Toda la Amargura y todo el Silencio 
Lo que duele el Hijo de Dios 

Son las vísperas de la nueva normalidad, la forma en la que Sevilla está esperando un Domingo de Ramos sin Semana Santa. Discrepo del arzobispo Asenjo  -como en tantas otras cosas suyas-  cuando se empeña en llamar Semana Santa a lo que viene sin pasos en la calle. Puede que le valga con otros, con su rebaño y con su grey, y hasta con otras ciudades, pero no conmigo ni con Sevilla. Y ahora se produce una nueva imagen jamás vista en San Juan de la Palma: el Señor del Silencio en el Desprecio de Herodes en su tradicional besamano,  recurriendo a lo que se ha dado en llamar acto de veneración, una denominación desafortunada, evidentemente rápida y sin mucho pensamiento,  como si la veneración fuese un sentimiento nuevo brotado también de la pandemia.  Todo lo que siempre y de toda la vida hicimos con nuestras sagradas imágenes -también los besamanos o besapiés- eran actos de veneración.   

La portentosa talla del Señor se ha situado nuevamente en el presbiterio, pero de forma muy adelantada, en primera línea, hasta el punto de no haber dejado espacio para que los fieles y devotos accedan a esa zona, como siempre lo hicieron. Y ante el retablo del altar mayor, cubierto por un fondo de terciopelo rojo, se encuentra por esta vez excepcional y tras el Señor, la Virgen de la Amargura  -vestida de hebrea-  acompañada de San Juan evangelista.

De este modo, y con gran acierto, la Junta de Gobierno de otro Ollero amargurista ha sabido decidir en unas circunstancias muy especiales el vacío del templo, sin los dos pasos que por estas fechas presentaban ya bajo su palio a la dolorosa con San Juan y a todo el grupo escultórico  (fijo de almacén) que quedaba esperando la subida del Cristo.

El Señor del Silencio es una gran obra escultórica, de enorme valor artístico, cuya autoría se atribuye nada menos que a Pedro Roldán. Representa magníficamente la expresión más esperada de la escena ante Herodes. Jesús calla, calla absolutamente. Ni una palabra ante el tetrarca. Pero ese silencio está concebido por el artista para que simultáneamente atienda las oraciones de los creyentes. Qué bien nos mira este Cristo. Qué magistral solución escultórica entre la firmeza ante Herodes y la mansedumbre y humildad que enseñar al mundo. Es valer a la vez para un paso y para un altar. 

La Virgen de la Amargura probablemente haya eclipsado como talla impresionante a la del Señor, incluso también quizás disimulada o distraída por el resto del conjunto de figuras del enorme paso (un barco de los de Sevilla), obras de Cayetano González. Pero este besamano de cientos de veneraciones y al filo mismo del presbiterio, en la valentía de una hermosa túnica blanca, lisa y sin bordados, puede que descubra a muchos la valía de esta sagrada imagen como una de las mejores de la Semana Santa de Sevilla. No se pierdan al Señor ante su Madre. No se ha podido representar mejor lo que duele un hijo, lo que duele el Hijo de Dios. 

Fotografías de Beatriz Galiano

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