sevilla y sus obras. El Cardenal Wiseman (I)

El Ayuntamiento de Sevilla y sus obras. El Cardenal Wiseman (II)

Estimados lectores: continuamos con esta interesante semblanza de Nicholas Patrick Stephen  Wiseman. Vista su anterior etapa como sacerdote y rector del colegio inglés, así como la crisis de fe que sufrió y la revitalización que hizo del catolicismo en Inglaterra, ahora nos centraremos en una nueva fase de su vida, ya como obispo y prelado. 

Wiseman alcanzó popularidad en el entorno vaticano siendo consagrado obispo en la capilla de los Mártires del Colegio Inglés el 8 de junio de 1840  y enviado a Inglaterra como vicario apostólico coadjutor del distrito central asignado a Thomas Walsh, el cual deseaba tenerlo como sucesor, también fue nombrado  presidente del Oscott College,  cerca de Birmingham, que, además de ser un centro de educación de jóvenes católicos para el sacerdocio o la vida civil, se convirtió en centro de reunión de católicos ingleses, siendo visitado, además, por extranjeros e ingleses no católicos; Wiseman pensaba que, al estar cerca de Oxford, sería punto de  encuentro de los anglicanos convertidos al catolicismo. Era un conservador nato, ya que para él la reconciliación solo podía realizarse con el regreso de los disidentes anglicanos a la Iglesia católica, única depositaria de la verdad salvadora, y la aceptación de todos sus dogmas, no habiendo salvación fuera de ella, por consiguiente, la única salida posible para los anglicanos era hacerse católicos. El 23 de junio de 1841 Nicholas predicó en la primera misa celebrada en la recién consagrada nueva catedral de San Chad, en Birmingham y en 1842 viajó a Roma  para explicar a la Congregación de Propaganda y al cardenal Charles Januarius Acton la marcha de las conversiones al catolicismo, que se producían con lentitud, sin llegar la esperada conversión masiva, siendo vistas con recelo por los vicarios (tachándole de intelectual sin realismo) y por los católicos de siempre, que pensaban que se estaba actuando con excesiva ligereza en ese asunto. Wiseman, desengañado, aceptó conversiones individuales o en pequeños grupos,  favoreciendo a los conversos y buscándoles  medios de ganarse la vida para que pudieran subsistir al hacerse católicos, pidiendo que se les recibiera con cordialidad y con generosidad, y se les ofreciera la oportunidad de ordenarse sacerdotes, siendo totalmente respaldado por Roma. Walsh le dio a Wiseman plenos poderes de vicario general sobre todo el distrito central, encargándose, además, de todas las relaciones con la Santa Sede, sintiéndose muy a gusto como presidente de Oscott; también recibió numerosas invitaciones para dar conferencias, predicar sermones o bendecir iglesias tanto dentro como fuera de su distrito, y cuando tenía tiempo disfrutaba hablando con los alumnos de Oscott e informaba a los sacerdotes sobre los días y horas que estaba disponible para atenderlos; además, siguió publicando artículos en la revista Dublin Review y participando en muchas actividades eclesiásticas del distrito. Si bien notó la austeridad del catolicismo inglés tradicional en comparación con la espectacularidad  y solemnidad dirigidas  a la gran masa de Roma, ya que en Inglaterra el culto católico había sido privado y casi clandestino hasta 1829, y muy parco en el uso de imágenes sagradas que no se movían de los templos. 

Después de cuatro años de intensa actividad como obispo coadjutor en Birmingham, Wiseman cayó en una severa depresión, por lo que  Walsh le recomendó que se tomara un tiempo de descanso fuera de Inglaterra, y entonces decidió viajar a Sevilla,  su ciudad natal,  de la  que había salido siendo un niño, llegando  allí  poco antes de la  Navidad de 1844. Visitó numerosos monumentos  y algunos conventos, siendo nombrado por la Universidad  doctor en Teología; también administró el sacramento de la Confirmación en la iglesia del Sagrario y  los sevillanos lo paraban y lo rodeaban, dándole muestras de afecto y  de simpatía, pidiéndole que los bendijera y que se quedase, esta calurosa acogida le satisfacía al verse bien tratado y respetado, y hablaba perfectamente el lenguaje local. El alcalde, José Joaquín de Lesaca,  encargó  al pintor José María Romero que pintase un cuadro de Wiseman (que se conserva en la Casa consistorial). Tuvo  una estancia grata en Sevilla y quedó encantado, partiendo de la ciudad hispalense en febrero de 1845 en dirección a Écija, donde tenía algunos familiares, así como a Córdoba y a Granada, realizando una breve visita turística en ambas ciudades, embarcando en Cádiz de regreso a Inglaterra, aunque siempre guardó un  sincero cariño hacia su  Sevilla natal y hacia España, a las que amaba, expresando sus experiencias de aquel viaje en dos espléndidos artículos para la Review. 

