Arturo Fernández “ha muerto con el esmoquin puesto”

Arturo Fernández nos ha dejado; a la fuerza, pero nos ha dejado. Nunca se hubiera ido un hombre tan vital, tan entusiasta de existir, tan apasionado por el teatro español en el que fue el galán por excelencia. La triste noticia me pilla, como a tantos,  en la hora más temprana de esta mañana. Reacciono como puedo y escucho a los demás reaccionar. Hay cientos de palabras ya a borbotones por los medios digitales y en la radio o en la televisión. Muchas de las voces matinales se esfuerzan en la gratitud, la admiración y el homenaje al gran actor, como si buscaran el reto de hacerse con el resumen nada menos que de 90 años, como si quisieran ser los autores del mejor epitafio para Arturo Fernández. Y me quedo entre todas con la reacción inmediata de la joven pintora Beatriz Galiano, a años luz de los orígenes del famoso intérprete, pero siempre al lado mismo de donde queda en cualquier caso el arte en mayúsculas: “Arturo Fernández ha muerto con el esmoquin puesto”.

Hoy, para cualquier cosa, incluso para esta tremenda y difícil cosa de que se ha muerto Arturo Fernández, está la Wikipedia. Allí encontramos todos el largo pliego de los 90 años de vida del gran actor. Y allí les remito si quieren saber desde el índice al epílogo de una dilatada existencia y, sobre todo, de una apasionada existencia.

Esta es más bien la crónica urgente de una emoción, sin los datos agotadores tan propios de aquellos que no han parado de tener éxitos. Este es mi apunte rápido, pero intenso y con relieve, de mi primer encuentro personal con Arturo Fernández en 1976: en el ascensor, coincidí con él al salir de casa de sus vecinos de planta y puerta de enfrente, mis amigos Fausto e Inés, bajando en el ascensor de aquel piso que tuvo en la madrileña calle de Juan Hurtado de Mendoza. Sacaba a pasear a su perro.  ¡qué cosas tan pequeñamente grandiosas pueden pasar en esta vida! Y con los años pude verle en el escenario del Teatro Imperial, de Sevilla, con “Alta Seducción” junto a Isabel Serrano. Por último, hace unos meses, cuando representaba su clásico en el Teatro Quintero, hablé con su mujer para hacerle una entrevista en Sevillainfo. Le preparé un cuestionario por adelantado, para que conociera de antemano las preguntas que le iba a hacer. Al final no fue posible. No me dieron explicaciones, pero ahora comprendo y respeto no haberlas tenido. Algo no iba bien, nada bien.

Entre un hito y otro de cuantos en mi vida fue marcando Arturo Fernández, estuvo la suya, multiplicada en películas como “La tonta del bote”, “Cristina Guzmán” o “Casa Flora”, por recordar algo, sólo algo; series de televisión como “Truhanes” o “La casa de los líos”. Y todo enjaretado con cientos de premios de todo tipo de merecimientos.

Fue maestro de la elegancia, del bien vestir y del saber estar, experto en gesticulación ni más allá ni más acá. Y fue sabio en reírse de sí mismo, en hacer admirable la autoparodia. Le gustaba ser Arturo Fernández, pero sobre todo se divirtió siendo Arturo Fernández. Todo un ejemplo para saber, en tantos momentos de incertidumbre, qué hacer de nosotros en esta vida que tan maravillosamente vivió hasta hoy Arturo Fernández.



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