“Componer es como montarme en un barco que me lleva por una travesía que ni siquiera puedo imaginar”

 

José Miguel Évora es un explorador incansable de mundos desconocidos. Con cada descubrimiento, nos regala espacios, tiempos y lugares perfumados de una inspiración que invita a evadirnos de lo cotidiano para recalar en nuevos puertos sensoriales. Navega entre los mares de la perfección compositiva de los clásicos de la música y los sones flamencos que emanan de las montañas de sal de las salinas de su Sanlúcar de Barrameda natal. Humilde, sencillo y afable, el genial compositor y director de orquesta sanluqueño trabaja en los últimos compases de una obra sinfónica dedicada a Magallanes con motivo del V Centenario de la Primera Vuelta al Mundo. Interrumpe su trabajo para charlar con Sevillainfo.

Magallanes. Misa de réquiem. In memoriam. ¿En qué punto de la travesía se encuentra?

– Está bastante avanzada, aunque después tendré que repasarlo todo para ver qué puedo mejorar. Siempre digo que no escribo ninguna nota sin ponerla antes en cuarentena, bajo el microscopio. En esta obra siempre he tenido muy claro que no quería que fuera un tour turístico. Mi reto estaba en intentar convertirme en el Magallanes de este viaje y hacer el viaje interior de un hombre que pasa por lo que pasa y llega adonde llega. Estoy contento y satisfecho.

– ¿Sabe dónde y cuándo se estrenará?

– No lo sabemos y más en las actuales circunstancias. Se quiere hacer un estreno que trasmita la magnitud de lo que sucedió. Al fin y al cabo, el mundo es otro después de aquello.

– A la hora de componer este réquiem, ¿le ha podido más el personaje o se ha dejado llevar por la gesta?

– La gesta tiene toda la importancia y su significado en la historia, pero a mí me habla del hombre, me obnubila Magallanes; me llama más la atención la persona y todas aquellas que le acompañaron en aquel viaje. Si lo piensas, es como atreverse a viajar a Marte. Qué es lo que sucede dentro de un ser humano en una situación como aquella.

– A tenor de sus obras, usted tiene bastante de explorador de nuevos mundos.

– Lo que conozco no me interesa. Es una necesidad de descubrir lo que no puedo ni siquiera entender. Suelo decir que lo que entiendo carece de importancia para mí. Lo que no encierra un secreto no me interesa. Necesito ser honesto conmigo en todo. Supongo que, en cierto modo, todos guardamos un Magallanes dentro, todos hacemos un viaje. Para mí cantar a Magallanes es cantar a la humanidad. Cuando cuentas lo oculto estás intentando contestar a las preguntas, buscando respuestas. Mi manera de componer es encontrar respuestas.

– Supongo que al igual que Magallanes, parte con unas cartas de navegación.

– Sí. Tuve un proceso exhaustivo de documentación en todos los sentidos. Pero curiosamente, gracias a unos amigos descubrí una novela genial que me ayudó muchísimo: Magallanes: El hombre y su gesta, de Stefan Zweig (Ed. Capitán Swing). Una novela genial en la forma y en el contenido con la que descubrí el alma e incluso gestos de Magallanes que gracias al texto logré comprender. Fue como embarcarme en la nao y comenzar a sentir. Componer para mí es como montarme en un barco que me lleva por una travesía que ni siquiera puedo imaginar.

– ¿Y en lo musical? ¿Encontraremos algo parecido a aquellos mágicos sonidos de la banda sonora de La misión, de Ennio Morricone?

– Morricone tiene una melodía bellísima y de una gran delicadeza. Sin duda, un gran compositor, pero yo parto de la Pasión según San Mateo, de Juan Sebastián Bach. Muero con Bach. Es el padre de la música. Y sin quedarme ahí, escucho Misa de Réquiem, de Mozart, que llevo años estudiándola, y cuando la escucho me parece algo increíble. O el réquiem de Fauré, a quien lo criticaron mucho porque dijo que la muerte no es una tragedia. O Verdi, Puccini… Me he bebido los mayores réquiems que se han escrito en la historia desde hace años sin saber que un día me llegaría este encargo. Me los he estudiado todos.

– No me malinterprete, pero me tengo que acordar de su padre y de su madre. ¡Menuda saga!

– Mi padre ha tenido una influencia tremenda en nosotros. Somos consecuencia de él y de mi madre. Mi padre era un mago de la vida y, sin embargo, mi madre vivía todo lo contrario a él. Mi madre era la forma, el orden, las cosas bien hechas, la ortodoxia. Desde que nací estaba viendo arte en todos los sentidos, tanto con mi padre como con mi madre. Lo curioso es que entre hermanos somos muy distintos. Manolo (Sanlúcar) e isidro tienen una manera de ver la música. Yo soy el más pequeño de los hermanos y me tocó otra etapa.

– Sin dejar de lado el flamenco, a usted le ha tirado más lo sinfónico, la música clásica. ¿Por qué? 