El 31 de octubre de 1845 Wiseman confirmó en Oscott  College al sacerdote Newman, ya católico, ante diez clérigos anglicanos que también se habían convertido al catolicismo,  a los que recibió con entusiasmo, poniendo a disposición de éstos un edificio del colegio para que les sirviera de residencia. En 1846, tras la muerte de Gregorio XVI,  fue recibido por Pío IX, el nuevo papa, el cual había decidido  restituir la jerarquía católica  en Inglaterra, llevándole un informe que el pontífice había solicitado  sobre la situación de la Iglesia en Inglaterra en el que demostraba con datos la pujanza y el avance del catolicismo allí. También  Wiseman apoyó el proyecto de ley del Parlamento para el restablecimiento de relaciones diplomáticas  del Reino Unido con la Santa Sede, ya que suponía  un paso más en el reconocimiento público  de la Iglesia católica en Inglaterra, secundado por el Papa, el cual  envió a Wiseman como emisario pontificio ante el gobierno inglés, nombrándolo pro-vicario de Londres para darle más autoridad. Por este motivo Nicholas elaboró un informe para Lord Palmerston en el que mencionaba una serie de  reformas que estaba aplicando el Papa en los Estados Pontificios. El 4 de julio de 1848  consagró  solemnemente la catedral de San Jorge en la que celebró una misa y también predicó. En noviembre de 1848, como consecuencia de los sucesos revolucionarios para proclamar la República Romana, el papa Pío IX tuvo que huir de Roma al entrar en la ciudad los nacionalistas italianos y, por ello Wiseman, no dudó en ponerse en contacto con el ministro Lord Palmerston para asegurar que los revolucionarios no se apoderasen del Venerable Colegio Inglés, que dependía de los vicarios ingleses, ni de la residencia del monte Porzio, y como consecuencia de ello  los colegiales no  fueron molestados; el 18 de febrero de 1849 fue nombrado nuevo vicario de Londres de pleno derecho, al morir Walsh. Nicholas era partidario de que la Iglesia católica debía mantener relaciones con todos los países para solucionar pacíficamente cualquier problema que pudiera surgir entre las dos potestades (Iglesia y Estado). En este período, Wiseman atendió especialmente a las necesidades de los pobres inmigrantes irlandeses establecidos en Londres, así como a los inmigrantes italianos, para los que abrió una iglesia y escuelas, contribuyendo al establecimiento en Inglaterra de algunas congregaciones religiosas y consiguiendo  que los sacerdotes católicos pudiesen entrar en hospitales y en prisiones. La reina Victoria defendía la libertad religiosa sinceramente, y por ello el gobierno inglés permitió el culto católico y la construcción de iglesias. Los católicos ya no eran vistos como enemigos sino como  disidentes, siendo tratados con benevolencia, aceptando los ingleses la restauración de la jerarquía católica. Wiseman era el candidato más cualificado para el puesto de cardenal arzobispo de Westminster, por ser un trabajador incansable, por su formación intelectual, por su buen conocimiento de la Santa Sede y por tener un claro proyecto de futuro sobre la Iglesia católica en Inglaterra, a pesar de su tendencia a sufrir depresiones y a la falta de relación fluida con los demás obispos ingleses, que ponían reparos  a su elección. También contaba con el apoyo de muchos sacerdotes de su distrito, muy contentos con su labor, y con los que mantenía excelentes relaciones, los cuales enviaron cartas al Vaticano defendiendo su actividad pastoral. Por ello, recibió una carta de la Santa Sede en la que se le comunicaba que el papa Pío IX  había decidido hacerlo cardenal, en reconocimiento a sus méritos, marchando a Roma en septiembre de 1850, ya que el día 29 de dicho mes se publicó el breve pontificio en el que Wiseman fue nombrado  primer arzobispo de la sede primada de Westminster y el 30 fue elevado a cardenal, con un largo y complejo  ceremonial, siendo el primer obispo inglés en obtener dicho cargo desde el cisma anglicano. Agradeció al Papa el honor y la confianza que había depositado en él, siendo felicitado personalmente por cardenales, embajadores y la nobleza romana y extranjera en el Colegio inglés donde se alojaba, y agasajado en la embajada española  con una solemne recepción al no tener Inglaterra representación diplomática en Roma, recibiendo la felicitación de la reina  de España Isabel II.  Wiseman se encontraba feliz, y el 7 de octubre envió una carta pastoral dirigida a los católicos, que debía ser leída en todas las iglesias de Londres, en la que anunciaba el restablecimiento de la jerarquía católica en Inglaterra después de tres siglos sin ella, en sentido triunfalista; pero esta noticia causó  alarma en el país y se malinterpretó, al estar aún muy vivos los sentimientos antipapistas de la mayoría anglicana, por lo que dicha carta fue considerada una provocación, ya que un cardenal era visto por los ingleses, tradicionalmente, como un superagente de un Papa dominado, y veían que Wiseman, un personaje tan activo, visible e influyente, se iba a asentar permanentemente en Londres con dicha dignidad eclesiástica; además, los vicarios apostólicos habían insistido  siempre  en que dicha restauración se hiciera de la manera más sencilla posible  para no alarmar a los anglicanos, y por este motivo, los católicos tacharon la pastoral de imprudente. Al principio, hubo rechazo del Gobierno y del pueblo en protesta por dicho nombramiento, y el periódico Times consideró la medida como una agresión papal a la soberanía y a la libertad  del pueblo inglés ante el creciente número de católicos establecidos en las ciudades más importantes del país, en su mayoría irlandeses. Asimismo, el título de arzobispo de Westminster se interpretó como una osadía por querer convertir aquel distrito real, que ya contaba con su abadía anglicana, en la sede inglesa del papismo, por lo que ello provocó  indignación y manifestaciones masivas  de protestantes en Londres con la quema de imágenes del Papa y del cardenal Wiseman, acusado injustamente de agente papista. Unos días después de escrita la pastoral, de regreso a Inglaterra, se enteró de estos sucesos en Viena,  al leer un artículo publicado en el Times, en el que aparecía su nombre y el del Papa en primera página denunciando la agresión de Roma sobre Inglaterra, lo cual supuso para él un auténtico e inesperado jarro de agua fría en medio de las adhesiones a su persona que estaba recibiendo durante el viaje de vuelta. Ante tan duro ataque, de camino a Londres, Wiseman escribió un largo  folleto en el que explicaba  que  el cardenalato  era una forma de expresar el afecto del Papa por Inglaterra, un asunto exclusivamente eclesiástico conforme a la ley de Emancipación católica, de total respeto por la soberanía popular, que  el restablecimiento de la jerarquía católica diocesana se hacía de acuerdo con el  principio de tolerancia religiosa,  y  que su  única intención era seguir trabajando, como hasta entonces,  en favor de los pobres y del mantenimiento de buenas  relaciones entre católicos y anglicanos y entre la Santa Sede y el gobierno inglés. El Times y otros periódicos publicaron íntegramente dicho folleto, vendiéndose 30.000  ejemplares  la primera semana de su publicación. El papa Pío IX siguió de cerca los acontecimientos, informándole Wiseman de todo lo que acontecía constantemente, y, aunque al principio fue mal recibido en Londres, se fueron calmando los ánimos en todo el país afortunadamente. Para disipar cualquier duda sobre el papel de la jerarquía católica,  dio conferencias sobre el tema en la catedral de Southwark, despertando popularidad y simpatía. En Sevilla, la noticia de la elevación de Wiseman a la dignidad cardenalicia y al arzobispado de Westminster – cabeza de la jerarquía católica de Inglaterra-, fue recibida con gran alegría porque un sevillano había  sido investido con tan alto honor, y el Ayuntamiento hispalense dispuso que el retrato de Wiseman de su propiedad se modificara para ponerle el atuendo cardenalicio. 