– Al ser el menor, si quería tener visibilidad tenía que ser distinto. Yo no podía tocar la guitarra. Mi madre me hablaba del piano y de los clásicos. Mi padre me hablaba del flamenco, de la Niña de los Peines; mi hermana de la copla, de Concha Piquer, Quiroga, Rafael de León… Me acuerdo mucho de aquel día que mi madre me regaló una casete con las Danzas Polovtsianas, de Alexander Borodín. Me pareció otro mundo. Descubrir otro continente. Yo no puedo ni debo renunciar a lo que he vivido porque forma parte de la sintonía de mi vida. Por supuesto que muero con una seguidilla, una soleá o un martinete. Me parecen obras gigantes. Eso lo he vivido y forma parte de mis genes. Lo que ocurre es que siempre he tenido la necesidad de descubrir, por eso pasé por los conservatorios. En realidad, no sé si soy flamenco o clásico. No hay nada que me apasione más que estudiar y descubrir. Me he bebido a los flamencos y a los clásicos. Desde el canto gregoriano hasta el minimalismo. A veces digo que, si no fuera compositor, porque es algo que me cura, no sé si estaría en un psiquiátrico.

– Dos ejemplos de su originalidad que todo el mundo conoce son Salmarina y Papá Levante. ¿Cómo lo hace?

– A mí me gustan mucho las películas de ciencia ficción porque ver una nave espacial es algo que no suelo encontrarme por la calle. Lo cotidiano, lo que conozco, me aburre. Siempre estoy buscando el otro lado de las cosas. Me pasa también con las personas. Procuro mirar dentro, que lo de fuera no me confunda. Es una necesidad vital. Cuando hice Salmarina, conocía todas las sevillanas. Me llevé todo un año investigando las sevillanas que ya no se cantaban, las primeras que se hicieron. Salmarina fue producto de todo eso. Todavía recuerdo las caras de perplejidad del grupo cuando interpretaban por primera vez aquellas sevillanas. No quiero ser distinto, es una necesidad de descubrir otras posibilidades y caminos. El camino que conozco deja de tener interés para mí.

– Me llama la atención su extensa y polifacética carrera. Toque lo que toque…

– Llevo 50 años en esto. Para mí no hay nada que me guste más que estudiar e investigar. Forma parte de mi cultura, me crié en eso. En mi casa, cuando era niño, mi padre les tocaba la guitarra a los grandes cantaores, con 12 años empecé en el conservatorio… Todo forma parte de mi cultura. En mí todo es automático. No lo pienso, no me planteo nada. Me siento y dejo que venga. Jamás hago las cosas pensando en que tengo que gustar. Intento dar lo mejor de mí mismo. No puedo dejar de ser yo mismo para procurar gustar. Me sentiría pequeñito.

– ¿Qué le parece el fenómeno Rosalía?

– Lo veo como algo que encuentra eco y que conecta con un espacio y un tiempo. En unos momentos y en unos espacios se vibran con unas cosas y en otros con otras. La historia de la música y del arte está rebosante de verdaderas obras que en su momento fueron un absoluto fracaso. No porque la obra careciera de valor, sino porque no estaba en su tiempo y en su espacio. Tuvieron que pasar años y siglos para que vibrara. Lo de Rosalía es algo que no se puede fabricar. Es un éxito de verdad, porque contiene lo que en este momento conecta con cierto tipo de público. No puedes engañar a millones de personas. Algo contiene que en cierto espacio y tiempo vibra. Para mí es admirable.

– ¿Algún artista al que le gustaría escribirle algo y no lo haya hecho antes?

– El mundo no hace más que plantar y cosechar mediocridad. El gran problema es encontrar algo que no conozca y me diga algo nuevo. Me gusta el bailaor Israel Galván, porque es de la gente que se la juega. 

– ¿Un escenario inédito donde estrenar una obra? 

– Me gusta mucho algo que se conoce muy poco como son las salinas de Sanlúcar de Barrameda, donde participé en una obra con imágenes proyectadas sobre montañas de sal del pintor sanluqueño Paco Pérez Valencia. Para Magallanes me gustaría encontrar algo parecido. Podíamos montar un teatro en el agua dentro de la playa (risas). Pero claro, eso quizás sería pedir demasiado. Los espacios son importantísimos, porque cuando salimos del hábitat de lo cotidiano, el cuerpo, la mente y el espíritu se ponen en un estado especial y se oyen las cosas de otra manera. Ese tipo de espacios es el que me gustaría. Ese espacio que nos pusiera en otra situación. Oír desde otro lugar. 

– ¿Tiene algún lugar predilecto donde perderse en su pueblo que no sea en su estudio?

– Para mí todo es interpretación. Depende de cómo me sienta en cada lugar y con quién esté. La Plaza del Cabildo no es la misma cuando voy a arreglar papeles al banco que cuando estoy en Casa Balbino con los amigos disfrutando de los sabores de mi tierra. O la playa de Sanlúcar. Recuerdo hace años, junto a José Manuel Flores, compositor de Lole y Manuel, cantando y recitando a las seis de la mañana con la playa completamente vacía. Fue algo mágico. Nada que ver con la playa en agosto repleta de sombrillas, neveras y tortillas.




 

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