Él fue totalmente consciente, desde el primer momento, de la importancia de sus dos títulos, y comenzó a actuar como el primer dirigente del catolicismo inglés sin arredrarse ante las dificultades ni ocultar nunca  su dignidad cardenalicia,  y una vez vencida la inicial resistencia, pudo pasear por las calles de Londres en un carruaje con su escudo de armas, como a él le gustaba, con total respeto, aceptando  los anglicanos la presencia normal de un cardenal por la ciudad, siendo posible que lo hiciera al conocer bien el amor de los ingleses por su pasado histórico y, por consiguiente, la presencia visible de un cardenal en Londres haría que se reconciliaran con su pasado religioso. Empezó a establecer una nueva organización interna de la Iglesia católica inglesa en colaboración con los otros obispos ingleses, lo cual no fue fácil al principio, ya que para el nombramiento de nuevos obispos había que lograr que la mayor parte de los vicarios apostólicos aceptaran sin reservas que los sacerdotes anglicanos conversos pudieran acceder al episcopado y, además, los recursos económicos escaseaban, por lo que el Papa Pío IX  tuvo que financiar los gastos de Wiseman por algún tiempo. Por otra parte, los católicos viejos no se acostumbraban fácilmente a la nueva situación de libertad religiosa.

El 14 de junio de 1851 ordenó sacerdote  católico al converso Henry Edward Manning, y  del 6 al 17 de julio de 1852 presidió en la capilla del colegio de Oscott el primer sínodo de la provincia eclesiástica de Westminster, ya que había muchos problemas pendientes de resolver, y en dicho sínodo, tras una serie de discusiones y desacuerdos, se aprobaron, entre otros decretos, las nuevas devociones marianas, la obligación de los clérigos de llevar el clerygman,  una mayor atención  a la educación de los niños católicos de las familias pobres, la unificación de la liturgia y la manera de recibir a los conversos. Pero, aunque las decisiones del sínodo de Oscott marcaron unas directrices para el futuro, no resolvieron los problemas presentes, por lo que, en octubre de 1853, Wiseman decidió ir a Roma aparentemente para acelerar la aprobación pontificia de las resoluciones sinodales y clarificar algunos asuntos pendientes, siendo recibido por Pío IX con total cordialidad. Volvió a predicar en inglés en la Ciudad Eterna y fue nombrado prefecto de la Congregación de Propaganda, permaneciendo en Roma hasta finales de marzo de 1854. De regreso a Inglaterra, al pasar por París, fue recibido en audiencia por el emperador Napoleón III, con el que simpatizaba por haber salvado a Francia de la revolución. En ese mismo año, Wiseman, por su elevada posición social, fue “el paño de lágrimas “de su familia, a la que socorrió económicamente con su dinero, y el 8 de diciembre de ese año regresó a Roma para estar presente en la solemne proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción por el papa Pío IX. 

Nicholas también tuvo que enfrentarse a una serie de dificultades en los primeros años de su pontificado, aunque las fue venciendo. En primer lugar, aún pesaban sobre él las secuelas de las reacciones suscitadas por la revitalización del antipapismo anglicano, y, además, encontró cierto malestar en los católicos tradicionales, opuestos a cualquier sospecha de triunfalismo con motivo de la restauración de la jerarquía, así como cierta oposición de los mismos  por su actitud ultramontana, por lo que trató de infundirles entusiasmo hacia el Papado. Además,  viajó por Inglaterra para responder a los prejuicios anglicanos contra el catolicismo, y ofrecer al pueblo la imagen real y auténtica de una persona que había sido acusada de agente del Papa para someter a la libre Inglaterra a la esclavitud de la Iglesia católica, fracasando finalmente la campaña anticatólica. Asimismo, dio una conferencia en Leeds en la que declaró públicamente la falsedad de una noticia en la que un católico acusaba a la Iglesia de ser enemiga de la ciencia y de incluir en el Índice de libros prohibidos obras de eminentes científicos. Por otra parte, los obispos ingleses encontraban a Wiseman  demasiado autoritario y poco dialogante; éste, era muy consciente de la autoridad de su cargo de arzobispo metropolitano de Westminster, y no le resultaba fácil darle el lugar que le correspondía a los obispos sufragáneos, que eran responsables de su respectivas diócesis con todos los derechos, en las que se consideraban autónomos y no les gustaba que alguien interfiriera en su potestad jurisdiccional. Wiseman seguía considerándose un hijo fidelísimo del Papa, obediente a cualquier indicación que viniera de la Congregación de Propaganda, la cual vigilaba la actividad de la jerarquía inglesa, y  aunque no le preocupaban las críticas que pudiera recibir de los protestantes, sí le afectaban mucho si venían de los otros obispos o del resto del clero católico, por lo que las relaciones dentro de su archidiócesis fueron tensas con cierta frecuencia. También, contaba con la colaboración de dos sacerdotes cuyas funciones no estaban bien delimitadas,  ya que Wiseman no tenía capacidad para delegar  responsabilidades ni sabía precisar una serie de instrucciones de carácter permanente, recibiendo quejas al respecto; además, al  parecer, el Gobierno inglés intentaba influir en Roma para  que  fuera alejado definitivamente de Londres. 

También tuvo que soportar algunos asuntos polémicos que le ocasionaron tensiones y disgustos que lo amargaron e hirieron su sensibilidad. Uno de ellos referente a un antiguo jesuita a quien había retirado de su parroquia en Londres por no atenderla debidamente y al que le ofreció otro puesto parroquial que no aceptó, dejando el sacerdocio. Posteriormente, aparecieron en una revista francesa  unos artículos en los que se acusaba a Wiseman de buscar su satisfacción personal en la restauración de la jerarquía católica inglesa, y la supuesta injusticia cometida por él con un celoso sacerdote por tener ideas contrarias a las suyas; al reconocer Wiseman que se trataba del exjesuita, envió una carta a la revista contando detalladamente lo sucedido en inglés, pero un error de traducción lo interpretó el exjesuita como difamación y lo denunció, si bien, finalmente, Nicholas fue absuelto. Otro asunto fue   una acusación que llegó a Roma de que  no atendía debidamente a la educación de los niños hijos de los pobres católicos irlandeses que vivían en Londres, por lo que éste no dudó en responder y probar con estadísticas la exageración del cargo que se le imputaba; respecto a este segundo asunto, Wiseman había publicado en su querida revista Dublin Review un artículo en el que expresaba que la gran tarea de la Iglesia católica  era la evangelización de los pobres, acercarse a ellos para que sintieran con más fuerza su propia responsabilidad en mejorar su nivel de vida y su educación, se olvidaran de la taberna y de los juegos de azar, y dedicaran su tiempo libre al cuidado de sus familias y a la educación e instrucción de sus hijos, pero al mismo tiempo se dirigía a los miembros de las clases privilegiadas para que contribuyeran a esa bienhechora acción social. Wiseman no era, ni por educación ni por temperamento, un revolucionario o un reformador social, y la existencia de distintas clases sociales con sus propios niveles de vida le parecía algo natural e irreformable, pero sí creía en la posibilidad de que los trabajadores pudieran mejorar su triste situación, tanto por su propio esfuerzo como por la generosidad de los ricos, que tenían el sagrado deber de ayudar a los pobres. No es de extrañar que muchos de ellos le pidieran ayuda para sus necesidades, como un puesto de trabajo o socorro material por una enfermedad, a lo que Wiseman atendió en la medida de sus posibilidades, y animaba a los religiosos a que trabajaran en los barrios más desfavorecidos. 

 Ahora, que había  mantenido una activa relación con el gobierno inglés antes de la restauración de la jerarquía católica, dejó de hacerlo a consecuencia de la reacción de los políticos tras su nombramiento para Wetsminster, y ni siquiera acudió en una ocasión en que fue llamado, ya que no olvidaba aquellos acontecimientos ni las presiones ocultas del gobierno inglés para que el Papa le diera un puesto en Roma, así pues, los obispos ingleses se quedaron  sin un portavoz autorizado ante el Gobierno, y cuando necesitaron intervenir y designar a un representante, lo hicieron sin consultar a Wiseman, el cual se quejó amargamente. 

La semana que viene concluiremos con la biografía de este prolífico personaje, queridos lectores.




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